miércoles, 14 de enero de 2026

 En julio de 1945, las guardias y administradoras del campo de concentración de Ravensbrück fueron escoltadas de regreso a través de los terrenos que una vez habían gobernado con crueldad rutinaria... Ravensbrück, el mayor campo nazi diseñado principalmente para mujeres, había sido un lugar de trabajos forzados, experimentos médicos, hambruna e innumerables muertes silenciosas que pasaron prácticamente desapercibidas durante la guerra..

Las sobrevivientes permanecieron en silencio... Algunas mujeres se aferraron a los números de identificación descoloridos que llevaban tatuados en los brazos... Otras fijaron la mirada en el suelo donde sus amigas se habían desplomado por el agotamiento, el abuso o la negligencia... El regreso de las guardias no pudo deshacer el sufrimiento, pero destrozó la ilusión de poder e invulnerabilidad que las había protegido durante años... Su presencia transformó la abstracción en realidad...
Este momento no se trataba de perdón ni sanación, sino de rendición de cuentas ⚖️... Al recorrer los mismos caminos donde habían impuesto el terror, los perpetradores se enfrentaron a las consecuencias humanas de sus actos.. La historia ya no era lejana ni negable; estaba presente ante ellos en los cuerpos, rostros y recuerdos de quienes sobrevivieron...
El testimonio silencioso de los sobrevivientes garantizó que la historia de Ravensbrück jamás pudiera ser reescrita ni borrada... Ver y ser visto se convirtió en un acto de justicia... La memoria misma se convirtió en autoridad moral, dando testimonio de resiliencia, resistencia y la constante exigencia de que los crímenes de lesa humanidad sean nombrados, recordados y respondidos....

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