domingo, 20 de septiembre de 2026

 OTRA PRUEBA DE QUE EL ODIO AL JUDIO NO ES UNA CUESTION TERRITORIAL

¿Cómo pudo una antigua comunidad judía sobrevivir 2.500 años en la Ruta de la Seda, para luego dejarlo todo atrás en una sola generación?
Cuando la mayoría de nosotros pensamos en la historia judía, imaginamos los shtetls, las conocidas aldeas humildes de Europa del Este donde vivían los judíos, o los barrios antiguos de Jerusalén, olvidando a Asia Central.
Sin embargo, durante más de dos milenios, los judíos de Bujará vivieron a lo largo de las rutas comerciales de Samarcanda y Bujará.
Al igual que los judíos de Europa, que desarrollaron su propio dialecto local (idish, una mezcla de hebreo y alemán) y los sefaradíes que adaptaron el español con toques hebreos (ladino), estos hablaban judeotajiko, un dialecto persa escrito con caracteres hebreos.
Vestían túnicas teñidas con índigo y azafrán, y sus casas con patio interior parecían totalmente austeras desde la calle polvorienta, ocultando techos tallados y jardines en su interior.
Había una razón de peso para esos muros austeros.
Vivir bajo el dominio del emir de Bujará implicaba acatar normas estrictas y humillantes:
Los judíos no podían montar a caballo dentro de las murallas de la ciudad; solo podían usar burros.
Debían llevar un cinturón de cuerda para que todos conocieran su estatus y pagar un impuesto anual degradante, en el que el recaudador golpeaba a cada hombre en el rostro para exigir su sumisión.
Según la ley islámica, cualquier judío podía ser convertido a la fuerza basándose en el testimonio de un solo testigo. Estos conversos forzosos, conocidos como Chala, llevaban una doble vida imposible: acudían a la mezquita durante el día, pero observaban las leyes del kashrut (leyes de higiene y tipos de alimentos permitidos según la fe judía), y encendían velas en sótanos ocultos por la noche (la vela tiene un significado espiritual como el hilo de luz que conecta al hombre con la luz superior).
A pesar de vivir a miles de kilómetros de los principales centros judíos, no perdieron su identidad.
Mantuvieron vivos sus textos y tradiciones, acogiendo a rabinos viajeros de Tierra Santa, sobreviviendo a guerras locales y resistiendo más tarde la represión soviética contra la fe.
Y entonces, en la década de 1990, tras 2.500 años en los oasis del desierto, casi toda la comunidad hizo las maletas.
Cuando la Unión Soviética colapsó, emigraron a Nueva York e Israel.
Hoy en día, los antiguos barrios judíos de Uzbekistán permanecen mayoritariamente en silencio. Las sinagogas se conservan como monumentos y solo queda un puñado de ancianos judíos donde antes vivían decenas de miles.
Su mundo no llegó a su fin, sino que se trasladó al otro lado del océano: a Queens y a Tel Aviv, donde los aromas de su arroz condimentado con comino y los sonidos de sus antiguas melodías siguen muy vivos.
Porque la historia judía es mucho más amplia que la narrativa europea. Cada rincón de nuestro legado encierra resiliencia, y este capítulo de la Ruta de la Seda merece ser conocido.
Esto también se une a la descalificación de la necia propuesta de que los judíos de hoy son la continuación de los jazaros, un episodio que hace siglos ya no tiene eco en la continuidad de la raíz judía.

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