En 1930, durante una conferencia de la Sociedad Física Alemana en Leipzig, un joven Lev Davidovich Landau, de tan solo 22 años, sorprendió a la audiencia desafiando a Albert Einstein. Después de la muy elogiada presentación de Einstein, cuando se abrió la palabra para preguntas, Landau señaló audazmente un error en la ecuación de EinsteIN, desafiando un punto que había pasado desapercibido por el reconocido físico. Hablando en alemán roto, Landau explicó que la segunda ecuación que Einstein había escrito no era lógicamente consecuencia de la primera, haciendo suposiciones que no se habían declarado y no cumpliendo el criterio de invariancia.
La habitación se calló mientras la audiencia miraba hacia el joven aspirante con incredulidad. Einstein, inicialmente sorprendido, se detuvo y examinó la ecuación en la pizarra. Después de un momento de reflexión, reconoció humildemente la corrección de Landau, admitiendo su error y pidiendo a la audiencia que ignorara su presentación anterior. Este momento inesperado demostró no sólo la brillantez de Landau sino también la extraordinaria humildad de Einstein al admitir un error.Este evento marcó un punto de inflexión en la carrera de Landau, impulsándolo hacia el centro de atención de la física teórica. Su valiente desafío resaltó la esencia del verdadero crecimiento intelectual: la capacidad de reconocer y aprender de los errores, sin importar la edad o el estatus de uno. La voluntad de Einstein de aceptar la corrección, con gracia y humildad, cimentó aún más su legado como un maestro que valoraba el conocimiento por encima del ego.Ver originalCalificar esta traducción

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