El mundo se debe una pregunta honesta: ¿por qué siempre los judíos?
Un partido de fútbol, una pandemia, una crisis económica, una guerra, un asesinato, un incendio forestal, una elección – de cierta forma, más temprano o más tarde, alguien encuentra una forma de culpar a los judíos.
PorDUVI HONIGJULIO 15, 2026
Francia derrotó a Marruecos por 2-0 en cuartos de final de la Copa Mundial fuera de Boston. Fue un partido de fútbol: 22 hombres, una pelota, y 90 minutos. Según cualquier medida racional, el pueblo judío no tuvo nada que ver con ello.
Pero al cabo de horas, las turbas en las ciudades europeas estaban coreando, “¡Hamas! ¡Hamas! Todos los judíos a las cámaras de gas.” Otros gritaron que los judíos eran un cáncer. En La Haya, la policía recibió botellazos antes de dispersar a las turbas cerca del amanecer.
Los arrestos siguieron en La Haya y Amsterdam, donde fueron iniciados incendios. En Londres estallaron disturbios en Edgware Road, y un oficial de policía quedó sangrando tras ser golpeado en la cabeza. Desde Rotterdam a Bruselas, surgió el mismo veneno.
Reflexionemos sobre esa locura por un instante. Un equipo norafricano perdió un partido de fútbol, y el reflejo -- el reflejo inmediato e irracional -- fue pedir el asesinato de judíos.
Esto no se trata de fútbol. Nunca se trató.
Permítanme ser preciso, porque la justicia importa. La abrumadora mayoría de fanáticos marroquíes lamentaron una pérdida dolorosa, fueron a casa, y no lastimaron a nadie. El problema no es una nacionalidad, una raza, o un credo.
El problema es un hábito antiguo de odio que espera cualquier excusa, sin importar cuan absurda sea, y entonces encuentra su camino hacia el mismo blanco que ha encontrado siempre. El partido no creó el odio. Lo encendió meramente.
Tal vez es hora que el mundo deje de preguntar qué hicieron supuestamente los judíos y empiece a hacerse una pregunta mucho más incómoda: ¿Por qué son siempre los judíos?
Un partido de fútbol, una pandemia, una crisis económica, una guerra, un asesinato, un incendio forestal, una elección – de alguna manera, más temprano o más tarde, alguien encuentra una forma de culpar a los judíos.
Vimos el mismo mecanismo tras el asesinato de Charlie Kirk. Antes que los investigadores hubieran establecido el motivo, antes que el sospechoso estuviera siquiera en custodia, y antes que el público conociera los hechos básicos, las teorías de conspiración se extendieron online afirmando que Israel o el Mossad fueron responsables.
Un análisis halló que las publicaciones promoviendo la mentira atrajeron más de 139 millones de vistas en los cinco días después del asesinato. La acusación se movió rápido de la cacería humana. El primer ministro de Israel fue forzado a negarla dos veces. Nada de eso era cierto. Todo se extendió de todos modos.
Porque la verdad nunca fue el punto. La mentira era el punto.
Hemos observado este patrón durante dos mil años. Cuando la Peste Negra se extendió por Europa, los judíos fueron acusados de envenenar los pozos, y las comunidades judías fueron quemadas vivas por una plaga que les causó la muerte como a todos los demás.
En Alemania, los judíos fueron culpados por la derrota militar, la inflación, el desempleo, y la humillación nacional – y el mundo aprendió adonde termina esa sentencia.
Toda generación cree que su agravio es único. Toda generación inventa una nueva razón y la adjunta al blanco más antiguo. La plaga, la guerra, la economía, el clima, el asesinato, el punto en el fútbol – la acusación es un molde, y sólo el texto cambia.
El mismo viejo chivo expiatorio
La acusación cambia. El blanco nunca lo hace.
Son llamados globalistas desarraigados y, al mismo tiempo, acusados de lealtad sólo a Israel. Son descriptos como parásitos débiles y como titiriteros todopoderosos que controlan gobiernos, medios de comunicación, universidades, bancos, y elecciones.
Estas afirmaciones no pueden ser todas ciertas. No pueden siquiera coexistir lógicamente. Pero sobreviven porque el antisemitismo nunca ha dependido de la evidencia. Depende de la voluntad de creer que otro es siempre responsable.
Hay aproximadamente 15 millones de judíos en un mundo de más de ocho mil millones de personas – menos del 0.2% de la humanidad. Pero este pequeño pueblo es acusado rutinariamente de controlar naciones, mercados, guerras, e instituciones abarcando el planeta.
La escala de la acusación debería exponer en sí misma el absurdo.
Si los judíos poseyeran realmente el poder extraordinario atribuido a ellos, ¿se vería la historia como se ve? ¿Habrían los judíos pasado siglos siendo expulsados de país tras país? ¿Habrían sido asesinados seis millones de judíos en el Holocausto?
¿Requerirían las escuelas judías y sinagogas en todo el mundo de guardias armados? ¿Habría pasado Israel, un país más chico que New Jersey, la mayoría de su existencia luchando por el derecho a existir?
