La salida del ejército de Estados Unidos deja a Irak en peligro
Bagdad es amenazado por terroristas en un conflicto alimentado por la guerra de Estados Unidos con Irán
BAGDAD-Tras más de 23 años y un gasto de 1,7 billones de dólares, Estados Unidos está poniendo fin a lo que los críticos han calificado como su "guerra eterna" en Irak, cerrando este miércoles la última gran base militar estadounidense.
Zaidi, un empresario de 41 años, se sentó junto a Trump durante la visita y anunció un plazo —también fijado para el miércoles— para que las milicias respaldadas por Irán entreguen sus armas. "No hay justificación para su existencia después del 30 de septiembre", afirmó.
Por el contrario, el conflicto indefinido de Estados Unidos con Irán está hundiendo a Irak aún más en la inestabilidad; la retirada estadounidense deja tras de sí un país donde las milicias fuertemente armadas no hacen sino estrechar su control. Grupos militantes y fuerzas iraníes lanzaron más de 600 ataques contra instalaciones diplomáticas y militares de Estados Unidos en Irak durante los dos primeros meses de la guerra, según informó The Wall Street Journal.
Como muestra de la inestabilidad de Irak, la embajada estadounidense en Bagdad envía ahora frecuentes alertas de seguridad a ciudadanos estadounidenses y a otras personas. Se emiten alrededor de dos avisos semanales relacionados con el riesgo de secuestro por parte de grupos militantes. Un equipo del Journal abandonó Bagdad precipitadamente este mes después que funcionarios iraquíes, estadounidenses y europeos advirtieran sobre una amenaza a la seguridad que, según las autoridades estadounidenses, consistía en un riesgo de secuestro por parte de una milicia chií.
Las milicias respaldadas por Irán han ejercido influencia en Irak desde hace mucho tiempo. Sin embargo, Teherán ha renovado su apoyo desde que Estados Unidos inició su campaña de bombardeos en Irán en febrero, según funcionarios estadounidenses —activos y retirados— y expertos en defensa.
El flujo de armas ligeras, drones y cohetes de corto alcance y pequeño diámetro procedentes de Irán disminuyó inicialmente mientras Teherán se centraba en enfrentarse a Estados Unidos, pero se intensificó este verano, señaló un funcionario estadounidense. Los ataques recientes han involucrado misiles y drones de mayor alcance, indicó el funcionario, lo que sugiere una peligrosa mejora en el armamento.
Este mes, un ataque con drones —que según Arabia Saudita se lanzó desde Irak, cerca de la frontera con Irán— provocó el cierre temporal de su oleoducto Este-Oeste, una vía vital que ha cobrado mayor importancia en los meses transcurridos desde que Irán perturbó el tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz. Otros ataques dañaron una instalación diplomática y logística estadounidense en el aeropuerto de Bagdad.
Zaidi, quien nunca había ocupado un cargo público antes de convertirse en primer ministro en mayo, ha sido bien recibido por la administración Trump como alguien con quien es posible hacer negocios. Es propietario de un banco, una empresa de seguros y empresas de medios de comunicación y construcción. El Departamento del Tesoro prohibió a su banco realizar transacciones en dólares en 2024, bajo sospecha que ayudaba a financiar a Irán y a sus grupos aliados. Zaidi negó tener conocimiento de tales transacciones. Exfuncionarios estadounidenses afirmaron no creer que él hubiera tenido participación personal alguna. La administración Trump confía en que Zaidi logre desarmar a los milicianos, cuyo número asciende a decenas de miles e incluye a grupos paramilitares que reciben financiación o armas de Irán.
El general de división Saad Maan, portavoz del ejército iraquí, declaró que algunas facciones de milicianos ya habían entregado sus armas y que otras planean hacerlo.
Otros se burlaron de la idea. "Estas armas son para nuestra soberanía, nuestra libertad", afirmó Kazem al-Fartousi, portavoz de Kata’ib Sayyid al-Shuhada, un grupo paramilitar financiado y armado por Irán que Estados Unidos ha designado como organización terrorista.
Un desarme forzoso por parte del gobierno "no sucederá", aseguró en una entrevista en Bagdad. Su grupo y otras milicias ocupan altos cargos en ministerios, así como decenas de escaños en el parlamento iraquí, donde desempeñaron un papel en la elección de Zaidi durante las negociaciones posteriores a los comicios del año pasado.
"El gobierno es un resultado que ayudamos a producir", señaló.
Zaidi y sus colaboradores están ahora planteando la posibilidad de aplazar al próximo año el plazo para el desarme, previsto inicialmente para este miércoles. «El Servicio Antiterrorista, a través de sus funciones de seguridad y operativas, está avanzando en su estrategia para controlar las armas y consolidarlas bajo la autoridad del Estado», declaró Sabah Al-Nu’man, portavoz del comandante en jefe de las fuerzas armadas de Irak.
