Por Daniel Grinspon
Comunidades Plus
Hay gente que se levanta a la mañana pensando en la inflación.
Otros piensan en llegar a fin de mes.
Algunos se preocupan por la inseguridad.
Y después está ese pequeño grupo de almas inquietas que se despierta sobresaltado pensando en Roni Kaplan.
No Netanyahu.
No un general.
No un ministro.
Roni Kaplan.El portavoz.El que habla.El que da entrevistas.El que responde preguntas.
Hay que reconocer que es un avance revolucionario en materia jurídica.
Durante siglos la humanidad perdió el tiempo buscando responsables entre quienes tomaban decisiones.
Qué ingenuos.
La verdadera amenaza siempre fue el que explicaba las decisiones.
¿Cómo nadie se había dado cuenta antes?
Imaginen el potencial.
Si un gobierno aumenta impuestos, denunciemos al vocero.
Si un equipo pierde 5 a 0, denunciemos al relator.
Si llueve durante las vacaciones, denunciemos al meteorólogo.
Las posibilidades son infinitas.
La izquierda uruguaya, siempre comprometida con las grandes causas universales, acaba de regalarnos una obra maestra del pensamiento moderno.
Después de décadas estudiando conflictos internacionales, guerras, diplomacia y geopolítica, llegaron a una conclusión demoledora:
"El problema es el tipo que da las entrevistas."
Uno no puede evitar sentir admiración.
Hace falta una creatividad extraordinaria para recorrer semejante camino intelectual sin perderse.
Porque para llegar ahí hubo que ignorar varias estaciones.
Había miles de kilómetros de conflicto.
Décadas de historia.
Gobiernos.
Ejércitos.
Organizaciones armadas.
Diplomáticos.
Cancilleres.
Pero nada de eso parecía suficientemente atractivo.
La presa elegida fue el portavoz.
Es como organizar una expedición al Everest para terminar fotografiando el estacionamiento.
Lo mejor es imaginar la reunión.
Alguien habrá dicho:
—Tenemos que hacer algo.
Y otro respondió:
—¿Contra quién?
Silencio.
Miradas.
Mate de por medio.
Y de repente apareció la idea brillante.
¿Y si denunciamos al que habla?
Aplausos.
Emoción.
Lágrimas.
Abrazo colectivo.
La historia estaba siendo escrita.
O al menos eso creían.
Porque lo más gracioso de todo es la enorme distancia entre la épica que imaginan y la realidad que observan los demás.
Ellos creen que protagonizan una batalla histórica.
El resto del mundo intenta entender por qué un portavoz terminó ocupando el centro del escenario.
Es una situación difícil de explicar.
Muy difícil.
Casi tan difícil como explicar por qué ciertos defensores profesionales de los derechos humanos parecen sufrir una extraña alergia a la autocrítica.
Cada vez que aparece Israel, el termómetro explota.
La presión sube.
La indignación se multiplica.
La pasión se desborda.
Y de repente estamos discutiendo cómo transformar a un vocero en el principal personaje de una película que jamás protagonizó.
Hay algo casi enternecedor en semejante esfuerzo.
Porque para sostener una idea así hace falta una fe inquebrantable.
Una convicción a prueba de lógica.
Una capacidad extraordinaria para caminar derecho hacia el absurdo sin tropezar jamás con una duda.
Y así llegamos a esta postal maravillosa del Río de la Plata.
Un ciudadano uruguayo-israelí que da entrevistas.
Un grupo de activistas convencido de que descubrió al villano del siglo.
Y el sentido común observando la escena desde una esquina, fumándose un cigarrillo, preguntándose en qué momento se fue todo tan ridículamente de las manos.

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