martes, 4 de agosto de 2026

Del WSJ

 

La amenaza islamista no se trata sólo de terrorismo

La administración Trump ha mostrado un fuerte compromiso con combatir el Islam político, un claro quiebre de las administraciones previas. Durante años Washington ha descuidado la amenaza islamista utilizando un enfoque dividido y simplista. Desde el 11/S, han sido asignados recursos a perseguir a grupos designados terroristas, como el ISIS y al Qaeda. Las organizaciones islamistas que adoptaron tácticas en su mayoría no violentas y no fueron puestas formalmente en la lista negra—como la Hermandad Musulmana—no cayeron bajo el mandato de ninguna agencia y fueron en gran medida ignoradas.
Los grupos tratan de impulsar su agenda a través de la política, escuelas y activismo de base.
Esta visión del islamismo basada en la seguridad no da en el clavo. El reto es más complejo que una amenaza terrorista. Tanto en el Medio Oriente como en el mundo occidental, el Islam político—con la Hermandad Musulmana como su defensor principal—oper­a en muchas áreas, incluidas la política, la educación y el activismo de base.
Los socios europeos de Washington han sabido esto hace mucho tiempo. Varios gobiernos europeos han analizado correctamente el reto para la sociedad presentado por el Islamismo. En el 2014 el primer ministro de Gran Bretaña, David Cameron, ordenó una revisión gubernamental de la Hermandad Musulmana, una campaña de un año de duración que incluyó a los servicios de seguridad de Gran Bretaña tanto como a las agencias enfocadas en la educación, integración y comunicaciones.
El gobierno francés asumió el mismo enfoque. El informe que publicó el año pasado concluyó que "la realidad de esta amenaza, aun si es a largo plazo y no involucra acción violenta, presenta un riesgo de daño para el tejido de la sociedad y las instituciones republicanas."
Los servicios de seguridad de Alemania han escrito en sus informes anuales que los "grupos islamistas legalistas"—un término que Berlín usa para organizaciones como la Hermandad que no se involucran directamente en violencia— “rep­res­entan una amenaza espe­cial para la cohesión interna de nuestra sociedad,” y que sus empresas “van contra los esfuerzos emprendidos por la administración federal... para integrar a los inmig­rantes.”
Estos países europeos no han designado organización terrorista a la Hermandad Musulmana, pero tienen una visión clara de las amenazas que presentan el grupo y sus compañeros de viaje.
La administración Trump este año designó como organizaciones terroristas a cuatro ramas de la Hermandad Musulmana—en Egipto, Jordania, Líbano y Sudán—que Estados Unidos concluyó se han involucrado en violencia directa. Esto marca un quiebre del pasado y una primera vez para el Occidente.
Aun si son implementadas apropiadamente, estas designaciones terroristas no derrotarán mágicamente al islamismo. Un primer paso en esa dirección es un cambio filosófico drástico en cómo el gobierno estadounidense y el público estadounidense entienden los desafíos presentados por el Islam político y cómo existe en muchos frentes.
Esto empieza con corregir la falta de conocimiento dentro del FBI y otras agencias gubernamentales acerca de la Hermandad y el islamismo en general. Salvo por los años inmediatamente después del 11 de septiembre del 2001, no ha habido ningún esfuerzo concertado dentro de las agencias del orden y comunidades políticas estadounidenses por adquirir un entendimiento institucional profundo de las redes islamistas mundialmente.
Existe una falta par­tic­u­lar de entendimiento en como los islamistas están usando los sistemas político y educativo estadounidense para promover sus objetivos— dinámica que se ha vuelto evidente en los últimos años. Si bien algunas de estas dinámicas no son, afortunadamente, tan avanzadas como en los países europeos, no hay dudas que los actores islamistas están financiando a candidatos alineados políticamente en las elecciones estadounidenses nacionales. Del mismo modo, investigaciones recientes han descubierto cómo los gobiernos extranjeros, incluido Catar, están financiando universidades estadounidenses con el objetivo de influenciar cómo es enseñado el Medio Oriente, a menudo a través de una lente islamista.
Llenar la brecha de conocimiento en estas áreas es cru­cial si la administración Trump quiere combatir el islamismo. Eso significa involucrar a diversos públicos a los niveles nacional y local. El compromiso debería incluir las oficinas de campo del FBI, las que tienen que ser reorientadas para incluir al islamismo como uno de sus blancos; a las autoridades educativas locales que han dado vales escolares a las escuelas islamistas a partir del jardín de infantes que predican el odio a Estados Unidos y a los judíos; a los funcionarios de migraciones que dan visas a los imanes islamistas que promueven el odio y la exclusión y a las universidades que aceptan donativos para albergar a profesores y eventos de tendencia islamista.

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