Canadá tiene un problema de antisemitismo
Y sus líderes no saben cómo confrontarlo.
Agosto 4, 2026
Se ha vuelto una triste realidad en Toronto, la ciudad más grande de Canadá, que las noticias de otro tiroteo o ataque violento atacando a los judíos canadienses se topa con la pregunta: "¿Cuál?” Desde tarde el 25 de julio a temprano el 28 de julio, dos locales de una cadena de panaderías de un judío fueron vandalizadas, con ambas bajo investigación por disparos; y se registraron disparos fuera del fabricante de vehículos blindados INKAS, que cuenta a Israel entre sus muchos clientes. Cuatro días después, en Montreal, un ataque incendiario destruyó NÖAM, un popular restorán kosher.
Desde que los ataques terroristas de Hamas el 7 de octubre del 2023 provocaron la guerra actual en Gaza, una ola tumultuosa de agitación antisemita, intimidación y violencia ha sacudido Canadá. Las escuelas judías han sido atacadas por disparos—hasta ahora, fuera de las horas en que funcionan. Se ha disparado, arrojado bombas incendiarias y vandalizado sinagogas. Las mezuzot han sido arrancadas de los marcos de las puertas de las casas de ancianos judíos. Las empresas de propiedad judía han despertado con vidrios rotos, pintadas y agujeros de bala. Los judíos "visiblemente identificables" han sido atacados y tiroteados desde coches en movimiento.
El centro comunitario judío a algunas cuadras de mi condominio ahora tiene un patrullero estacionado fuera como algo permanente. Es un ambiente desolador, muy diferente del Canadá al cual emigré hace 25 años. Los abuelos de un amigo recordaron crecer en un Montreal donde los cartees en ciertas playas llevaban variaciones de la famosa advertencia:"No se permiten perros o judíos." Ese mundo, que Canadá se congratuló por haber consignado a la historia, se siente más familiar ahora de lo que ha sido en generaciones.
Nada de esto ha aminorado el sufrimiento de los habitantes de Gaza o ayudado a "liberar Palestina”—sin importar lo que eso signifique. Pero los políticos a todo nivel siguen respondiendo con los mismos tópicos: “El antisemitismo es vil e inaceptable.” “El odio no tiene cabida en Canadá.” Evidentemente la tiene. El antisemitismo se ha asegurado una suite cómoda en el Four Seasons.
La alcaldesa de Toronto, Olivia Chow, una radical de extrema izquierda tan insidiosa que rivaliza con el alcalde de New York, Zohran Mamdani; el premier de Ontario, Doug Ford, un supuesto conservador; y el primer ministro liberal Mark Carney han emitido versiones de esta declaración repetidamente este año. Cada ataque es tratado como una erupción inexplicable de "odio" genérico, desconectado del movimiento que ha pasado cerca de tres años suministrando el léxico, objetivos y permisos morales en torno a él.
Lo que une a estos políticos es su incapacidad—o falta de voluntad—para abordar el motor ideológico de esta enfermedad: el antisionismo. En Toronto, manifestantes enmascarados y llevando kefíes han llegado repetidamente a barrios judíos, han rodeado instituciones comunitarias y gritaron consignas a las familias ortodoxas. El blanco aparente es siempre el "Sionismo," una abstracción elástica que en cierta forma lleva a sus opositores, con destacable constancia, a las sinagogas, escuelas judías, negocios kosher y barrios poblados por los judíos.
Los apologistas pueden insistir en una distinción entre el antisionismo y el odio a los judíos, o retirarse a la banalidad predecible que ellos están "meramente criticando al gobierno israelí." Sin embargo las víctimas son siempre judías.
La pregunta que otrora presentó el Sionismo—si los judíos deberían poseer un estado soberano—dejó de ser teórica en 1948. El antisionismo hoy es una aspiración política no más seria de lo que sería un movimiento dedicado a disolver Japón y a expulsar a los japoneses al Pacífico. Canadá debe reconocer en qué se ha convertido el antisionismo: un sueño febril anti-judío enmascarado como un movimiento de liberación progresista.
El fracaso de la Sra. Chow es especialmente despreciable porque ella ha abrazado el vocabulario moral de este movimiento. En una gala llevada a cabo en noviembre pasado por parte del Consejo Nacional de Musulmanes Canadienses, ella declaró que “el genocidio en Gaza nos impacta a todos.” Además, a pesar de su reputación de presentarse en casi todo evento local, la Sra. Cho nunca ha asistido a la Caminata con Israel UJA anual de Toronto y en el 2024 se negó a asistir a una ceremonia de izamiento de una bandera israelí en la Municipalidad, a la cual ella llamó "divisiva." Sin embargo, cada vez que una sinagoga es vandalizada o un negocio judío es tiroteado, la Sra. Chow anuncia diligentemente que ella está con la comunidad judía de Toronto.
La Sra. Chow puede no haber respaldado arrojar piedras a través de las ventanas de las sinagogas, pero ella acepta la premisa del movimiento que Israel—el único estado judío del mundo—es una empresa de maldad genocida. Ella entonces profesa horror cuando la gente se navegando en ese discurso empieza a tratar las instituciones judías como puestos de avanzada locales de Israel. El clima político está tan degradado que el político Naheed Nenshi, de Alberta, recientemente se disculpó por el "daño" causado por posar con el embajador de Israel.
Los Sres. Ford y Carney no son mucho mejores. El Sr. Carney anuncia medidas contra los delitos de odio, mientras que el Sr. Ford promete que los delincuentes serán enjuiciados con "toda la extensión de la ley." Pero estas garantías recuerdan cada vez más el teatro político insípido. Amir Azar, un hombre de Toronto cuyo juicio está prosiguiendo dentro del sistema de justicia penal de Ontario, fue no obstante liberado bajo fianza a pesar de enfrentar 29 cargos que van desde una presunta campaña que incluyó prender fuego a cuatro sinagogas, dañar una quinta, amenazar a un centro comunitario judío y dañar extensamente una cafetería de propiedad judía.
Ninguna de estas medidas de los políticos abordan la razón por la que las escuelas judías necesitan vidrios reforzados en primer lugar. Un país en el cual los judíos requieren de patrulleros policiales fuera de los centros comunitarios, guardias armadas en las sinagogas y ventanas reforzadas en escuelas no puede insistir de forma creíble en que el antisemitismo "no tiene cabida" dentro de él. Canadá ya le ha dado lugar. La única pregunta es si sus líderes pueden reunir la integridad para nombrar al movimiento que lo colocó allí.
El Sr. Khachatrian es un crítico de cine del Washington Examiner radicado en Toronto.
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