25 años de pensamiento acerca del 11/S
'Los 3,000 murieron. Explotaron en el aire. Se convirtieron en una nube. Nosotros los respiramos.’
Por Peggy Noonan
Septiembre 3, 2026
Nunca lo superaré, ninguno de los que estábamos en la ciudad ese día lo hará. Si fuéramos árboles talados tras un siglo y abiertos para revelar los anillos, un arborista observaría uno más oscuro que el resto, más denso y con cicatrices de resina, y diría, "¿Qué sucedió allí?"
Y ustedes dirían, "Eso fue el 11/S,” y él asentiría porque habría visto tales anillos antes.
Ahora han pasado 25 años, y tal vez esta será la última vez que yo escriba sobre lo que sucedió, y pido su perdón porque pasé mucha de la semana pasada leyendo lo que he escrito sobre él a lo largo de los años, y ví todas las cosas que he pensado. Escribí sobre el 11/S y los temas asistentes cada semana durante un año; sentí que mis lectores y yo estuvimos procesándolo juntos.
El primer año fue bastante de información en la calle—el sonido y la vista de una ciudad cambiada. Dos días después del 11/S—antes que tuviera un nombre, y la gente lo estaba llamando "lo que sucedió", como en, "ellos piensan que él murió en lo que sucedió”—yo escribí un artículo llamado "Lo Que Ví en la Devastación,” el cual decía que los estadounidenses estábamos experimentando el fin de la ilusión “que nosotros, personas ricas y poderosas, nos mantendríamos a salvo por medio de nuestro estátus, riqueza y suerte." La historia había golpeado a nuestra puerta. Yo escribí del retorno de las señales y símbolos de la fe religiosa en "Dios Está de Regreso." Hubo un artículo sobre los 343 bomberos de la Ciudad de New York que habían muerto, "Valentía Bajo Fuego," y me conmovieron las fotos que comencé a recibir de esa columna publicadas en las paredes de las estaciones de bomberos. Hubo una celebración por el regreso de cierto tipo de masculinidad, “Bienvenido de Nuevo, Duke." Todas esas columnas decían cosas nuevas, y esas cosas se volvieron parte de como recordamos esa época.
Del primer aniversario del 11/S, en “El Otoño Tras el 11 de Septiembre”: “El otro día pasaba por el Hospital St. Vincent en el centro de Manhattan y pensé, como siempre hago cuando paso por ahí: Aquí es donde esperaban a los heridos. Los internos y las enfermeras esperaban afuera justo aquí con camillas a los pacientes que no llegaron. Porque demasiado pocas personas resultaron 'heridas.' Los tres mil estaban muertos. ¿Qué les pasó? Explotaron en el aire. Se convirtieron en una nube. Nosotros los respiramos."
En el quinto aniversario, me enfoqué no en las imágenes del hecho sino en los sonidos, especialmente en las cintas y transcripciones de las últimas llamadas telefónicas. Parte de la valentía es una admisión realista de tus verdaderas circunstancias. Ese artículo fue construido bajo citas de realistas compasivos.
La columna del 10º aniversario, en el 2011, trató sobre lo que debemos a los muertos, que es el recuerdo mismo. Volvía al tema de lo que había dejado tan singularmente conmocionada a New York:“Es que los edificios se derrumbaron, frente a nuestros ojos. Ellos estaban allí y orgullosos y fuertes, eran masivos, dos pilares en el extremo de la isla. Y entonces se desplomaron con un gemido y hubo una nube y cuando la gente pudo finalmente ver miraron hacia atrás y los edificios ya no estaban más allí, abriéndose paso entre las nubes. Los edificios eran una nube. Los edificios se habían ido y eso fue demasiado para soportar porque no podían haber desaparecido, no podían haber caído. Porque nadie podía derribar esos edificios. Y eso cambió todo. Marcó un cambio físico en nuestra ciudad entre 'seguro' e 'inseguro.' Marcó el fin del Estados Unidos inexpulgable y el inicio de una era de vulnerabilidad." Todavía pienso que eso es cierto.
