martes, 28 de enero de 2020

Pronto, Hanka comprendió que lo peor no había pasado, sino que acababa de comenzar. Los días en Auschwitz eran todos iguales. Tratar de dormir por la noche sin pensar en el hambre. Salir del barracón al amanecer. Permanecer de pie bajo el sol o la nieve, sin moverse, sin hablar. Si alguna caía rendida por el hambre o el cansancio, la azotaban hasta que volviera a pararse o se la llevaban para nunca más volver.
El poco alimento que recibían constaba de una sopa aguachenta que los alemanes espesaban con aserrín, y un mendrugo de pan seco que no bastaba para acallar el sonido del hambre que crecía con ese olor a carne asada que recorría el campo. A veces, Hanka miraba el cielo buscando una respuesta de Dios, algo que valiera la pena para seguir soportando aquello. A su alrededor, algunas mujeres perdían las ganas de sobrevivir. Dejaban de comer, se consumían en vida hasta que morían en el suelo, o corrían hacia los alambrados para buscar el alivio de una descarga eléctrica mortal. https://www.infobae.com/…/sobrevivir-a-auschwitz-la-histor…/

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