Con el inicio de los Juegos Olímpicos de 2026, el calendario deportivo vuelve a encender una memoria que nunca debió apagarse.
En 1972, la delegación de Éretz Israel llegó a Alemania cargando una historia imposible de ignorar: muchos de sus atletas eran hijos de sobrevivientes y víctimas de la Shoá. Competir allí era más que deporte; era una afirmación de vida.
Antes de los Juegos visitaron el campo de concentración de Dachau y dejaron una ofrenda. Uno de quienes estuvo allí, el entrenador André Spitzer, sería asesinado días después en Múnich.
La Alemania que buscaba mostrarse moderna y pacífica redujo la seguridad al mínimo, ignorando advertencias claras. La delegación israelí quedó alojada en un edificio aislado y vulnerable.
En la madrugada del 5 de septiembre, terroristas de Septiembre Negro, organización perteneciente a la OLP, ingresaron a la Villa Olímpica. Once israelíes fueron asesinados tras horas de violencia y un intento de rescate fallido, marcado por la improvisación y los errores.
Los Juegos se detuvieron apenas un día. Los terroristas sobrevivientes fueron liberados semanas después.
Desde entonces, cada operativo de seguridad olímpico existe porque once atletas fueron asesinados mientras dormían.
Recordarlos no es un gesto político.
Es un acto de memoria.
Y una advertencia

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