**Visitando A Mi Madre**
El tren se detuvo y yo bajé al andén, el único andén que
había, en ese pueblo
perdido de la vista del Creador. Junto conmigo un saco de
correos y unos
cuanto diarios, del día anterior. El tren pegó el silbido y
se fue de la estación.
Yo tomé el camino al pueblo, despacio pero sin respiro, y en
una legua y
media estaba en el caserío. Llegué rozando el medio día, en
el primer boliche
pedí medio litro, por el polvo del camino, un bife y una tortilla,
que mi estómago
pedía. Al pagar le pregunté al patrón:
“ Como se llega a la tierra donde la gente encuentra la paz
“
-Amigo, hay dos maneras para llegar a ese lugar, una es con
cajón de álamo, y la
otra siguiendo las vías hasta el paso a nivel, al llegar a
la loma, lo reconocerá
al ver-
El sol a plomo caía, y me puse en camino, antes de la hora
había llegado a destino.
No tapial, no alambrado, ni rejas. No un árbol que de
sombra, y el viento pueda
silbar, como un coro por los que ya no están.
Me acerqué a un muchacho, encargado del lugar, de abrir la
tierra y los muertos
enterrar, además arrancar los yuyos que él dejaba crecer:
¡En invierno se secan y
con el viento se van!
El me indicó donde estaba enterrada mi mama, una tumba de
ladrillos, quemados
por el sol, era el poncho que cubría el cuerpo que D-os le
dio. Sin saber que hacer,
me puse de cuclillas, después de rodillas y finalmente,
firme y de pie, como se
respeta a una bandera.
¡Así le hablé! Soy yo, mama, tu hijo que ha venido a verte
desde muy lejos, y ahora
que estoy a tu lado no sé que decir. ¿Acaso tu estás ahí?
La vida nos separó, por caminos diferentes, y hoy que te he
ubicado, te prometo que
todos los años vendré a verte, mientras tenga vida. Si no
vengo, mama, es porque he
muerto, en ese caso, seguramente, tu estarás esperándome en
otro lado, como lo has
hecho hoy.
¡Mama, te pido tu bendición, para que cada vez que vuelva,
estés en paz, como hoy!
Mario Beer-Sheva
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