sábado, 26 de septiembre de 2026

 (Gracias, Natan Kleinman)

Brillante artículo de Bernardo Abramovici Levin, vale realmente la pena leerlo

Si el judío muere, el derecho internacional bosteza.

Hay una obscenidad contemporánea que ya casi nadie se molesta en disimular:

cuando la víctima es judía, la conciencia internacional se vuelve lenta, selectiva y cobarde.

No siempre calla del todo. A veces habla.

Pero habla tarde. Habla poco. Habla en voz baja.

Habla con esa sintaxis burocrática que convierte el horror en comunicado y la barbarie en “preocupación”.

Ese es el verdadero escándalo de nuestro tiempo: no solo la violencia, sino la jerarquía moral de las víctimas.

Si sobre civiles israelíes, o sobre población judía, se emplean armas de efecto extendido, persistente o indiscriminado, la reacción de una parte importante del mundo no suele ser la misma que reservaría para cualquier otro pueblo. Y allí no falla solamente la política. Falla el sistema entero de principios que Occidente dice defender.

Porque el derecho internacional humanitario no fue escrito para decorar universidades, foros y cumbres multilaterales. Fue escrito para decir, en el peor momento, que incluso en la guerra no todo está permitido. Fue creado precisamente para el instante en que la fuerza intenta abolir el límite. Y entre esos límites están la distinción entre combatientes y civiles, la proporcionalidad y la prohibición de ataques indiscriminados. Esos principios siguen rigiendo aun más allá de tratados específicos, y son el corazón mismo del derecho de los conflictos armados.  

Las municiones de racimo son un ejemplo particularmente brutal de esa frontera moral. No se trata de una discusión técnica para especialistas en armamento. Se trata de armas que, por su propia lógica, dispersan submuniciones sobre áreas extensas y con frecuencia dejan restos explosivos capaces de matar o mutilar civiles mucho después del combate. Por eso la Convención sobre Municiones de Racimo de 2008 prohíbe su uso, producción, almacenamiento y transferencia para los Estados parte, y por eso el propio Comité Internacional de la Cruz Roja viene insistiendo desde hace años en que su empleo causa un daño inaceptable a la población civil.  

Y sin embargo, cuando el judío aparece del lado de la vulnerabilidad, demasiadas voces internacionales empiezan a tartamudear.

Lo que en otros escenarios sería denunciado como escándalo humanitario, aquí se transforma en contextualización infinita.

Lo que en otros casos sería presentado como crimen intolerable, aquí se relativiza.

Lo que para otros pueblos sería luto legítimo, para Israel suele convertirse en sospecha preventiva.

Como si el judío, incluso herido, tuviera que rendir examen antes de merecer compasión.

Ese reflejo no es casual.

Es una patología moral.

Porque existe una forma moderna, refinada y perfectamente presentable de antisemitismo: no negar abiertamente el dolor judío, sino administrarlo con frialdad; no justificar explícitamente la agresión, sino rodearla de peros; no deshumanizar con gritos, sino con dobles estándares.

Ese antisemitismo no lleva uniforme.

Habla en nombre de la paz.

Firma declaraciones.

Asiste a conferencias.

Y se siente profundamente virtuoso mientras le exige al judío una perfección moral que jamás le exigiría a ningún otro pueblo atacado.

Ese es el truco.

Israel no solo debe sobrevivir: además debe hacerlo con una pureza quirúrgica que el mundo nunca pidió a sus enemigos.

No solo debe defender a sus civiles: debe también justificar, explicar, disculparse y rendir cuentas antes incluso de que el cadáver se enfríe.

No solo se le reclama legalidad. Se le reclama una forma imposible de santidad bajo fuego.

Y cuando no la alcanza —porque ninguna nación la alcanzaría en condiciones extremas— entonces muchos sienten que ya tienen la coartada perfecta para mirar hacia otro lado.

Pero el derecho no fue concebido para operar así.

No depende del carisma geopolítico de la víctima.

No depende del activismo del momento.

No depende del algoritmo, ni del campus, ni del editorial de moda.

O protege al judío también, o ha dejado de ser derecho para convertirse en teatro moral con pretensiones jurídicas.

Esa es la verdad incómoda que muchos no quieren admitir: el problema no es solamente que haya violencia contra judíos. El problema es que una parte considerable del mundo todavía considera esa violencia más explicable, más digerible o más negociable que la violencia ejercida contra otros.

Y una civilización que entra en esa lógica ya no está defendiendo principios.

Está administrando prejuicios.

La historia judía sabe adónde conduce esa pendiente.

Primero viene la relativización.

Después la soledad.

Luego el silencio.

Y siempre, demasiado tarde, aparece el comunicado correcto.

Si el derecho internacional se estremece solo cuando el judío responde, pero bosteza cuando el judío sangra, entonces el problema ya no es jurídico. Es moral. Y bastante más viejo de lo que muchos se animan a reconocer. 


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