INDULTAR A NETANYAHU ES UN FINAL IMPERFECTO — PERO NECESARIO — PARA LA LARGA SAGA LEGAL DEL PRIMER MINISTRO
La solicitud de indulto de Netanyahu obliga a Israel a enfrentar una década de batallas legales y a la pregunta de si extender el juicio es en el mejor interés del público.
Primer Ministro Benjamin Netanyahu en la Knesset, Noviembre 10, 2025. (photo credit: YONATAN SINDEL/FLASH90)
Por Herb Keinon
Noviembre 30, 2025
La solicitud formal el domingo de un indulto presidencial por parte del Primer Ministro Benjamin Netanyahu marca el giro más dramático a la fecha
en un drama legal que ha consumido a Israel por cerca de una década.
Cinco años y medio de juicio, nueve años desde que empezaron las investigaciones, y 28 años desde la primera investigación de su conducta como
primer ministro – el Caso Bar-On-Hebron – la pregunta ya no es más sólo si él es culpable de los cargos en las Causas 1000, 2000, y 4000.
La pregunta más profunda es lo que prolongar este juicio está haciendo al país, y si terminarlo – por imperfecto que sea el mecanismo – podría
finalmente permitir a Israel seguir adelante.
Es imposible entender la reacción en torno al acontecimiento del domingo sin recordar la historia completa de la miríada de investigaciones de las
acciones de Netanyahu a lo largo de los años. Netanyahu ha vivido bajo alguna forma de investigación durante la mayoría de su largo mandato como
primer ministro.
La lista es larga.
En 1997 llegó el caso Bar-On, donde la policía recomendó acusaciones, pero el fiscal general se negó a acusar. Dos años después, fue el caso
Amedi, seguido por el "caso de los regalos" por elementos sacados de la Residencia del Primer Ministro cuando él dejó el cargo en 1999.
Ninguno de estos resultó en prosecución.
A principios de la década del 2000 llegaron las controversias de "facturación doble" de viajes, nuevamente cerradas sin cargos. Para el año 2013,
Netanyahu estaba capeando historias sobre helado de pistacho y una habitación instalada en un avión, financiados por el estado – temas que
terminaron en bochorno, pero no en procedimientos penales.
Con los años llegaron investigaciones adicionales de gastos de lavandería, servicios de catering, adquisiciones de muebles, y más.
Sus críticos veían humo por todas partes; sus partidarios veían un abuso del sistema legal para acosar a los adversarios políticos.
Ese contexto colorea el debate público ahora. Muchos israelíes, especialmente los que han apoyado a Netanyahu desde la década de 1990, creen
genuinamente que sus opositores políticos, concluyendo que no podían derrotarlo en las urnas, decidieron derribarlo a través del banquillo de los
acusados.
Sus críticos ven en esta larga cadena de investigaciones no una persecución, sino un patrón constante de juicio cuestionable y límites éticos
borroneados por parte de él y su esposa. Estas dos narrativas – una de victimización, una de inconducta – ahora darán forma a cómo los israelíes
ven su decisión de buscar un indulto.
El propio Netanyahu argumenta que el juicio ha llegado a un punto absurdo. Ahora se requiere que él testifique tres días a la semana, algo sin
precedentes para un primer ministro en ejercicio, especialmente uno que está dirigiendo un país en guerra.
Sin importar la visión que uno tenga de su culpabilidad, es difícil negar que las horas pasadas en el podio del testigo analizando conversaciones de
hace décadas y discutiendo cigarros, botellas de champaña, muñecos de Bugs Bunny, y llamadas telefónicas editoriales llegan a costa de gobernar.
Sus partidarios insisten en que la historia un día se sacudirá la cabeza ante el espectáculo de un líder de tiempos de guerra trasladándose entre el
tribunal y el gabinete de seguridad, incapaz de dedicar su atención plena o energía a las negociaciones por los rehenes, a la diplomacia regional,
o a los viajes de bombardeo contra Irán.
Netanyahu escribe una carta formal solicitando un indulto
El argumento que el juicio está destrozando al país tampoco es descartado fácilmente. La carta formal de Netanyahu al Presidente Isaac Herzog
solicitando un indulto invoca esa frase.
Aunque sus críticos pueden revolear los ojos con este diagnóstico, diciendo que él es el único responsable por las divisiones de la nación, ellos no
pueden negar la verdad más amplia: Este juicio se ha vuelto una línea de falla nacional. Ha distorsionado la política, alimentó teorías de
conspiración, y debilitó la confianza en las instituciones nacionales.
Al mismo tiempo, un análisis sobrio debe admitir que hay serios argumentos en contra de conceder un indulto.
