miércoles, 3 de septiembre de 2025

 

Nueva York, bajo la Estrella de David
"Desde la década de 1980, he profundizado en la historia, cultura y espiritualidad del pueblo judío. Como periodista, he defendido con convicción la existencia de Israel frente a sus enemigos, y como ser humano, he buscado comprender su alma".
"En marzo de 1982, viajé a Tierra Santa: Tel Aviv, Jerusalén, Cesárea, El Carmen, Metulla, Cafarnaum, Tiberíades, Eilat, Sharm el Sheik -entonces bajo administración israelí- y Los Altos del Golán, la triple frontera entre Israel, Siria y Jordania".
En el río Jordán, me rebauticé simbólicamente como católico. En el Santo Sepulcro, quedé sobrecogido.
Y en el Museo Yad Vashem, viví uno de los momentos más dolorosos de mi vida: al ingresar, un árbol majestuoso parecía dar la bienvenida, pero al acercarme, ví que era una forma compuesta por cuerpos humanos entrelazados, evocando los cadáveres apilados en los campos de exterminio nazis.
Me dolió el alma. Luego vi correas hechas con piel humana. El horror fue insoportable y rompí en llanto.
Décadas después, ingreso por primera vez al Museo Judío de Nueva York.
No es solo una visita: es una travesía espiritual. Hoy, en la Quinta Avenida, el Museo Judío me recibe con coronas, lienzos, menorás, retratos y escudos que no lloran: cantan.
Cantan la historia, la fe, la resistencia, la belleza.
El edificio mismo es un canto de piedra. Su arquitectura neogótica, con arcos y crestas, parece abrazar al visitante con solemnidad.
Al cruzar el umbral, uno se encuentra con vitrinas que no exhiben objetos: revelan constelaciones.
Las coronas ceremoniales, sobre un fondo fucsia vibrante, brillan como emblemas de dignidad espiritual.
A pocos pasos, las hanukiot -lámparas de Janucá- dialogan entre sí: unas talladas en Marruecos, otras en Viena, otras en Jerusalén. Cada una con su estilo, su historia, su luz.
El escudo de la Torá, o Tas, con leones, columnas y gemas, parece una joya de realeza sagrada.
Más adelante, el arca tallada por Abraham Shulkin en Iowa en 1899, mezcla arte popular de Europa del Este con símbolos patrióticos de Estados Unidos.
Es un testimonio de migración, fe y pertenencia.
En otra sala, los retratos contemporáneos desafían el canon.
Uno de ellos, enmarcado por dragones dorados y leones mitológicos, muestra a un hombre de pie, con mirada elevada, como si portara en su cuerpo la herencia de siglos.
Otro, más gráfico, presenta dos figuras enfrentadas en un fondo negro, con palabras grabadas como “LOOK”, "MIRA",“FORGIVE”, "PERDONA", “REMEMBER”, "RECUERDA".
Es un diálogo visual sobre reconciliación y memoria.
Cada sala es una revelación.
El recorrido no es lineal. Es emocional. Es espiritual. Es histórico.
Y al final, uno comprende que este museo no solo conserva: transforma.
Como escribió Hannah Arendt, cuya imagen también aparece en una de las obras: “La promesa es la única forma de libertad que puede sobrevivir al tiempo.”
Este artículo, como mi visita, es también una promesa: la de seguir narrando, honrando y compartiendo. Porque el arte judío no solo recuerda: redime".
Ricardo Sánchez Serra. Premio Mundial de Periodismo “Visión Honesta 2023”
Aurora



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