lunes, 16 de febrero de 2026

De Ynet

 

No somos queridos: desde el Holocausto al 7 de octubre, una realidad judía

Desde siglos de persecución al período posterior al 7 de octubre, el antisemitismo persiste sin importar la conducta o contribución judía; aquí está lo que la historia revela acerca de los peligros de confiar en la aprobación del mundo

Por Nira Broner Worcman| Febrero 7, 2026

Hay una verdad incómoda que ha sobrevivido siglos y resistió todo contraejemplo: los judíos no somos queridos. No lo fuimos ayer. No lo  somos hoy. Y nada sugiere que lo seremos mañana.

Esta realidad nunca ha dependido del mérito o la conducta. En la Europa del siglo XX, mientras éramos expulsados de las universidades, despojados de derechos civiles, y confinados en guetos, el mundo miraba. Cuando los campamentos de exterminio fueron construidos y operados con precisión industrial, el mundo sabía. Se sabía mucho más de lo que es admitido convenientemente hoy. Circulaba la información. Fueron escritos informes. Fueron hechos pedidos de refugio—y negados. El Holocausto no tuvo lugar en la oscuridad, sino en una atmósfera de indiferencia mundial. No fuimos bienvenidos en ningún lugar.

Nunca fue por falta de contribución. Representamos aproximadamente el 0.2% de la población del mundo y hemos recibido un 20% de Premios Nobel. Hemos sido centrales para los avances decisivos en medicina, física, economía, literatura, y tecnología. Ayudamos a desarrollar vacunas, teorías científicas, empresas, idiomas, y movimientos artísticos. Y a través de Israel—el estado judío—estamos a menudo entre los primeros en proporcionar ayuda humanitaria cuando otros países, incluidos enemigos declarados, enfrentan desastres naturales y emergencias civiles. Nada de esto nos ha traído aceptación. El mérito nunca ha sido un antídoto para el antisemitismo.

Durante el Holocausto, el mundo estuvo en silencio. Tras el ataque terrorista del 7 de octubre del 2023, cuando 1,200 personas fueron asesinadas y 251 secuestradas en Israel en un solo día, el mundo fue ruidoso. Protestó, gritó y amenazó—pero en contra nuestra. Incluso antes que los muertos fueran enterrados y los rehenes fueran liberados, los judíos en todo el mundo fuimos acosados, atacados, y asesinados. Las Estrellas de David reaparecieron en las puertas. Las sinagogas requirieron protección policial. A los estudiantes judíos se les dijo que merecían morir.

La masacre más grande de judíos desde el Holocausto fue minimizada, racionalizada, y en muchos lugares celebrada abiertamente. Nosotros recibimos poca simpatía, ni siquiera de gente que considerábamos amigos. Muchos eligieron el silencio; otros insistieron en que la culpa está en nosotros. ¿Cuántas veces tuvimos que escuchar, repetido desvergonzadamente, que Hitler debería haber "terminado el trabajo"?

Esto revela algo fundamental. No somos odiados por lo que hacemos, sino por lo que somos. En el pasado fuimos acusados de ser débiles, desarraigados y parásitos. Hoy, somos acusados de ser poderosos, colonialistas y opresivos. El antisemitismo es elástico. Se adapta perfectamente al idioma moral de cada era sin siquiera perder su esencia. Sus formas contemporáneas son a menudo más sutiles—y por lo tanto más peligrosas.

El 27 de enero, Día Internacional de Recordación del Holocausto, la BBC conmemoró la ocasión diciendo que seis millones de "personas" fueron asesinadas, omitiendo que eran judíos—un tercio de la población judía mundial en 1945. Esa pérdida nunca ha sido recuperada. Este no es un descuido semántico. El Holocausto no fue una tragedia humana genérica; fue un genocidio selectivo. Borrar a los judíos de la narrativa es una forma moderna de negación.

A lo largo de la historia, hemos servido como un espejo para las frustraciones de otros. En tiempos de crisis, nos convertimos en chivos expiatorios. En tiempos de estabilidad, somos tolerados—pero nunca aceptados totalmente.

¿Qué nos dicen el pasado y el presente sobre el futuro? Si el exterminio a escala industrial no extinguió el odio; si las contribuciones extraordinarias no garantizan la pertenencia; si ni siquiera la victimización masiva garantiza empatía—entonces una conclusión es inevitable.

No podemos basar nuestra seguridad en la aprobación del mundo. La historia muestra que tal aprobación es condicional y efímera. Ayer, el mundo estuvo en silencio. Hoy, acusa. Mañana sigue siendo incierto—pero nuestra vigilancia no es opcional.

*Nira Broner Worcman es una periodista brasileña, CEO de Art Presse, y autora de Una Tarea de Sísifo (traducido del título portugués no comercial Enxugando Gelo), sobre la cobertura de la guerra entre Israel y los grupos terroristas por parte de los medios de comunicación. Fue becaria Knight Science en el MIT y obtuvo su maestría en el Programa de Reportaje Científico, de Salud y Ambiental de la Universidad de New York.

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