LA LIBERACION DE VENEZUELA Y UN HEMISFERIO RECLAMADO
Por Johannes Schmidt
Mientras las fuerzas navales estadounidenses y una Unidad Expedicionaria de la Marina se preparan en el Caribe, los venezolanos enfrentan, por primera vez en casi tres décadas, la perspectiva real que su dictadura bajo Nicolás Maduro, con su hambre, represión, y el exilio forzado de cerca de ocho millones de personas, podría pronto dar paso a su gobierno electo legítimamente.
“El régimen de Maduro es una estructura criminal que ha infligido inmenso daño sobre nuestro pueblo," escribió en X la líder opositora María Corina Machado. “Ha forzado a huir a un tercio de nuestra población, desestabilizó la región, y creó una amenaza directa para la seguridad estadounidense. Tan pronto como liberemos a Venezuela, millones regresarán a casa, y nuestra nación se volverá el principal aliado de Estados Unidos para la seguridad, comercio, energía e inversión."
Con las reservas petroleras más grandes del mundo y una oposición que probablemente abrace la dolarización tras años de hiperinflación y el colapso del bolívar, su afirmación no debería ser tomada a la ligera.
Aunque los momentos de anticipación esperanzada han ido y venido a lo largo de los años, hay razones para creer que esta vez podría ser diferente. El giro comenzó en abril, cuando el Secretario de Defensa Pete Hegseth — parado con el presidente panameño José Raúl Mulino en el Canal de Panamá — declaró que EE.UU. volvería a comprometerse con América Latina a través de la sociedad, reimaginando la Doctrina Monroe como una herramienta del siglo XXI para la cooperación regional.
“Estados Unidos enfrentará, disuadirá y, si es necesario, derrotará estas amenazas junto a nuestros socios cercanos y valiosos,” dijo Hegseth. “Nuestra misión es simple: la paz a través de la fuerza, un enfoque de Estados Unidos Primero. Estamos restaurando el espíritu guerrero, reconstruyendo nuestro ejército, y restableciendo la disuasión — aquí mismo en América Central y del Sur.”
Los resultados llegaron velozmente. Panamá pasó a transferir puertos dirigidos por los chinos junto al canal a BlackRock. Washington designó a los carteles de Sinaloa y CJNG como Organizaciones Terroristas Extranjeras, con aviones patrulla de Estados Unidos mapeando supuestamente sus redes. Enseguida después, la Casa Blanca impuso un arancel del 50% sobre las exportaciones brasileñas — oficialmente por el trato a Bolsonaro, pero en realidad una advertencia a Beijing y al bloque BRICS para que acepten comerciar en moneda local en medio de advertencias de desdolarización.
Pero las palabras dieron lugar al poder duro el 14 de agosto, cuando el Grupo Anfibio Listo Iwo Jima — trasladando a la 22ª Unidad Expedicionaria de la Marina — entró al Caribe sur con un crucero y un submarino de escolta.
Si bien algunos gobiernos de izquierda se opusieron, se está formando una nueva coalición. Argentina, Paraguay, y Ecuador han designado formalmente al Cártel de los Soles — al cual Washington vincula con el círculo íntimo de Maduro — como un grupo terrorista. Trinidad y Tobago y Guyana han apoyado abiertamente las operaciones estadounidenses. Incluso Lula de Brasil, aunque cauto de Trump, ha negado el reconocimiento de la elección de Maduro y respondió con restricción.
La realidad en el terreno es difícil de ignorar. A lo largo del hemisferio, los gobiernos ven a Maduro no como otro caudillo sino como el arquitecto de uno de los peores desastres humanitarios en la historia moderna. Cerca de ocho millones de venezolanos han huido, sobrecargando los sistemas de salud y la estabilidad desde Colorado a Chile. El éxodo solo ha forzado a los vecinos a afrontar los costos de apuntalar su narco-estado. Al mismo tiempo, el rol creciente de China en puertos, telecomunicaciones, e intercambios de divisas ha despojado cualquier ilusión de neutralidad y los países a lo largo de la región se están dando cuenta rápidamente que en esta disputa geopolítica, “estás con nosotros o contra nosotros.”
Ese es el motivo por el que Venezuela cobra tanta importancia. Durante treinta años, se ha transformado de un narco-estado mal manejado en una base de avanzada para fuerzas hostiles. Rusia ha invertido allí miles de millones en armas, desplegó bombarderos con capacidad nuclear, y rotó buques de guerra. China ha anclado infraestructura de doble uso y redes de vigilancia que vinculan a Caracas con la Iniciativa de la Franja y la Ruta de China. E Irán ha usado al régimen como una plataforma de lanzamiento de drones, agentes de la Fuerza Quds, y rutas de contrabando vinculadas a Hezbola — drones que se sitúan a apenas 1,200 millas de Miami y dentro del alcance de los blancos estadounidenses. Aunque Rusia e Irán libran guerras en Europa y el Medio Oriente, y China alimenta las tensiones en el Indo-Pacífico, todos los tres han sido socios de Caracas durante una generación para exportar inestabilidad mucho más cerca de casa. Como explicó una vez el ex ministro de defensa de Irán, Mohammad Reza Ashtiani, “los países latinoamericanos son de especial importancia en la política exterior y de defensa de Irán.”
El fin del régimen de Maduro puede no llegar a través de un único acto de fuerza — y puede no necesitarlo — pero su caída está finalmente al alcance. Para Estados Unidos y sus socios, la opción es clara: o apoyar al pueblo venezolano a restaurar la libertad y estabilidad en nuestro propio hemisferio, o dejar un vacío que continuarán llenando alegremente Rusia, China e Irán.
Johannes Schmidt trabaja en relaciones públicos en la comunidad de adquisiciones de defensa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.