Durante la llamada Guerra de los 12 días, se publicaron declaraciones de dirigentes de la comunidad judía en Irán pidiendo ataques contra Israel. El impacto de un titular en The Jerusalem Post fue inmediato, pero el contexto en el que se produjo es clave para entenderlo: no se trata de ideología, sino de supervivencia.
Desde la Revolución Islámica, la comunidad judía iraní vive bajo una presión constante. Su estrategia colectiva puede resumirse en una frase que se repite puertas adentro: “Somos judíos, pero no somos sionistas”. La adhesión pública al discurso oficial del régimen funciona como un mecanismo de protección frente a acusaciones de espionaje, persecuciones judiciales o estallidos de violencia colectiva.
La posibilidad de hacer aliá desde Irán no es un trámite administrativo, sino una operación clandestina de alto riesgo. La legislación iraní prohíbe expresamente a sus ciudadanos viajar a Israel; los pasaportes incluyen la prohibición de ingresar a la llamada “Palestina ocupada”. Cualquier intento de emigrar puede ser interpretado como traición al Estado.
Israel ofrece refugio a los judios de Iran
No existen vuelos directos, embajadas ni canales formales. Quienes logran salir lo hacen a través de terceros países, utilizando rutas indirectas y encubriendo su salida como turismo, trabajo o visitas familiares. En muchos casos abandonan propiedades y parten sin despedidas. La detección por parte de los servicios de seguridad puede derivar en prisión o consecuencias más graves. Existen antecedentes de personas que intentaron escapar y desaparecieron sin dejar rastro.
En 2007, un grupo de cuarenta judíos iraníes logró llegar a Israel mediante una operación encubierta coordinada por la Agencia Judía. El procedimiento incluyó la salida a un tercer país cuyo nombre no fue revelado y el posterior traslado a Tel Aviv, precisamente para evitar sospechas.
El testimonio de Rani Amrani, judío nacido en Teherán, ilustra con claridad este proceso. Salió de Irán a los 17 años con ayuda de traficantes humanos y sin pasaporte. En entrevistas públicas ha insistido en que no emigró, sino que escapó. Amrani advierte que muchos otros intentos terminaron en desapariciones. Actualmente dirige una emisora en persa desde Israel, seguida tanto por judíos como por musulmanes iraníes a través de internet.
El riesgo no concluye al llegar a Israel. Para muchos olim (inmigrantes) iraníes, el mayor temor es la situación de los familiares que permanecen en Irán. Emigrar a Israel implica cruzar, a ojos del régimen, una línea enemiga, lo que puede traducirse en represalias contra padres, hermanos o colaboradores. Por ese motivo, numerosos inmigrantes evitan exponerse públicamente, cambian su nombre o rechazan aparecer en medios.
Los antecedentes refuerzan ese temor. En el año 2000, diez judíos de Shiraz, entre ellos rabinos y profesionales, fueron condenados por espionaje. Dos años antes, el empresario Ruhollah Kadkhodah-Zadeh fue arrestado y posteriormente ejecutado, acusado de facilitar la emigración ilegal de judíos a Israel. El mensaje fue inequívoco: ayudar o intentar irse podía costar la vida.
Incluso la asistencia desde Israel ha generado tensiones. En 2007, organizaciones israelíes ofrecieron apoyo económico a judíos iraníes que lograban hacer aliá. La dirigencia oficial de la comunidad judía en Irán rechazó públicamente esa ayuda para no ser percibida como desleal al régimen. El diputado judío del Parlamento iraní llegó a advertir a la comunidad que se alejara de redes y medios israelíes para evitar problemas legales.
La comunidad judía en Irán no vive en libertad, sino en un equilibrio forzado. Cada gesto público, cada palabra y cada silencio forman parte de una estrategia destinada a evitar represalias y garantizar la continuidad del grupo. En ese contexto, el bajo perfil no es una elección ideológica, sino una condición para sobrevivir.
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