domingo, 6 de septiembre de 2026

 

China y los judíos: dos civilizaciones antiguas, una amistad inesperada
En 1979, Vera Schwarcz hizo las maletas y partió hacia China.
Hija de sobrevivientes del Holocausto, Schwarcz había crecido en la Rumania comunista, dentro de una familia marcada por pérdidas de las que nadie hablaba.
Su madre había perdido a un esposo y a un hijo en el Holocausto; su padre había perdido a su esposa. Sin embargo, el pasado permanecía en gran medida silenciado.
Vera aprendió mandarín, estudió historia china y finalmente se dirigió a la Universidad de Pekín como académica especializada en el Lejano Oriente.
Uno viaja ligero cuando se muda al otro lado del mundo, pero por razones que no podía explicar del todo, Vera se llevó consigo un libro de Elie Wiesel sobre el Holocausto.
Cuando se acercaba Iom Kipur, Schwarcz se sintió dominada por un impulso. No tenía intención de ayunar durante la festividad, pero decidió que la plaza de Tiananmén y la Revolución Cultural que se desarrollaba a su alrededor podían esperar.
Pasaría aquel día en su apartamento leyendo a Wiesel.
Como parte de su investigación, estaba recopilando testimonios orales de chinos que habían sufrido terriblemente durante la Revolución Cultural. Y fue entonces que comenzó a ocurrir algo inesperado.
«Descubrí que me hablaban con mucha franqueza sobre sus horribles experiencias», recordó más tarde. «Comprendí que, inconscientemente, llevaba conmigo lenguajes e historias sobre el sufrimiento nacional, y los chinos lo percibían».
Schwarcz había ido a China para estudiar otra civilización. Sin embargo, China comenzó a dirigir su atención hacia el trauma ancestral de su propia familia.
«Hay algo en la cultura china que nos lleva de regreso a nosotros mismos», observó.
Con el tiempo, Schwarcz se convirtió en una distinguida historiadora de China y escribió 'Un puente a través del tiempo roto: la memoria cultural china y judía', un libro que analiza como se trasmite y se sana la memoria traumática en dos civilizaciones antiguas.
Hoy vive en Jerusalem como judía observante y siente que su inmersión en la cultura china terminó llevándola a casa.
«Recorrí el camino hacia la memoria, la cultura y la observancia judías a través de mis estudios sobre China», afirmó.
Su recorrido puede parecer extraordinario, pero si observamos atentamente los encuentros entre estas dos civilizaciones antiguas, comienza a emerger algo curioso.
Ha ocurrido una y otra vez.
El puente funciona en ambas direcciones
Tomemos ahora el caso de Leo Hu.
Hu creció en Tianjin, China, en el seno de una familia atea. Su improbable camino hacia el judaísmo comenzó con la obra 'El violinista en el tejado'.
El musical lo cautivó.
Le impactó la conversación constante de Tevye con Dios y una pregunta que se encuentra en el corazón de la historia: ¿Qué ocurre cuando una tradición antigua se encuentra con un mundo que cambia rápidamente?
Con el tiempo, Hu se mudó a Nueva York, donde se sintió atraído a explorar el judaísmo en hogares y comunidades judías.
Quedó fascinado por el Daf Iomí, la práctica mundial de estudiar cada día una página del Talmud.
El inglés le resultaba difícil, por lo que Hu recurrió a la inteligencia artificial para que lo ayudara a traducir el material al mandarín. Comenzó a estudiar el Talmud en chino.
Y allí se encontró con algo extrañamente familiar.
Hu comparó el Talmud con las Analectas de Confucio. Ambos preservan enseñanzas, conversaciones y debates entre sabios, lo que permite que las generaciones posteriores participen en un diálogo continuo, en vez de limitarse a recibir una lista de conclusiones.
Lo que comenzó con El violinista en el tejado lo llevo a convertirse al judaísmo.
¿Hermosas casualidades o algo más?
Annette Poizner
Aish Latino

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