LA GUERRA ESPIRITUAL ENTRE LOS YIHADISTAS Y LOS JUDIOS EN LOS TUNELES
Los túneles no tienen ventanas, ni viento, ni cielo. Sólo aire viciado, agua estancada y silencio pesado como hierro. Y todavía, en ese abismo, sucedió algo que el mundo arriba no puede entender totalmente: la fe judía no murió. Fue encendida.
Por Giulio Meotti
Noviembre 18, 2025
Terror tunnelIDF SpokespersonCada día, en los túneles de Gaza, cuarenta metros bajo tierra donde la luz es apenas un recuerdo, y que durante dos años encerraron los pasos de los hombres y mujeres israelíes reducidos a rehenes por Hamas, Omer Shem Tov recitaba los versículos del Salmo 20.
Shem Tov tenía veinte años de edad cuando los terroristas árabes palestinos lo capturaron durante el ataque del 7 de octubre del 2023 en el sur de Israel. El había crecido en una familia laica. Después de algunos días en cautiverio, Shem Tov comenzó a recitar bendiciones sobre cualquier alimento que los terroristas le daban, y en ese momento el túnel se convertía en un templo. "La fe me empujó a seguir adelante." El fue liberado a fin de febrero como parte de un acuerdo de cese temporario, después de 505 días en Gaza.
Dentro de los túneles de Gaza, donde incluso propio el aliento podía traicionarlos, entre muros húmedos de encarcelamiento eterno, se desató una batalla espiritual entre los terroristas de Hamas y los rehenes, hombres y mujeres que se volvieron guardianes de alto que ninguna cadena pudo quebrar.
Ellos fueron llevados por la fuerza, confinados a lugares sin ningún horizonte, sometidos con violencia, tortura, y hambre. Pero aun cuando la violencia desgarraba sus cuerpos y el hambre calaba sus huesos y su voluntad, ellos rezaron. Silenciosamente. Secretamente.
Ellos salvaguardaron la identidad judía que Hamas busca destruir, en una profundidad que parecía separar el cuerpo del mundo. Uno de ellos recitó el Shemá Israel. Ese sonido se convirtió en un eco en los muros del túnel. Cada festividad establecida por la tradición judía--Pesaj, Shavuot, Iom Kipur--se volvió un desafío para el olvido impuesto por el terrorismo. En los túneles, ellos construyeron altares en las sombras.
Un espacio estrecho se convirtió en un Beit HaKneset, una sinagoga; un pequeño paño colocado sobre un cajón se convirtió en un talit. Con migajas de pan reunidas de su hambre compartido, ellos recordaron el Exodo de Egipto. Y para Iom Kipur, ayunar no era una opción, sino una condición--sin embargo, la abrazaron.
Y así, aunque el Occidente se desliza hacia la laicización fluida, donde la fe es como una vestimenta festiva, ellos resistieron. En un departamento ruinoso en el corazón de Gaza, un joven judío se sentó sobre un suelo polvoriento. El colocó un pedazo de papel sobre su cabeza como una kipá improvisada y susurró la bendición que había recitado en la mesa de Shabat de su familia desde su niñez.
Muchos rehenes liberados han descripto experiencias similares a la de Shem Tov, encontrando consuelo y la fuerza para sobrevivir por medio de reconectarse con los rituales judíos que a menudo habían olvidado.
Entre ellos está Eli Sharabi, quien emergió demacrado tras 491 días en cautiverio para encontrar que su esposa y dos hijas adolescentes habían sido asesinadas en el ataque del 7 de octubre. El dijo que recitaba el Shema, el rezo judío más importante, cada día en la oscuridad del túnel que compartía con otros rehenes, y que cada viernes al anochecer intentaba recitar el Kidush, la bendición sobre el vino, aun cuando sólo tenían agua.
Una semana después de su captura, Shem Tov decidió cuidar el kosher tanto como fuera posible, comiendo queso o carne enlatada cuando eran ofrecidas ambas, cuidando las leyes dietarias que prohiben la mezcla de carne y lácteo. El prometió a Dios que si regresaba a casa, rezaría todos los días con tefilín, las pequeñas cajas de cuero que contienen las Escrituras que los fieles atan a su cabeza y brazo izquierdo durante los rezos matutinos. Cada día, como un hombre libre, Shem Tov ahora continúa los mismos rezos.
Sus palabras perforaron los muros del túnel como una promesa sin límites. Daniella Gilboa más tarde recordó que ella y cuatro de sus compañeras cautivas aprendieron a recitar una canción tradicional de Shabat en árabe, temiendo decirla en hebreo.
Agam Berger describió una experiencia similar. Ella viene de una familia masortí, un término hebreo para los que son religiosamente tradicionalistas pero no estrictamente ortodoxos. “Cuando fui secuestrada, recité continuamente el mismo versículo que los judíos hemos recitado en el umbral de la muerte durante milenios: Shema Israel."
Hamas intentó obligarla a convertirse al Islam, imponerle el hijab. Agam eligió observar todo ayuno judío posible en ese templo espiritual levantado en el corazón del mismo infierno.
Los captores hallaron textos religiosos entre diarios y mapas dejados atrás por los soldados israelíes y los llevaron a los rehenes, tratando de aprender hebreo. Ellos dejaron atrás un sidur, un libro de rezos judío, para el cual Agam creó una bolsa en sus pantalones desgastados. Ella eligió no encender un fuego durante Shabat para cocinar para sus captores. Ella celebró Pesaj mientras estaba confinada en un espacio pequeño sin luz. Ella limpió el espacio y decoró la mesa con servilletas y pequeñas "decoraciones" hechas de trozos de papel.
