Hay sueños que nacen del hombre. Y hay promesas que nacen de Dios.
Los primeros pueden desaparecer con el tiempo.
Las segundas sobreviven a guerras, exilios, imperios y generaciones.
Durante casi dos mil años, el pueblo judío enseñó a sus hijos a no olvidar Jerusalén, a orar por ella y a mantener viva la esperanza.
Porque el mundo puede ver piedras...
Pero el pueblo judío ve una promesa.
Y cuando una promesa viene de Dios, el tiempo no la debilita... la fortalece.
Shabbat Shalom

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