El primero y más fuerte es que nadie está por encima de la ley. Permitir que un primer ministro actuante detenga su propio juicio sin admitir culpa
o renunciar plantea preguntas legítimas sobre la integridad de las normas democráticas.
Un indulto en este momento – antes de la condena, antes de un veredicto, antes que la evidencia haya seguido totalmente su curso – sería distinto
a cualquier cosa en la historia de Israel. Los indultos del Autobús 300 aprobados por el presidente Chaim Herzog en 1986 ocurrieron antes de la
acusación, pero involucraban a funcionarios de seguridad, no al líder de la nación.
El indulto del presidente estadounidense Gerald Ford a Richard Nixon en 1974 es invocado a menudo como un paralelo, pero incluso esa
comparación es imperfecta: Nixon había renunciado cuando Ford emitió el indulto. En contraste, Netanyahu busca permanecer en el poder.
Otro argumento se centra en las tradiciones israelíes y estadounidenses que rodean los indultos. En ambos sistemas, aceptar un indulto carga
históricamente una admisión implícita de culpa. Netanyahu, por el contrario, insiste en su inocencia aun cuando pide un indulto, y argumenta que
el caso en su contra estuvo manchado por la inconducta de la investigación.
Un indulto sin alguna admisión de culpa no es un indulto en el sentido convencional; es una finalización de un juicio. Los críticos temen que
establezca un precedente peligroso: que los primeros ministros puedan evitar la responsabilidad simplemente argumentando que ellos son
demasiado importantes, o que el país es muy frágil, o que el juicio es muy divisivo.
Sin embargo, continúa el contraargumento: ¿Cuánto tiempo puede permitirse Israel que esto se desarrolle? El juicio inició en el año 2020. El
testimonio seguirá bien entrado el 2026. Un veredicto podría llegar en el año 2027 o 2028, con las apelaciones prolongando el tema hasta el 2030
o más allá. Eso significa otra media década en la cual el país sigue encerrado en la misma disputa en que ha estado desde el 2016.
Aquí es donde entra el medio agotado del país. Entre lo que no descansarán hasta que Netanyahu se siente en una celda de prisión infestada de
ratas, y los que no descansarán hasta que él sea declarado santo, se encuentra una amplia porción de israelíes que quieren algo más simple: dejar
de vivir dentro de la saga interminable.
Ellos quieren que el país funcione. Ellos quieren que la política vuelva a la normalidad, no obstaculizada y empujada a los extremos debido a que
las partes no están dispuestas a sentarse alrededor de una mesa con Netanyahu.
En un indicio revelador de cómo reaccionó el público más amplio – y no sólo la clase política – la Bolsa de Valores de Tel Aviv aumentó en todos los
ámbitos inmediatamente después que surgió la noticia de la solicitud de indulto.
Los mercados no son árbitros morales, pero son barómetros de estabilidad, y los inversores parecieron interpretar la posibilidad de cierre como un
paso bienvenido hacia la calma nacional. Esa reacción no fue ideológica; fue práctica. El país está agotado.
La opción más limpia habría sido un acuerdo de culpabilidad atado a que Netanyahu se baje de la política. El un mundo perfecto, él habría tomado
ese acuerdo hace años, Israel le habría agradecido por su servicio, admitido sus logros, y dado vuelta la página.
Pero este no es ese mundo. Netanyahu no está renunciando. El no está admitiendo culpa. Y el público, no los tribunales, decidirá su suerte política
cuando vaya luego a las urnas, no más tarde que en el próximo octubre.
La pregunta, entonces, es si el país se beneficia de otro año o dos de testimonio, seguidos por años de apelaciones, seguido por años de
recriminación. O si es más saludable terminar esto ahora, reconocer esto es una solución imperfecta, pero también reconocer la realidad: El juicio
se ha vuelto una carga nacional, no un activo nacional.
Israel no puede permitirse permanecer eternamente atrapada en este rulo. No todo reto nacional se resuelve mejor por medio de insistir en que
continúe un proceso simplemente porque comenzó, especialmente cuando hay serias preguntas acerca de si el proceso debería haber sido iniciado
en primer lugar.
Hay también muchos agujeros en el caso, demasiadas preguntas acerca de la conducta investigativa, demasiado daño ya causado a las instituciones
nacionales. Y en un momento en que Israel enfrenta peligros extraordinarios y oportunidades poco comunes, es razonable preguntarse si extender
esta saga beneficia al país o lo daña.
Israel merece seguir adelante. Merece enfocarse en el combate en curso en Gaza, en los realineamientos diplomáticos en la región, en la sanación
y reconstrucción necesarias en casa.
Merece reclamar su ancho de banda de un juicio que ha consumido demasiado de ella. Ya sea a través de un indulto u otro mecanismo, ha llegado
el momento de cerrar este capítulo – no por Netanyahu, sino por el país.
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