Han sido hechas muchas comparaciones entre el Holocausto y el 7 de octubre, especialmente cuando los rehenes regresan a casa-algunos demacrados, con los ojos hundidos-recordando a los sobrevivientes de esa atrocidad anterior. Las historias de la observancia judía clandestina en los túneles de Gaza, repitiendo las de los campamentos de concentración nazis, suman otra capa más a este paralelo.
Cuando un helicóptero de las Fuerzas de Defensa de Israel la llevó a casa, Berger sostuvo una pequeña pizarra sobre la cual ella había escrito en hebreo: “Yo elegí el camino de la fe, y en el camino de la fe regresé.”
El rehén Matan Zangauker dijo que encontró un Libro de Salmos gastado bajo tierra y rezaba diariamente. En un lugar con poco aire y casi sin luz de día, el ritmo firme de esos versículos se volvió una rutina, luego un punto de referencia, luego un consuelo.
Herido y torturado, Matan Angrest, de 20 años de edad, fue arrastrado hacia Gaza, el único sobreviviente de su tripulación tras el ataque de Hamas. Matan recordó: “Yo pedí tefilín, un libro de rezos, y un Tanaj, y de alguna manera ellos me los trajeron. A partir de ese día, recé tres veces al día: a la mañana, a la tarde, y a la noche. Me dio fuerza. Me protegió.” El dijo que Gali Berman tenía un rollo de Torá y que los dos leían repetidamente todos los cinco libros de la Torá. “Conozco cada parashá de la Torá de memoria.”
La familia de Rom Braslavski dijo que el rezo lo sostuvo cuando el alimento y el sueño no lo hicieron, un salvavidas al que se colgó en las peores smaas, mientras Hamas lo torturaba, incluso sexualmente. Los captores trataron repetidamente de obligar a Braslavski a convertirse al Islam, pero él resistió. “Ellos seguían repitiendome: ‘Somos musulmanes,’ ‘somos árabes,’ ‘somos la religión verdadera,’ ‘somos Mahoma.’ Lo único que me dió fuerza fue saber que todos aquellos a mi alrededor no eran judíos, y que la razón por la que yo estaba allí era simplemente porque soy judío."
Bar Kupershtein era un hombre joven secuestrado durante el ataque contra el Festival Nova. El dijo que su fe fue esencial para sobrevivir: “Yo recé calladamente, en mi corazón, en mi alma,” cuando al principio no podía emitir ningún sonido. Cuando sus captores musulmanes rezaban, eso lo motivaba: “Si ellos rezan, yo debo rezar aun más- ellos rezan por la muerte, yo rezo por la vida."
A su liberación, Kupershtein se reunió con el Ministro de Defensa para darle un brazalete inscripto en hebreo: "Siempre en las manos del Creador." El dijo que lo que le dió más fuerza en Gaza fue una canción escrita hace dos siglos por el Rabino Najman de Breslov. El texto enseña que Dios es encontrado incluso en los lugares más oscuros.
Eitan Horn del Kibutz Nir Oz ayunó por primera vez en su vida en Iom Kipur mientras estaba en los túneles en Gaza. Sasha Troufanov, un ingeniero que trabajaba para una filial de Amazon, se encontró cautivo en la parte de atrás de la moto de un terrorista dirigiéndose hacia Gaza. El había recibido disparos en ambas piertas. En su primera mañana de domingo de libertad, Sasha se puso tefilín con la ayuda del Rabino Berel Lazar, Gran Rabino de Rusia. Fue la primera vez en su vida que se los había puesto.
La memoria judía es un templo que no puede ser destruido. Sharabi recordaría más tarde: “Nos despertaríamos y recitaríamos Birjot Hashajar (las bendiciones matutinas).” Durante la semana, ellos reservaban una porción de su penosa pita diaria para Shabat. El viernes a la noche, Eli recitaba el Kidush sobre el agua, y Hamotzi sobre la pita, pensando en su esposa, su madre, y sus hijas, no sabiendo aun que todas ellas habían sido asesinadas.
Los túneles no tienen ventanas, ni viento, ni cielo. Sólo aire viciado, agua estancada, y silencio pesado como hierro. Fue allí que los rehenes vivieron-o más bien sobrevivieron. Lejos de todo, olvidados por casi todos excepto los judíos. Y todavía, en ese abismo, algo sucedió que el mundo arriba no puede entender totalmente: la fe judía no murió. Se encendió, como una llama cubierta en ceniza, pero no se apagó. Y cuando llegaba el viernes, ellos cerraban sus ojos y susurraban la bendición sobre las velas-sin velas, sin un mesa, sin luz. Los labios secos se movían en la oscuridad, y la oscuridad se volvía menos hostil debido a esas voces que se alzaban en el silencio forzado.
Un pueblo que ha conocido la oscuridad, pero no se rindió ante la noche de Auschwitz; un pueblo que regresó a su tierra desde todos los rincones del mundo después de tantos siglos; un estado renacido; una nación sobreviviendo a un enemigo tras otro; resistiendo incluso en el infierno donde los cuerpos fueron reducidos a huesos y donde el mundo alrededor pareció desaparecer.
Algunos lo llamarían un milagro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.