lunes, 31 de agosto de 2026

del wsj

 El hombre que miró fijamente al vacío

Las historias de Omar Mohammed acerca de los años de terror del ISIS en Mosul deben ser leídas 

Por Bernard-Henri Lévy
Agosto 28, 2026

Escribí en este espacio en octubre del 2018 acerca de un misterioso bloguero iraquí escribiendo bajo el nombre  “Mosul Eye” (El Ojo de Mosul). El acababa de publicar fotografías asombrosas tomadas en medio de las ruinas de la ciudad vieja, liberada recientemente del ISIS, que había sido el epicentro del yihadismo global. Esas fotos mostraban piedras, y en esas piedras había inscripciones en hebreo—emergiendo del olvido, los restos inima­gin­ables de una sinagoga cuya existencia nadie había sospechado.

Escribí que lo que había reaparecido de la presencia judía en la antigua Nínive tenía que ser salvado. Alerté a las organizaciones involucradas en rescatar monumentos amenazados por la guerra. Y fueron ideados proyectos de restauración—los que, desafortunadamente, la estupidez y luego las leyes inicuas de un gobierno iraquí bajo la influencia iraní han seguido bloqueando obstinadamente.

En el 2016, cuando empezó la batalla para liberar la ciudad, me propuse filmar un documental, “La Batalla de Mosul.” Fue Mosul Eye quien nos guió en el terreno. Todo estaba ahí. Movimientos de tropas. Las posiciones que estaban cayendo y las que estaban resistiendo. Los barrios donde uno podía aventurarse y los que el ISIS había minado. Las rutas que estaban abiertas cuando despertábamos y luego eran repentinamente cortadas. Puestos de control. Puentes destruidos. Lugares donde habían sido reportados francotiradores o coches bomba. Y en las partes más antiguas de la ciudad, el embrollo de calles, los pasajes de un barrio al otro, los callejones sin salida, esa geografía íntima en la cual, para un equipo extranjero que había llegado para filmar la batalla, girar en el lugar errado en una intersección podía ser fatal. El Eye of Mosul era nuestra brújula. Nuestro amigo desconocido. El hombre que puede haber salvado nuestras vidas.

Ahora el hombre detrás del Eye ha publicado un libro en Estados Unidos. Se llama “Mosul Eye,” y en él descubrimos la increíble historia del hombre que se ocultaba detrás de ese nombre. Su nombre es Omar Mohammed. Hoy él dirige la Anti­semit­ism Research Ini­ti­at­ive of the Pro­gram on Extrem­ism (Iniciativa de Investigación del Antisemitismo del Programa en Extremismo) en la Universidad George Wash­ing­ton. Antes de esta nueva vida, él era un historiador que tenía 29 años de edad cuando el ISIS entró a su ciudad. El pudo haber huído, pero decidió permanecer y durante meses llevó una doble vida.

El se mezcló en la multitud, dejó crecer su barba, asistió a las mezquitas donde predicaban los asesinos, escuchó, preguntó, revisó los rumores. Pero mientras tanto ideó un sistema extraordinariamente ingenioso para lograr que su información saliera. ¿Estaba siendo monitoreada la actividad en internet? El multiplicó sus conexiones y medios de acceso clandestinos. ¿Face­book estaba bloqueado? El recurrió a Word­Press o Twit­ter. ¿Sus notas podían traicionarlo? Las desperdigó, las ocultó, mantuvo versiones manuscritas o tipeadas. ¿La policía del ISIS lo había identificado? El cambiaba su voz, cambiaba del árabe al inglés, hacía que la gente creyera que estaba en Mosul cuando ya había partido a Turquía. Al hacerlo, logró penetrar electrónicamente los muros de la ciudad y convertir su ojo invisible en la mirada del mundo sobre la ciudad martirizada.

El libro res­ult­ante es un documento único, tanto acerca de los años del terror en Mosul como acerca de en qué puede convertirse la vida cotidiana bajo un régimen islamofascista. Está todo allí. Las ejecuciones públicas a las que se obligó a asistir para poder escuchar los nombres de los condenados y los crímenes de los cuales fueron acusados. Las decapitaciones. Las lapidaciones. Los hombres arrojados desde lo alto de los edificios. Los cristianos echados de la ciudad, sus casas saqueadas, sus iglesias destruidas. Los yazidíes reducidos a la esclavitud. Las niñas jóvenes violadas tan salvajemente que los doctores cuyo testimonio él reunió las vieron morir por sus heridas. Y finalmente, cuando llegó la guerra, su propio hermano, Ahmed, quien había permanecido en Mosul Occidental, murió en el 2017—su corazón fue perforado por un fragmento de mortero.

Este libro debe ser leído. Debe ser leído como un testimonio único de en qué se convierte la vida bajo el control del islamismo. Pero también debe ser leído como la historia de una vida ejemplar y como prueba de lo que puede lograr la valentía cuando las circunstancias llevan a un hombre a su límite. Y finalmente, debe ser leído como una lección magnífica del poder de la Historia.

Omar Mohammed con­fronta a los asesinos con los nombres de los que ellos matan. El confronta a los que borran con el rastro de lo que buscaron borrar. Contra los que pretenden que sus víctimas mueran una vez en la carne y una segunda vez en el recuerdo de la humanidad, él instala el archivo y protege la verdad. Y entoces aparece una extraña artimaña de la vida, la cual, para sobrevivir, elige aquello que menos se le parece: el documento, la fecha, el nombre grabado en una computadora portátil—en resúmen, la letra muerta que, paradójicamente, impide que el olvido tenga la palabra final.

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