Los saudíes rechazan los Acuerdos de Abraham
Un pacto de defensa en Meca con Turquía y Pakistán muestra una perspectiva diferente.
Por la Junta Editorial
Se ha estado formando un nuevo bloque regional en el gran Medio Oriente, pero no es la alianza saudí-israelí que quería Estados Unidos. Llámenlo los Acuerdos de Meca, un acuerdo de defensa conjunta firmado por Arabia Saudita, Turquía y Pakistán en la ciudad santa islámica el viernes. Las tres potencias suníes acordaron que un ataque armado contra cualquiera de ellas será visto como un ataque contra todas ellas.
Las tres son oficialmente aliados de EE.UU., pero los Acuerdos de Abraham no se parecen a esto. Los saudíes, en su elección de socios, buscan un equilibrio más conciliador con Irán. Turquía y Pakistán también son más ambivalentes, por decirlo suavemente, acerca del contraterrorismo.
El presidente turco Recep Tayyip Erdogan alberga y elogia a Hamas como “guerreros santos,” mientras que la relación pakistaní con el Talibán y al Qaeda puede ser llamada un juego doble en el mejor de los casos. Egipto, el cual también asistió a la cumbre, permaneció notablemente fuera del pacto.
El nuevo acuerdo puede ser ineficaz. ¿Alguien cree que los turcos y saudíes llegarán con toda la fuerza la próxima vez que India y Pakistán intercambien ataques? Riad forjó previamente un pacto de defensa mutua con Islamabad en el 2025, y en la guerra actual de Irán, Pakistán supuestamente transfirió algunas tropas y una batería de defensa aérea a Arabia Saudita. Fue una señal política más que una fuerza de combate.
Ese puede ser el punto. Este no es el artículo Cinco de la OTAN, y cuando son disparados misiles iraníes sobre Arabia Saudita, la llamada todavía va a Washington, no a Ankara, Islamabad o incluso Beijing. Eso es lo que más importa.
Pero las alianzas de defensa pueden tener otros usos. Para Turquía, el objetivo motor es proyectar su influencia a lo largo de la región. Su presencia dominante en Siria, más los crecientes despliegues militares en el Norte de Chipre, Irak, Catar, ibia y Somalia, dejan eso en claro. Cimentar lazos con las otras capitales añade peso diplomático junto a posibles ventas de armas.
Pakistán ha surgido como un mediador entre Estados Unidos e Irán y ve el beneficio de la vida en el centro de las cosas. También tiene un interés económico central en mitigar el conflicto con Irán para mantener el petróleo y gas fluyendo. La coordinación regional es una forma de buscar eso.
Arabia Saudita diversifica sus socios y muestra menos confianza en Washington, su protector, en medio de la guerra con Irán. Los saudíes gastan unos us$80,000 al año en defensa—mucho más que los israelíes y empequeñeciendo a los iraníes—pero el equipo importado no sustituye a la experiencia en combate y a la voluntad de luchar. El pacto con Turquía y Pakistán puede ser complementario en ese sentido, pero los saudíes todavía tienen que demostrar la capacidad de liderar un orden regional.
Hay también un trasfondo nuclear. La incorporación de Turquía a la relación saudí-pakistaní, que tiene un componente de armas nucleares turbio, debería despertar las alertas. En febrero el Ministro del Exterior turco respondió con un largo silencio y una sonrisa cuando se le preguntó en vivo en televisión si Turquía debería buscar la bomba. Todo esto pone de relieve la necesidad que el Congreso insista en que el acuerdo nuclear saudí excluya el enriquecimiento local de uranio.
Cuando una superpotencia pierde el control, las potencias regionales empiezan a hacer acuerdos por sí mismas. Esto puede ser bueno—los locales deberían asumir una mayor responsabilidad—o malo, cuando los aliados se pliegan a nuestros enemigos y sus intereses van contra los nuestros. Esto último parece ser el caso.
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