El primer coro de soldados – Jerusalén, 1964
El escenario era poco más que una plataforma de madera en un salón con corrientes de aire, el telón de fondo pintado de manera apresurada con una bandera azul y blanca.
Filas de sillas plegables llenaban la sala, ocupadas por soldados en uniformes oliva, botas pulidas, rifles apilados ordenadamente en la parte trasera.
Por primera vez, el ejército había formado un coro — no solo para marchar y hacer ejercicios, sino para cantar.
Yaakov Friedman, de diecinueve años, se movía nerviosamente mientras el director levantaba la mano. Su uniforme era rígido, su voz sin entrenamiento, pero cuando las primeras notas se elevaron, algo dentro de él se estabilizó.
Juntos, los jóvenes cantaron “Shir HaEmek”, sus voces entrelazándose en una armonía que llenaba el salón.
En la audiencia se encontraban familias, maestros y niños, algunos inclinándose hacia adelante, otros llorando en silencio. Para muchos, la vista era casi increíble: soldados judíos cantando en su propia tierra, en uniformes que no les habían sido impuestos por otros, sino que eran llevados con orgullo.
Cuando el coro final resonó, la multitud estalló en aplausos.

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