La retirada militar se produce tras un acuerdo entre la administración Biden y el anterior primer ministro iraquí para retirar las tropas estadounidenses para el año 2026.
Estados Unidos ha dejado claro a Irak que es fundamental que preserve su soberanía y evite ataques desde el interior de sus fronteras perpetrados por milicias respaldadas por Irán, según señaló un alto funcionario estadounidense. Un funcionario del Pentágono indicó que, si bien Estados Unidos ponía fin a su operación militar oficial, mantenía en la región capacidades de inteligencia, vigilancia y otras que podrían emplearse en Irak.
Postales del ayatola
En Bagdad, jóvenes profesionales bebían café helado y trabajaban en sus computadoras portátiles en el exclusivo barrio de Karrada, durante una jornada reciente que parecía tranquila. Sin embargo, muchos expresaron su intención de marcharse, preocupados por el posible aumento de la inseguridad y las presiones económicas ante la falta de una presencia sólida de Estados Unidos.
«Si las tropas se iban a retirar, ¿para qué estuvieron aquí en principio? Estaban aquí para cumplir un objetivo. ¿Lo lograron? No», afirmó Mustafa Al-Zaidi, un estudiante de medicina de 22 años que planea trabajar en el extranjero en el futuro. «¿Terminaremos como Afganistán, o como Yemen y Siria?»
A finales de marzo, miembros de una milicia —presuntamente vinculada a Kataib Hezbolá, grupo designado como terrorista por Estados Unidos— secuestraron a la periodista independiente estadounidense Shelly Kittleson, obligándola a subir a un vehículo en una concurrida calle de Bagdad.
Fue liberada aproximadamente una semana después, tras negociaciones del grupo con el gobierno iraquí para la excarcelación de militantes presos, según informaron funcionarios estadounidenses actuales y retirados.
«Nos encontramos en un estado de guerra iniciado por el enemigo estadounidense-sionista contra el islam», declaró Abu Mujahid al-Assaf, miembro de Kataib Hezbolá, en una publicación en redes sociales donde anunciaba la liberación de Kittleson.
El grupo, conocido por sus ataques con bombas en carreteras y acciones de francotiradores contra las tropas estadounidenses, figura entre las milicias respaldadas por Irán que rechazan el llamamiento al desarme realizado por Al-Zaidi. Algunos residentes expresaron su resentimiento ante la injerencia de Irán en un momento en que Irak —el quinto mayor productor de petróleo del mundo— muestra signos de recuperación económica. En Bagdad han abierto nuevas tiendas y cafeterías. El gobierno está construyendo la estructura más alta de la capital, la sede del banco central, a orillas del río Tigris.
«Si algo no beneficia a Irak, no lo queremos», afirmó Rahman Hussein Ahmed, un hombre de 51 años y antiguo combatiente de un grupo rebelde que se oponía tanto a Irán como a Estados Unidos. Los líderes de las milicias, señaló, «son instrumentos de los intereses iraníes».
La influencia de Irán es patente en un puesto de recuerdos del casco antiguo de Bagdad. En las postales aparece el ayatolá Ali Jamenei, el líder supremo de Irán que murió en un ataque conjunto de Estados Unidos e Israel este año. Otra imagen muestra a Qassem Soleimani, el excomandante de la Fuerza Quds de Irán, quien falleció en un ataque aéreo estadounidense en 2020.
En el aeropuerto de Bagdad, un retrato de Abu Mahdi al-Muhandis —comandante de una milicia que murió en el mismo ataque de 2020— recibe a los visitantes a la salida de la sala de llegadas. Los carteles colocados por el centro de la ciudad proclaman: «Nosotros tomaremos la decisión», una crítica velada a la iniciativa del primer ministro para desarmar a las milicias. Antes de que surgieran las milicias, Irán e Irak habían librado una guerra de casi ocho años que, según estimaciones, causó la muerte de cientos de miles de personas y terminó en un punto muerto en 1988. Quince años después, Estados Unidos invadió Irak para derrocar a Saddam Hussein, respaldándose en afirmaciones de la administración Bush —que más tarde resultaron ser falsas— que el líder iraquí ocultaba armas de destrucción masiva. Murieron cerca de 4.500 soldados estadounidenses y hasta 300.000 iraquíes.
En el barrio obrero de Ciudad Sadr, unos veteranos recordaban, mientras tomaban té, cómo derribaron helicópteros estadounidenses durante los primeros días de la ocupación militar de Estados Unidos en 2003.
El caos que siguió a la invasión estadounidense brindó a Irán la oportunidad de extender su influencia en Irak, cuya población es mayoritariamente chií, la misma rama del islam que profesa la mayoría de los iraníes.
