El 14 de mayo de 1948, David Ben-Gurion proclamó el nacimiento oficial del Estado de Israel en Tel Aviv. Pero lo que muchos no saben es que apenas ONCE minutos después de aquella histórica declaración, el presidente de Estados Unidos, Harry S. Truman, reconoció oficialmente a Israel como nación soberana.
Fue una decisión rápida, histórica y controversial.
En ese momento, el Medio Oriente estaba al borde de una guerra total. Varias naciones árabes amenazaban con invadir inmediatamente al nuevo Estado judío. Muchos asesores políticos en Washington recomendaban NO apoyar a Israel por temor a perder relaciones estratégicas con los países árabes y por el riesgo de un conflicto regional.
Sin embargo, Truman tomó la decisión.
Apenas tres años antes, el mundo había descubierto el horror del Holocausto nazi, donde más de 6 millones de judíos fueron exterminados durante la Segunda Guerra Mundial. Miles de sobrevivientes no tenían hogar, familia ni una nación propia.
Para muchos, el reconocimiento de Israel fue mucho más que una decisión política:
fue un acontecimiento histórico y profético.
Desde entonces, Estados Unidos se convirtió en el aliado más fuerte de Israel en el mundo moderno. Y muchos creyentes consideran que la nación norteamericana ha sido bendecida por apoyar y proteger a Israel, relacionándolo con la promesa dada por Dios a Abraham en Génesis 12:3:
“Bendeciré a los que te bendijeren…”
Durante décadas, Estados Unidos llegó a convertirse en una de las naciones más poderosas, influyentes y prosperadas del planeta, mientras mantenía una estrecha alianza con Israel en lo militar, económico, tecnológico y diplomático.
Para muchos cristianos, aquello no fue casualidad.

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