Por Alex Winston
Octubre 7, 2026
El lunes, diez países —Estados Unidos, Argentina, Canadá, Colombia, Costa Rica, República Dominicana, Guyana, Paraguay, Perú y Trinidad y Tobago— emitieron una declaración conjunta condenando lo que describieron como actividades terroristas e influencia maligna de Irán en toda América.
«Estos esfuerzos hostiles abarcan una serie de complots letales —perpetrados por Irán o por actores interpuestos—, así como la recaudación ilícita de fondos, la injerencia política, actividades de influencia extranjera y operaciones destinadas a fortalecer redes terroristas, coaccionar a adversarios percibidos, comprometer procesos legales o administrativos y perjudicar la seguridad regional», señalaba el comunicado. «Nos mantenemos unidos en nuestra determinación de proteger a nuestros países y a nuestros pueblos frente a tales amenazas. La República Islámica de Irán y sus actores interpuestos deben poner fin a estas acciones de inmediato».
Tres días antes, una coalición aún más amplia había emitido su propia advertencia a los iraníes.
Cincuenta y seis países —entre ellos Estados Unidos, el Reino Unido, Francia, Alemania, Baréin, Marruecos, Japón, Corea del Sur, Colombia, Argentina, Paraguay y Yemen— reafirmaron su compromiso de hacer cumplir las restricciones de la ONU restablecidas contra Irán el año pasado. Los firmantes se comprometieron a impedir transferencias que pudieran beneficiar los programas iraníes de energía nuclear, misiles, drones y armamento, así como a intensificar la cooperación frente a la proliferación iraní.
Por sí sola, ninguna de estas declaraciones supone un cambio fundamental en el orden internacional ni en la manera en que el mundo ha intentado contener a la República Islámica. Sin embargo, al considerarlas junto con otros acontecimientos de los últimos meses, surge una interrogante de mayor alcance: ¿está el mundo empezando a volverse contra la República Islámica?
Los países sudamericanos rompiendo con Irán
Alguna de la evidencia más clara ha llegado desde Latinoamérica.
Colombia rompió formalmente relaciones diplomáticas con Irán el 19 de septiembre, alegando los presuntos vínculos de este país con grupos terroristas y narcoterroristas, violaciones de los derechos humanos, ataques a terceros países ajenos al conflicto, el cierre del estrecho de Ormuz y la obstrucción de las labores del Organismo Internacional de Energía Atómica. Días más tarde, el país fue aún más allá al designar al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) como organización terrorista y anunciar medidas para impedir la entrada en Colombia de personas vinculadas a dicha entidad.
Lo interesante en este caso es el cambio de rumbo de Bogotá. Colombia no ha seguido una línea alineada con Israel en los últimos años, por lo que esta decisión no puede atribuirse a una iniciativa de un gobierno tradicionalmente proisraelí.
También existe una incógnita respecto a Venezuela.
Aunque no se ha producido ninguna designación oficial de entidades iraníes ni se han emitido declaraciones al respecto, en agosto se anunció que el gobierno venezolano —en la etapa posterior a Maduro— está estableciendo un canal consular oficial con Israel por primera vez en 17 años.
Tras haber librado dos guerras contra Israel en los últimos 14 meses, es posible que a Irán le preocupe que su influencia en Venezuela —consolidada durante los gobiernos de Chávez y Maduro— se vea ahora puesta a prueba.
En otras partes en la región, Argentina ha endurecido su postura bajo el mandato del Presidente Javier Milei, mientras Paraguay ha surgido como un opositor cada vez más vocal de la actividad iraní y de Hezbola en Latinoamérica. La declaración del 5 de octubre sugiere que esas posiciones individuales se están volviendo cada vez más un esfuerzo regional coordinado.
Europa empieza a ver a Irán como un estado terrorista
Europa también ha comenzado a poner las palabras en acción.
En febrero, antes de que estallara la guerra el 28 de ese mismo mes entre Estados Unidos, Israel e Irán, la Unión Europea incluyó formalmente al CGRI en su lista de organizaciones terroristas, congelando sus activos y prohibiendo a los operadores de la UE poner fondos a su disposición. El Reino Unido siguió sus pasos en julio al tomar medidas contra el CGRI en virtud de su nueva legislación sobre amenazas a la seguridad del Estado.
En junio, unos 22 gobiernos occidentales emitieron otra declaración conjunta acusando a la Organización de Inteligencia del CGRI, a la Fuerza Quds y a los servicios de inteligencia iraníes de planificar acciones letales en el extranjero, incluso contra disidentes iraníes, periodistas y comunidades judías e israelíes.
Entretanto, la guerra ha ampliado el grupo de países dispuestos a enfrentarse a Teherán.
Naciones meso-orientales arrastradas dentro del conflicto, cooperan contra los satélites iraníes
Quizás en ningún lugar sea esto más significativo que en el Golfo. Antes de que comenzaran los combates, los gobiernos del Golfo se esforzaron considerablemente por evitar verse arrastrados a un enfrentamiento entre Israel e Irán, y subrayaron que su territorio no se utilizaría para atacar a Irán.
Los ataques iraníes con misiles y drones cambiaron la situación. En marzo, Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Bahréin, Kuwait y Jordania se unieron a Estados Unidos para condenar los ataques iraníes contra países de toda la región. Más adelante ese mismo mes, un grupo más amplio —que incluía a Egipto, Turquía, Pakistán, Azerbaiyán, el Líbano y Siria— condenó los ataques iraníes con misiles y drones contra estados vecinos.
Para el mes de julio, los seis miembros del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) y Jordania volvían a condenar conjuntamente los continuos ataques —tanto de Irán como de sus fuerzas interpuestas— contra sus territorios e infraestructuras civiles.
Rusia, China, y otras naciones mantienen relaciones con Irán
Nada de esto, sin embargo, significa que Irán se ha vuelto internacionalmente aislado.
Rusia y China siguen siendo contrapesos cruciales frente a la presión occidental, al ayudar a proporcionar asistencia militar y económica a Irán, mientras que este mantiene relaciones importantes en diversas partes de Asia, África y Oriente Medio. Catar continúa actuando como intermediario entre Estados Unidos e Irán, e incluso aquellos gobiernos indignados por los ataques iraníes han insistido reiteradamente en la vía diplomática en lugar de una mayor escalada.
Asimismo, no debe interpretarse que todo país que figura en una declaración conjunta se está uniendo a una nueva alianza antiiraní. Cabe preguntarse cuáles son los motivos de cada país: a algunos les preocupa principalmente la proliferación nuclear; a otros, el terrorismo, la seguridad marítima, los derechos humanos o los ataques contra su propio territorio.
Sin embargo, lo que sí ha cambiado es el espectro de países que se oponen al régimen de la República Islámica y la variedad de cuestiones que los llevan a unirse.
La República Islámica se enfrenta ahora a gobiernos europeos que consideran al CGRI (Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica) una amenaza terrorista o un riesgo para la seguridad estatal; a gobiernos latinoamericanos que rompen relaciones y coordinan acciones contra las redes iraníes; a decenas de países que buscan restringir sus programas nucleares y de misiles; y a Estados árabes que condenan públicamente los ataques iraníes en su territorio.
Muchos de estos gobierno discrepan profundamente respecto a muchas cuestiones. Respecto a Israel, Gaza, Estados Unidos y el futuro del Medio Oriente. Pero ellos cada vez más se están encontrando alineados en cómo lidian con la República Islámica.
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