Muchísima gente conoce la fotografía de Albert Einstein sacando la lengua.
Es una de las imágenes más reconocibles del siglo XX.
Lo que pocos conocen es cómo nació ese instante.
La foto fue tomada el día de su cumpleaños número 72.
A pesar de su fama y de su mente prodigiosa, Einstein nunca dejó de comportarse como un niño travieso, incluso en la vejez.
Aquella noche estaba sentado en la parte trasera de una limusina. Había posado durante horas para periodistas y curiosos.
Estaba cansado. Cuando la multitud comenzó a dispersarse, el fotógrafo Arthur Sasse se acercó al coche y le pidió una última imagen.
“Profesor, ¿podría sonreír para su foto de cumpleaños?”
Einstein no sonrió.
En lugar de eso, sacó la lengua; fue un gesto rápido, casi automático, como si quisiera arruinar la toma antes de que pudiera captarse. Planeaba hacerlo por una fracción de segundo y girar el rostro enseguida.
No contó con la rapidez del fotógrafo.
El obturador se cerró justo a tiempo.
La lengua quedó atrapada en el encuadre. El gesto quedó congelado.
Lo que había sido una broma privada se transformó en una imagen eterna.
Lejos de molestarse, Einstein terminó apreciándola.
Incluso pidió copias para enviarlas a amigos.
Con el tiempo, aquella fotografía pasó de ser una irreverencia espontánea a un símbolo: el genio que nunca perdió el sentido del humor ni la capacidad de reírse de sí mismo.
Una sola fracción de segundo bastó para mostrar algo que los libros no siempre revelan.
Que detrás del científico estaba un hombre que seguía jugando con el mundo.
Judíos Mentes Brillantes
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