jueves, 13 de junio de 2019

LA VIDA AL DESCUBIERTO
Finalmente, y después de más de treinta y cinco años viviendo fuera de mi ciudad natal, cuando llegan los días calurosos, mi persona se ve invadida por enero, y no por junio.
Y los razonamientos y la lógica y los argumentos no sirven para nada.
Porque la distancia física jamás nos aleja de lo esencial.
Del verano interminable de la niñez, del tiempo estancado, de las siestas silenciosas y eternas, del silbido agudo del afilador de cuchillos y del heladero, y de esas tardes en las que mi memoria infantil, recupera a mi padre, regresando de sus ocupaciones, y abriendo las ventanas enormes que daban hacia la calle.
Junio, en Israel, indefectiblemente trae consigo a enero, y enero a la niñez, y a la voz de mi padre quejándose bajito, vaya a saber de qué o de quién.
Y si mi esfuerzo aún más, puedo adivinar incluso una cerveza fría sobre la mesa del comedor, unos platos blancos y pequeños alrededor de la botella marrón, y un rito que ya no recuerdo bien qué incluía, pero me consta su existencia.
Y así, entre conversaciones sobre lo cotidiano y lo habitual, la tarde iba cediendo paso al alivio de la noche y su brisa.
Y la hora ya no era para niños, y el refugio de mi habitación, mi cama, y la imaginación que te llevaba a donde tú quisieras.
Recuerdos, instantes, situaciones comunes.
La Vida al descubierto.
Y el paso del tiempo que termina por enseñarnos que todo lo demás, pero absolutamente todo, es superfluo y prescindible.

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