por Majid Rafizadeh • 23 de Abril de 2017
Anjem Choudary, un clérigo musulmán radical británico, fue sentenciado el año pasado por un tribunal británico a cinco años y medio de prisión por alentar a la gente a unirse al Estado Islámico. (Imagen: Dan H/Flickr).
Si, como yo, usted hubiera crecido entre dos regímenes autoritarios –el de la República Islámica de Irán y el de Siria–, con líderes como Hafez al Asad, el ayatolá Alí Jamenei y Mahmud Ahmadineyad, su juventud se habría visto influida por las dos corrientes mayoritarias del islam: la chií y la suní. Yo estudié ambas, y en un determinado momento incluso fui un devoto musulmán. Mis padres, que siguen viviendo en Irán y en Siria, vienen de dos grupos musulmanes étnicamente distintos: el árabe y el persa.
También habría visto cómo la religión islámica se entrelaza con la política, y cómo el islam radical gobierna la sociedad mediante la sharia. Habría sido testigo de cómo el islam radical puede dominar y escudriñar las decisiones cotidianas de la gente: en la comida, la vestimenta, la vida social, el ocio; en todo.
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