LA REVOLUCION DE IRAN
La gente que está instando al Presidente Trump a negociar con el régimen iraní no entiende lo que están mirando.
Por Bernard-Henri Lévy
Enero 13, 2026
Tiemblo mientras escribo estas líneas.
Porque Irán—el valiente y heroico Irán—tiembla al borde de un baño de sangre horroroso.
Y no tengo ninguna duda que el régimen fascista de los mulahs tomará, si puede, una venganza terrible sobre los civiles que lo están desafiando.
Pero la realidad es clara.
Lo que ha estado sucediendo durante los últimos ocho días en las ciudades de la antigua Persia no es una revuelta. Es una revolución. ¿La diferencia? Tanto pequeña como inmensa. Una revuelta—los iraníes han conocido al menos cinco revueltas en los últimos 15 años—demanda reformas, la mitigación de la miseria, negociación. Una revolución no espera nada de eso y no acomoda, en lo absoluto, el odiado orden de cosas; no busca el ajuste del régimen, sino su reemplazo.
Tocqueville: Una revolución comienza cuando la gente deja de imaginar el futuro como una anamorfosis del pasado.
Hannah Arendt: Una insurrección reta al poder; una revolución rechaza su mismo principio y base.
Este tipo de acontecimiento es raro en la historia humana. Pero aquí es donde se encuentran ahora los iraníes. Cuando ellos dicen "Muerte a Khamenei", han cruzado ese umbral y entrado a esta nueva era de esperanza y tragedia.
Por supuesto, el levantamiento puede ser aplastado. Por supuesto, estamos hablando de miles de mujeres y hombres ejecutados en el secreto de la noche electrónica que ha caído sobre el país. Y, por supuesto, sabemos de revoluciones que terminaron ahogadas en sangre.
Pero lo que fue, fue. Las mujeres y hombres iraníes que han gritado a todo pulmán que quieren vivir, pero están listos para morir por eso, no darán marcha atrás. Ellos ya no aceptarán más las ofertas de negociaciones hechas por los ayatolas arrinconados.
Los que no logran entender esto son grotescos.
Vergüenza de los que todavía osan reducir esta conflagración a algún así llamado complot sionista estadounidense.
Ellos ya están y para siempre en los cestos de basura de la historia.
Espíritus de mente pequeña y mezquinos, obsesionados con el orden en todas las cosas, se ahogan: "¿Cómo puede esto ser una revolución? Una revolución requiere de un líder; quiere ver sólo una cabeza, y no vemos ninguna cabeza, excepto la del exiliado, ese fantasma de Pahlavi …”
¡Ah, los tontos! ¡Ah, los ignorantes! ¡Y la historia, gracias al cielo, tiene mucha más imaginación que ellos!
Ante todo, ¿por qué no Pahlavi? ¿Qué saben ellos de él, aparte que es hijo de su padre? ¿Y qué saben ellos de la alquimia misteriosa que surge entre un pueblo y un hombre—cualquier hombre—una vez que él encuentra las palabras correctas en el momento correcto y los gestos honorables en un tiempo en que el mismo honor está faltando?
Pero sobre todo, no importa. La historia no espera que los acontecimientos se presenten con un elenco, un organigrama y portavoces aprobados.
Y si las revoluciones, por definición, no tienen leyes, no obstante existe esta norma: Las revoluciones eligen sus caras mientras siguen adelante; son las revoluciones las que crean a los hombres llamados a encarnarlas, no hombres ya nombrados que lideran revoluciones.
Nadie conocía a Danton o a Robespierre en la víspera de 1789. Nadie conocía a Lenin cuando él abordó su tren sellado en Zurich hacia Petrogrado. Y en la víspera de Solidaridad, Lech Walesa era apenas otro obrero en Gdańsk, quien hablaba mal y rezaba mucho y cuya hazaña más notable fue trepar un muro para entrar en un astillero en huelga.
¡Cálmense, almas buenas que demandan un hombre!
Ese hombre llegará. Y puede muy bien ser una mujer.
Y ahora Trump … ¡ah, Trump! ¿Cómo, pregunta la misma gente, pueden los revolucionarios iraníes atreverse a pedir ayuda de un sinvergüenza, un fascista, un contrarrevolucionario certificado como Trump?
Sí, damas y caballeros, ustedes que nunca dejan de dar lecciones—aquí es donde su ignorancia se vuelve obscena.
Porque nadie sabe si Trump responderá a este llamado desesperado. Es perfectamente posible que, si él fuera a atacar, sería al estilo Venezuela—abriendo la puerta a “un acuerdo magnífico con un tipo tremendo” salvado, en el último minuto, de las ruinas del antiguo régimen.
Pero nosotros sabemos a partir de Maquiavelo que un hombre sin virtud puede, sin saberlo, llevar a cabo un acto virtuoso.
Hemos sabido a partir de Hegel que los grandes puntos de inflexión de la historia son logrados a menudo, como por artimañas, por hombres que no tienen idea de lo que están haciendo—y aun menos de lo que están desatando.
Desde algún emperador romano imponiendo, sin pretenderlo realmente, el reinado de 2,000 años de la cristiandad, hasta Napoleón Bonaparte, ese tirano que exportó el espíritu de 1789 por medio de la guerra—¡cuántos hombres indignos de lo que no obstante hicieron posible!
Si Trump, por capricho, narcisismo, o cálculo, fuera a decidir atacar al régimen iraní—y si, atacándolo, él fuera a acelerar su colapso—él no sería absuelto de nada.
Pero la historia tendría que ser vista como es: irónica, injusta en sus instrumentos, pero justa en sus efectos—y uno diría del acto que fue grandioso, aun si el hombre no lo fue.
Bernard-Henri Lévy es un filósofo, activista, cineasta y autor de más de 45 libros que incluyen Israel Sola, El Ingenio del
Judaísmo, Vértigo Estadounidense, Barbarie con Rostro Humano, ¿Quién Asesinó a Daniel Pearl?, y El Imperio y los Cinco
Reyes. Su cuarta película sobre Ucrania, Nuestra Guerra, fue estrenada en junio del 2025.
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