domingo, 1 de mayo de 2011

Artículo JS en Coloquio s/La Iglesia y los judíos‏

La Iglesia Católica y los judíos



Por Julián Schvindlerman

COLOQUIO - abril de 2011

www.coloquio.org (publicación del Congreso Judío Latinoamericano)



Desde San Pedro Apóstol, el primer Papa (siglo I), hasta Benedicto XVI, el actual (siglo XXI), ha habido 263 Papas. Los primeros y semi-legendarios Papas, San Pedro y sus sucesores inmediatos, fueron judíos. A pesar de ello, no mucho se sabe de la relación de éstos con los judíos. El primer Papa del que se tiene conocimiento que ha entablado contacto directo con judíos fue Silvestre I en el siglo IV, quién discutió temas religiosos con ellos. Leo I escribió sermones polémicos anti-judíos en el siglo V. El siguiente Papa del que se sabe se ha vinculado con judíos fue Gelasio I a finales del mismo siglo. Los Papas del medioevo en adelante adoptaron una actitud en teoría ambivalente hacia los judíos, aunque su comportamiento para con éstos en la práctica ha sido mayormente negativo. Ello se extendió durante la Era Moderna en la que el Papado batallaba contra las nuevas corrientes del laicismo y el nacionalismo. Los judíos, siendo uno de los grupos humanos más beneficiados por el liberalismo y el modernismo, fueron objeto de la ira papal. Durante la Segunda Guerra Mundial, la Iglesia tuvo por líder a Pío XII, cuya conducta hacia el pueblo judío en esos años oscuros aún suscita polémica entre apologistas y detractores.



En las décadas posteriores al fin de la Segunda Guerra Mundial el Vaticano inauguró una novedosa aproximación hacia el pueblo judío y su historia. Así, las últimas casi cinco décadas fueron testigos de eventos sensacionalmente positivos en las relaciones interreligiosas. Puede postularse que en este último medio siglo el Papado ha hecho a favor de armoniosas relaciones con los judíos lo que en los previos casi dos mil años no solamente no había efectuado, sino que había hecho lo contrario. La realización del Concilio Vaticano II entre 1962-1965, la plegaria que Juan XXIII compuso en 1963 en la que los católicos pedían perdón por haber maldecido injustamente el nombre de los judíos, las bendiciones efectuadas espontáneamente por este mismo Papa una mañana de Shabat a los judíos romanos al verlos salir de la sinagoga, las visitas de Juan Pablo II al campo de concentración y exterminio Auscwitz-Birkenau en 1979, a la sinagoga de Roma en 1986, al Museo del Holocausto y al Muro de los Lamentos durante su viaje a Israel en 2000, el entablado de relaciones diplomáticas con el estado judío en 1993, la publicación del primer documento oficial de la Iglesia Católica sobre la Shoá en 1998, el concierto efectuado en la Ciudad del Vaticano en conmemoración del Holocausto en 1994, los sendos pedidos de perdón en ocasión del Jubileo, las condenas del antisemitismo, la caracterización de los judíos como “hermanos mayores”, nuevas visitas de Benedicto XVI a sinagogas en Alemania en 2005, en Estados Unidos en 2008 e Italia en 2010, y los renovados bríos insuflados al diálogo interreligioso en general, han sido hitos de la política vaticana hacia el pueblo judío en la historia reciente.



La Declaración Nostra Aetate del Concilio Vaticano II iniciado por Juan XXIII ha marcado el punto de inflexión teológico más extraordinario en el dogma católico en lo relativo a los judíos en la historia. Tiene una extensión de cuatro páginas y tomó cuatro años redactarla. La acusación del deicidio fue abordada de la siguiente manera:



“Aunque las autoridades de los judíos con sus seguidores reclamaron la muerte de Cristo, sin embargo, lo que en Su Pasión se hizo, no puede ser imputado ni indistintamente a todos los judíos que entonces vivían ni a los judíos de hoy”.



