PARA EVITAR LA GUERRA-
Leo Kofman
Israel ha desarrollado una forma de hacer la guerra basada en la precisión y la minimización del daño colateral, con el objetivo explícito de no afectar a la población civil. Sus operaciones militares se apoyan en inteligencia avanzada, armamento de alta precisión y una doctrina que prioriza el golpe directo a objetivos militares específicos, evitando la destrucción indiscriminada del entorno.
En muchos ataques, Israel emplea misiles guiados de alta exactitud, diseñados para impactar exclusivamente en el objetivo definido, sin generar efectos extensivos en zonas residenciales. A esto se suma una práctica poco común en los conflictos armados modernos: la advertencia previa a la población civil. Mediante mensajes, llamadas telefónicas, panfletos o avisos directos, se informa a los civiles para que evacúen áreas donde habrá operaciones militares, reduciendo así el riesgo de víctimas inocentes.
En el caso de Gaza, este enfoque resulta aún más evidente cuando se realiza una comparación razonable. Si Israel hubiera atacado Gaza utilizando una doctrina similar a la empleada por Rusia en Ucrania —bombardeos masivos, indiscriminados y sin avisos previos— el número de muertos habría sido muy superior, dada la densidad poblacional extrema del territorio. El hecho de que no haya ocurrido así no es casualidad, sino consecuencia directa de una estrategia orientada a contener el daño civil, incluso en un entorno donde grupos armados operan deliberadamente desde zonas residenciales.
Además, una parte significativa de los fallecidos en Gaza no correspondía a población civil, sino a combatientes y miembros de Hamás, organización que integra infraestructura militar en áreas urbanas, hospitales, escuelas y viviendas, violando de forma sistemática las normas básicas del derecho internacional humanitario.
Existe la percepción, especialmente entre quienes mantienen una postura hostil hacia Israel, de que durante la llamada “guerra de los 12 días” Irán “ganó” el enfrentamiento por haber lanzado misiles contra territorio israelí, causando daños en infraestructuras civiles y afectando a la población. Sin embargo, ese tipo de acción —el ataque deliberado o indiferenciado contra civiles— no forma parte de la doctrina militar israelí.
En contraste, la respuesta de Israel se centró en la destrucción de puntos clave de la infraestructura misilística y nuclear iraní, atacando capacidades estratégicas sin dirigir sus acciones contra la población civil. El objetivo no fue castigar a un país, sino neutralizar amenazas concretas que podrían desencadenar una guerra mayor.
En la guerra moderna, la verdadera inteligencia militar no consiste en causar el mayor daño posible, sino en evitar la escalada, reducir el sufrimiento humano y eliminar amenazas de forma quirúrgica. Aunque pueda parecer contradictorio, este enfoque busca precisamente evitar una guerra total, demostrando que la fuerza, cuando se utiliza con precisión, límites y advertencias, puede ser un instrumento de contención y no de destrucción indiscriminada.

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