El 15º, en el 2016, un tributo a un bello hombre joven llamado Welles Crowther, “el hombre de la bandana roja.”
Una palabra final sobre el sonido de las cosas. El 11/S mi hijo de 14 años de edad estaba en su segundo día en una nueva escuela justo enfrente del East River de las torres. Las líneas telefónicas habían caído no pude contactarlo ni él a mí, pero esa tarde logró hacerlo desde una cabina telefónica en Brooklyn, con una fila de estudiantes esperando detrás suyo. El me aseguró que estaba a salvo, dijo que había rumores por todos lados, ¿qué sabíamos realmente? Le informé y de pronto oí algo amortiguado, su mano sobre el altavoz. Lo que yo le estaba contando se transmitiría por la línea a los demás estudiantes. Se acabó. Fue un ataque terrorista. No es cierto que fue atacado el Departamento de Estado, es cierto que fue atacado el Pentágono. El estaba informando a los que estaban detrás suyo con una voz que sonaba más adulta y más segura que la de alguien de 14 años. Y yo me conmoví: El es un niño que en una crisis reúne información no sólo para sí mismo, sino para contar a la gente lo que sucedió. Dar información es una forma de asumir responsabilidad. Yo pensé que puede tener alguna repercusión en su futuro camino profesional. Lo hizo. Pero no supe eso hasta ese terrible día.
Ese niño de 14 años no volvió a casa esa noche, sino que se quedó, con otros estudiantes, en la casa de un docente en Brooklyn. A la mañana siguiente él tomó una ruta de subterráneo improvisada de regreso a casa en Manhattan, y el tren salió de un túnel y empezó a girar al norte. En ese punto, le contaron, los pasajeros siempre miraban hacia la izquierda, sólo por un segundo, a las torres y el resplandor del centro de Manhattan bajo la luz del sol. Y esa mañana todos giraron como de costumbre, y vieron la nube de escombros donde habían estado las torres. Y de todos en el vagón salió un suspiro suave colectivo, un gemido, un ohhhhhhh. Había un hombre grande, un sindicalista, duro, parado en medio del vagón, y él miró a todos los demás, y luego se sentó en un asiento y empezó a llorar.
Cuando mi hijo me contó, pensé en la historia del 50º aniversario de Gettysburg, el 3 de julio de 1913. Los participantes vivos, en sus setentas y ochentas, llegaron con sus viejos uniformes. Fue un evento enorme, 50,000 regresaron. Ellos recrearon la Carga de Pickett y algo sucedió. Los viejos confederados salieron de la línea de árboles e iniciaron su camino de ascenso de la larga pendiente. Los soldados de la Unión los esperaron en el famoso cerco de piedra y cuando vieron a los confederados abrirse paso con dificultad con su carga condenada al fracaso, los soldados de la Unión hicieron un sonido—un ohhhhhhh, “un jadeo gigante de incredulidad,” como lo escribió David McCullough en "La Guerra Civil" de Ken Burns.
Fue un sonido de compasión y asombro, un sonido que dijo que esto no es sólo historia, es tragedia humana. Los soldados de la Unión se encontraron incapaces de recrear la derrota. Ellos los abrazaron.
Así es como me siento ahora, en el 25º aniversario, cuando alguien cuenta una historia de esos días, del 11/S y sus valientes.
Y ahora han pasado tantos años, y el hijo tiene un hijo y espera un segundo hijo pronto, y la vida continúa, y te llena. Pero nunca miente sobre las cosas que rompen tu corazón. Yo nunca lo superaré, ninguno de nosotros lo hará. La línea en el tronco del árbol, el anillo ennegrecido, nunca se irá. Y ahora y entonces alguien dirá, “¿Qué sucedió allí?” y ustedes le contarán.
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