El violinista en Elul
En los días del Maguid de Mezritch, había un joven jasid que durante todo el año vivía distraído: negocios, familia, problemas… el rezo lo hacía rápido, el estudio de Torá a medias. Pero cuando llegaba Elul, le entraba un fuego especial. Se encerraba horas, rezaba con lágrimas, y todos lo veían golpearse el pecho diciendo “Jatati, Aviti, Pashati” (he pecado, he errado, me he desviado).
Un día, otro jasid lo miró con cierto desprecio y dijo:
—“Todo el año eres frío, y ahora en Elul te pones a llorar como si fueras el más tzadik. ¿De qué sirve? Es puro teatro.”
El joven no respondió. Pero en Rosh Hashaná, cuando llegó el momento de tocar el shofar, algo extraño pasó: el baal tokeá (el encargado de tocarlo) no lograba sacar un sonido. Intentó una y otra vez, pero el shofar permanecía mudo. El ambiente se puso tenso.
De repente, el Rebe le hizo una seña a ese joven jasid de corazón simple. Le entregó el shofar y, apenas lo tomó en sus manos, empezó a llorar. Entre lágrimas soltó un suspiro profundo, y del shofar salió el tekia más pura que nadie había escuchado jamás.
Después, el Rebe explicó:
—“El shofar no se abre con técnica, sino con el corazón. Este joven quizá no sea constante todo el año, pero en Elul su corazón se abre de verdad. Y cuando el corazón se abre, el shofar también se abre.”
La teshuvá de Elul no requiere ser perfectos. Hashem no espera que hayamos sido ángeles todo el año. Lo que Él quiere es que en este tiempo abramos el corazón, que dejemos salir una voz sincera. Aunque hayamos fallado, una lágrima auténtica, una palabra de verdad, tiene la fuerza de abrir los cielos.

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