El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) ayudó a organizar grupos armados que atacaban a las tropas estadounidenses con el objetivo de expulsar a Estados Unidos de Irak. Documentos de inteligencia estadounidenses desclasificados revelan que el CGRI suministró cohetes, explosivos perforantes y otro tipo de armamento a las milicias radicadas en Irak, además de enviar a sus oficiales para entrenarlas. Tras concluir la fase inicial de la guerra, Estados Unidos retiró sus tropas en 2011. Tres años más tarde, las tropas estadounidenses regresaron para combatir al Estado Islámico (o ISIS), un grupo de extremistas suníes que se había extendido desde Siria hacia Irak. Miles de ataques aéreos estadounidenses ayudaron a las fuerzas iraquíes y sirias a derrotar a los militantes, y las tropas estadounidenses permanecieron en Irak.
Para entonces, las milicias respaldadas por Irán ya se habían consolidado. Tras colaborar en la lucha contra ISIS, algunas de estas milicias se integraron en el sistema político iraquí, formando partidos políticos que influían en la elección del primer ministro. Miembros de las milicias ocuparon cargos de relevancia en el Ministerio de Educación y en la autoridad tributaria y aduanera.
Al-Fartousi, portavoz de la milicia Kata’ib Sayyid Al-Shuhada, afirmó que su organización y otros grupos armados a menudo actúan con independencia de Irán y han crecido durante este año. «Las facciones de la resistencia se han fortalecido porque están abordando el acontecimiento más importante del mundo: la guerra de Estados Unidos contra Irán», declaró. «Estados Unidos nos arrastró a esta guerra».
El Inspector General del Pentágono señaló en un informe de este año que el apoyo estadounidense a Irak en operaciones clave de contraterrorismo se había «ralentizado hasta casi detenerse» debido a la guerra con Irán.
‘Hazte legal’
La elección de Zaidi como primer ministro fue una solución de compromiso. Trump advirtió que cortaría la ayuda estadounidense a Irak cuando Nouri al-Maliki, un ex primer ministro cercano a Irán, fue propuesto para el cargo en enero.
Zaidi, quien suele vestir trajes azul oscuro y luce un espeso bigote negro y barba corta, fue rápidamente bien recibido por Washington. Los analistas políticos señalaron que intentó equilibrar intereses contrapuestos, algo que quedó patente en su visita a Teherán poco después de haber viajado a Washington ese mismo verano.
Su iniciativa de desarme ha convencido a algunos grupos militantes de cooperar en la esperanza que se levanten las sanciones. Asaib Ahl al-Haq, un grupo calificado por Estados Unidos como terrorista, fue uno de los que manifestó su disposición a colaborar con el gobierno.
«Parece que quieren legitimarse», comentó David Schenker, ex subsecretario de Estado para Asuntos del Cercano Oriente. «Quieren irse de vacaciones a Francia con sus familias».
Incluso si Zaidi decidiera enfrentarse a los militantes armados, tendría pocas probabilidades de éxito. El ejército iraquí, falto de recursos suficientes, se desmoronó al combatir contra el ISIS en 2014. El Servicio Antiterrorista del país —una fuerza entrenada por Estados Unidos y conocida por su lucha contra el ISIS— contaba con unos 14.000 soldados en 2024, una cifra inferior a la de los efectivos de las milicias. Pensar que Zaidi podría desarmar a las milicias en cuestión de meses «era una petición imposible», afirmó Victoria Taylor, exfuncionaria de alto rango del Departamento de Estado que dejó el gobierno este año tras trabajar en asuntos relacionados con Irak.
Un funcionario de defensa de EE. UU. informó que el ejército estaba trasladando por aire equipo y personal desde Erbil —la última base militar estadounidense— para cumplir con el plazo límite del miércoles. Algunos infantes de marina estadounidenses permanecerán para proteger las misiones diplomáticas de EE.UU., junto con contratistas encargados del mantenimiento de la flota iraquí de cazas F-16 y de los tanques de fabricación estadounidense, según indicaron funcionarios actuales y anteriores de EE.UU.
El ejército ya ha retirado una batería de defensa aérea Patriot que estaba desplegada en las cercanías de Erbil, señalaron funcionarios actuales y anteriores. Es probable que EE.UU. concentre sus defensas aéreas restantes en proteger la embajada estadounidense en Bagdad y el consulado en Erbil, indicaron dichas fuentes, a pesar de los continuos ataques por parte de Irán y de las milicias.
«Estos grupos de milicias existen porque Irán quiere que existan, y porque Irán sigue encontrando utilidad en utilizarlos como herramienta y medida de presión contra el gobierno iraquí y contra EE. UU. en la región», afirmó Taylor, la exfuncionaria del Departamento de Estado. «Esa situación persistirá tras la retirada de las tropas estadounidenses», añadió.
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