La conspiración colapsa al instante en que es comprobada contra la realidad.
Hay otro hecho que vale la pena confrontar. Si bien los judíos representan menos de dos décimos del 1% de la población mundial, las contribuciones judías a la humanidad han sido extraordinarias.
Científicos y médicos judíos han transformado la medicina. Investigadores judíos han vuelto a dar forma a la física, la química, y la economía. Emprendedores e innovadores judíos han ayudado a construir industrias que cambiaron cómo se comunica, y viaja el mundo, y cómo trata la enfermedad, hace crecer el alimento, y accede a la información.
Pensadores judíos han formado el derecho, la ética, la literatura y la filosofía.
Individuos judíos han recibido aproximadamente un quinto de los Premios Nobel, a pesar de representar sólo una pequeña fracción de humanidad.
Independientemente de si uno está de acuerdo con esa formulación exacta o no, el récord general es innegable: un pueblo destacablemente pequeño ha hecho un impacto sobre la civilización mucho más allá de sus números.
¿No debería eso inspirar respeto en lugar de resentimiento? ¿Curiosidad en lugar de conspiración? ¿Gratitud en vez de sospecha?
¿Son los celos parte de la respuesta? Tal vez, a veces. El éxito puede inspirar admiración, pero también puede provocar resentimiento en los que buscan una razón para explicar sus propias decepciones.
Pero los celos por sí solos no explican la persistencia o ferocidad del antisemitismo. El problema más profundo es el deseo humano de evitar la responsabilidad.
Culpar a los judíos es más fácil que confrontar a los gobiernos fallidos. Más fácil que admitir la derrota militar. Más fácil que admitir los errores económicos. Más fácil que examinar la corrupción, el extremismo, o el fracaso social.
Una civilización que culpa a los judíos por todo finalmente no acepta la responsabilidad por nada.
He pasado mi carrera construyendo puentes a través de los negocios, a través de Ia Cámara de Comercio Judía Ortodoxa y de la Coalición Empresarial Multicultural, porque el comercio y el deporte se supone que son grandes igualadores.
Hay lugares donde un marroquí, un francés, un judío, un cristiano, y un musulmán pueden competir, comerciar, construir, ganar, perder, y aún así reconocer la humanidad del otro.
Cuando un partido de fútbol se vuelve el pretexto para cánticos sobre las cámaras de gas, lo que se ha roto no es el juego, sino algo dentro de la gente que lo observa – y dentro de las sociedades que escuchan tales cánticos y los trata como apenas otra noche de agitación.
Esta ya no es más sólo una cuestión judía. Es una prueba de la civilización misma.
El Holocausto no empezó con las cámaras de gas. Empezó con palabras. Con consignas. Con rumores. Con teorías de conspiración.
Con la gente común convenciéndose que los judíos fueron responsables por los problemas que ni crearon ni contraron. Empezó cuando el odio fue repetido tan a menudo que el absurdo empezó a sonar normal.
Ese es el motivo por el cual todo cántico importa. Toda mentira importa. Toda figura pública que la excusa, toda institución que la minimiza, y todo espectador que se encoge de hombros, lleva un poco de responsabilidad por lo que sigue.
Entonces, aquí está mi reto para todos los que buscan en el judío la respuesta a toda pérdida, tragedia, o conspiración: escriban la acusación con claridad.
Expliquen cómo los judíos causaron una pandemia, una crisis económica, un incendio forestal, o un asesinato. Expliquen cómo 15 millones de personas controlan secretamente un mundo de más de ocho mil millones.
Luego léanse nuevamente la frase para ustedes mismos.
¿Suma? ¿Tiene un poco de sentido? ¿O es simplemente odio buscando una excusa?
Es hora que el mundo se mire al espejo. No los judíos – el mundo.
Antes de culpar a los judíos nuevamente, plantéense una pregunta honesta: Si esta acusación fuera dirigida a algún otro pueblo sobre la tierra, ¿la creería?
Si la respuesta es no, entonces tal vez el problema nunca fueron los judíos. Tal vez el problema real es la voluntad de la humanidad de creer cualquier mentira, sin importar cuan contradictoria o absurda, en tanto apunte hacia el mismo blanco antiguo.
Basta. Hemos enterrado demasiadas generaciones debajo de la misma mentira como para fingir que ya no reconocemos más su rostro. Llámenla como lo que es donde sea que aparezca, en cualquier idioma en que sea gritada, y cualquier agravio tras el que se esconda.
El mundo se debe una pregunta honesta: ¿Por qué siempre los judíos?
Hasta que tenga la valentía de responder, la acusación seguirá cambiando–y el blanco seguirá siendo el mismo.
El autor es fundador y director de la Cámara de Comercio Judía Ortodoxa y cofundador y secretario de la Coalición Empresarial Multicultural. El ha pasado más de dos décadas construyendo puentes entre diversas comunidades a través del comercio, la oportunidad económica, y el respeto mutuo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.