En 1894, la inteligencia militar francesa descubrió que un mimbro del ejército estaba espiando para Alemania y culparon a Alfred Dreyfus, un capitán de origen judío, a pesar de que la evidencia era insuficiente. Dreyfus defendió su inocencia, pero lo declararon culpable, lo degradaron y lo condenaron a cadena perpetua.
Sus defensores nunca dejaron de buscar la verdad y, en 1896, descubrieron que el oficial Ferdinand Esterhazy era el verdadero traidor. En 1898, el escritor Émile Zola publicó su artículo “J’accuse!” (¡Yo acuso!), denunciando las corrupción e irregularidades del juicio y el antisemitismo dentro del ejército francés.
Esterhazy confesó su traición en 1899 y en 1899, Dreyfus volvió a ser juzgado ¡solo para ser declarado culpable de nuevo! El presidente francés intervino y fue liberado, pero no fue declarado hasta 1906.
A pesar de todo, Dreyfus sirvió a Francia durante la Primera Guerra Mundial, se retiró en 1918 y falleció en 1935.
Esterhazy, fue juzgado por un tribunal militar francés que lo declaró inocente a pesar de que había confesado su traición y murió exiliado en 1923.
El caso Dreyfus influyó a un joven periodista judío llamado Theodor Herzl, que había presenciado el antisemitismo en el juicio y cómo los judíos no eran aceptados como iguales en la sociedad europea, incluso en un país “ilustrado y civilizado” como Francia. Herzl consideró que los judíos solo tendrían dignidad y seguridad en un Estado propio, fue así que comenzó a escribir un libro llamado El Estado judío, que se volvió una de las obras fundamentales del movimiento sionista moderno.

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