jueves, 24 de septiembre de 2026

Del WSJ

 

Los rehenes como yo también fuimos ‘NAZA’—daño colateral

Si una bomba israelí me hubiese matado, Hamas habría ganado dos veces: yo estaría muerto, e Israel sería responsable.


Por Omer Shem Tov
Septiembre 22, 2026

Yo se lo que es ser un daño colateral. Durante 505 días, eso es lo que fui. El documental antiisraelí “NAZA”—el acrónimo hebreo de "daño colateral”—ganó el Premio Especial del Jurado en el Festival de Cine de Venecia este mes. La película no ha sido estrenada en Israel, y no la he visto. “NAZA,” que está basada en entrevistas con soldados y oficiales de inteligencia israelíes anónimos, describe una guerra en la cual los civiles palestinos fueron asesinados innecesariamente, incluso deliberadamente. Lo que trajo esta guerra a Gaza—la masacre y toma de rehenes de Hamas el 7 de octubre del 2023—está en gran medida fuera del cuadro.

Hamas me secuestró del festival de música NOVA el 7 de octubre y me retuvo en Gaza durante 505 días, mucho de ese tiempo en departamentos en zonas de combate activas. Había mucho que temer en el cautiverio. El hambre. Mis captores. No ver nunca más a mi familia. Pero también temía a la fuerza aérea israelí. Los pilotos israelíes en lo alto no tenían idea de donde estaba yo. A veces, cuando mis captores esperaban que estuviera llegando un ataque israelí, huían y me dejaban atrás. Si una bomba israelí me hubiese matado, Hamas habría ganado dos veces: yo estaría muerto, e Israel sería responsable.

Uno de mis captores me contó que su madre había recibido una llamada telefónica advirtiéndole que abandone su casa porque un ataque israelí podría ponerla en peligro. La llamada provino de las Fuerzas de Defensa de Israel. Hamas sabía donde estaba yo y me abandonaron para que muera. Israel no conocía mi localización, pero sabía donde estaba la madre de mi captor y llamó para asegurarse que ella no resultara muerta accidentalmente. Allí estaba yo—secuestrado, hambreado y torturado por su hijo—mientras mi ejército estaba tratando de mantener viva a su madre.

Israel me quería deses­per­adamente en casa. Pero no a cualquier precio. Había civiles palestinos entre Israel y yo. Entonces Israel arrojó panfletos, envió mensajes, hizo llamadas telefónicas y ordenó evacuaciones. Trató de minimizar el NAZA, o daño colateral.

También vi lo que la muerte significaba para el otro lado. Un día, mis captores celebraron después que combatientes de Hamas mataron a soldados israelíes. Al día siguiente, Israel bombardeó la zona donde yo estaba siendo retenido. Las explosiones llegaron con unos 10 segundos de diferencia. Yo estaba aterrorizado. El terrorista a mi lado estaba encantado. Para él, cada explosión era prueba del éxito: Miren lo que hicimos hacer a Israel. Observen cuanto los dañamos. Yo comprendí algo entonces. Para Hamas, la destrucción misma podía ser victoria. En tanto hubiera muerte en cualquier lado, Hamas podía ganar.

Después que volví a casa, me enteré que los números reflejaban algo de lo que había visto. La Organización de las Naciones Unidas ha informado que cuando son utilizadas armas explosivas en áreas pobladas, alrededor del 90% de los que resultan muertos y heridos son civiles. Aunque la proporción exacta en Gaza es discutida, los funcionarios militares israelíes y analistas estadounidenses han estimado entre 1.5 y 2 civiles palestinos muertos por cada combatiente—un número bajo para una guerra así de intensa en un campo de batalla urbano. Eso no sucedió por accidente. Las advertencias, evacuaciones y decisiones de no atacar salvaron vidas palestinas. Israel también pagó un precio por estas decisiones cuidadosas. Dieron tiempo a Hamas. Expusieron a los soldadods israelíes a mayor peligro. Y dejaron a los rehenes como yo esperando más tiempo.

Un niño palestino muerto no está menos muerto por una estadística. Pero tampoco deberíamos ignorar lo que Israel arriesgó para reducir ese número. Si a Israel le hubiese importado menos el NAZA, tal vez y habría llegado a casa antes. Menos soldados israelíes podrían haber muerto. Menos rehenes podrían haber muerto. Pero más palestinos lo habrían hecho.

Ese es el motivo por el cual “NAZA” me preocupa. En Venecia, la película recibió una ovación de pie que duró más de 24 minutos. Como un ex rehén, esos minutos se sintieron como una lluvia de cuchillos. No porque la película muestre el sufrimiento palestino, el cual es real y merece ser visto. Lo que lastima es que la película, como ha sido informada, no parece verme a mí.

Ve el sufrimiento en Gaza, pero no lo que llevó a la guerra allí: La planificación de Hamas, el asesinato de familias el 7 de octubre, las personas arrastradas desde sus hogares y un festival de música. Nada de eso parece crear mucho dilema moral para los guionistas de la película. En esa historia, tal vez yo también soy NAZA. Daño colateral. Un rehén judío que podría haber sido abandonado para pudrirse en un túnel de Hamas, o asesinado junto a mis amigos en Nova, porque el combate para liberarme, y para proteger a los israelíes de a gente que hizo esto es tratado, en sí mismo, como moralmente cuestionable.

El poder militar, las armas y la tecnología importan. Pero la capacidad de una sociedad de defenderse debe depender de algo más simple: la claridad moral de saber que tiene el derecho de hacerlo. Nunca debe haber otro 7 de octubre. Tenemos el derecho de asegurar que no lo haya. Y no deberíamos estar avergonzados de ello.
El Sr. Shem Tov es un israelí que fue tomado como rehén por Hamas el 7 de octubre del 2023, y es autor de “Encontrándome a Mí Mismo en el Infierno,” una memoria de su tiempo en el cautiverio de Hamas.
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