por Alan M. Dershowitz • 4 de Noviembre de 2016
El presidente de EEUU, Barack Obama, se dirige a la 71ª Asamblea General de la ONU, el 20 de septiembre de 2016. (Imagen: Naciones Unidas).
La Administración Obama está lanzando potentes señales de que después de las elecciones presidenciales podría tratar de dar un golpe de mano para la resolución del conflicto israelo-palestino en Naciones Unidas. A pesar de las reiteradas invitaciones del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, al presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abás, a reunirse sin condiciones, la situación sigue en punto muerto. Algunos culpan a la falta de voluntad palestina para reconocer a Israel como el Estado-nación del pueblo judío y para hacer concesiones en el denominado derecho al retorno. Otros –incluida la actual Administración de EEUU– cargan la mayor parte de la culpa sobre los hombros del Gobierno Netanyahu por seguir construyendo en la Margen Occidental, con la reciente aprobación de entre 98 y 300 nuevas viviendas en Shiloh. Sean cuales sean los motivos –y son complejos y poliédricos–, el presidente Obama debería resistir cualquier tentación de cambiar, en sus últimas semanas en el cargo, una antigua política estadounidense: que sólo unas negociaciones directas entre las partes lograrán una paz duradera.
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