Comúnmente, esta afirmación ha sido interpretada como una absolución católica de la participación judía en la muerte de Jesús, pero en rigor, ella no afirma tal cosa. Lo que sí afirma es que ni todos los judíos de la época ni los judíos de todas las siguientes generaciones debieron haber sido considerados culpables por aquellos judíos que, según la Iglesia Católica, “reclamaron la muerte de Cristo”. Aún cuando se trató de una limitación de la acusación y no de una exoneración, la declaración ha sido incuestionablemente revolucionaria. Años más tarde fueron publicados otros dos documentos importantes con el objeto de explicar e implementar Nostra Aetate: Las Guías y Sugerencias para Implementar la Declaración Conciliar en 1974, y las Notas sobre el Modo Correcto de Presentar a los Judíos y al Judaísmo en la Prédica y Catequesis en la Iglesia Católica Romana en 1985. En esta última se sostiene que “Pecadores cristianos son más culpables por la muerte de Cristo que aquellos pocos judíos que la provocaron”, lo que confirma lo más arriba observado.



El antisemitismo pasó a ser condenado por el Vaticano con una fuerza y reiteración impensadas apenas pocos años antes. Nostra Aetate repudió “los odios, persecuciones y manifestaciones de anti-semitismo de cualquier tiempo y persona contra los judíos”. El reporte Iglesia y Racismo de 1988 definió al antisemitismo como “la forma más trágica que la ideología racista ha asumido en nuestro siglo”. En 1990, el cardenal Edward Cassidy, presidente de la Comisión para las Relaciones Religiosas con los Judíos llamó al antisemitismo “un pecado contra Dios y la humanidad”. En el Acuerdo Fundamental entre la Santa Sede e Israel de 1993 también fue incluido lo siguiente: “La Santa Sede toma esta ocasión para reiterar su condena del odio, la persecución y todas otras manifestaciones de antisemitismo”. Durante la primera visita de un Papa a una sinagoga desde San Pedro, en Roma en 1986, Juan Pablo II se refirió a los judíos como “nuestros hermanos mayores”, condenó la persecución de éstos, invocó “nuestra común herencia”, alabó el “amor fraternal”, y le agradeció a Dios por la “hermandad redescubierta” y por “el nuevo y más profundo entendimiento entre nosotros aquí en Roma”. Además, entregó en obsequio un ejemplar de una Torá del Museo Vaticano. En sus palabras de bienvenida, el rabino Elio Toaff aseguró que “Este gesto está destinado a ser recordado a lo largo de la historia”. En una recepción posterior a la visita se reunió con líderes judíos, entre ellos con Settima Spizzichino, la única mujer judía sobreviviente de la deportación de la judería romana de 1943.



En 1994, Juan Pablo II ofició de anfitrión para un concierto en la Ciudad del Vaticano en conmemoración del Iom Hashoá (Día del Holocausto). Por primera vez, el Gran Rabino de Italia Elio Toaff fue recibido como invitado de honor en una ceremonia vaticana. En un gesto diseñado para remarcar la igualdad entre ambas religiones, él y el Papa fueron sentados en tronos idénticos al lado del presidente italiano Oscar Luigi Scalfaro. El actor judeo-norteamericano Richard Dreyfuss rezó un Kaddish (plegaria hebrea en recordación de los difuntos) y la Orquesta Filarmónica Real de Londres tocó el Kol Nidré (plegaria rezada en el Día del Perdón judío). El organizador del concierto fue el conductor de orquesta judío Gilbert Levine, amigo del Papa desde los tiempos de ambos en Polonia. Ante cinco mil personas invitadas, sobrevivientes de la Shoá encendieron las velas del candelabro hebreo conocido como Menorá. Aquél es un símbolo de singular significado para los judíos y tiene resonancia especial con la historia antigua de Roma. Luego de la destrucción de Jerusalem, el candelabro original del Segundo Templo fue tomado por los conquistadores romanos y la imagen de ese momento quedó grabada en un arco triunfal construido por el emperador Tito en Roma. La actitud de Juan Pablo II de permitir la realización de un acto tan plagado de motivos y significado judíos al lado de la Basílica de San Pedro fue indudablemente un noble gesto de acercamiento entre las religiones.



Luego del fallecimiento de Juan Pablo II, el nuevo Papa dio señales de continuar la línea trazada por su antecesor al efectuar tres visitas en pocos años a tres sinagogas. La primera visita de Benedicto XVI a una sinagoga, en Colonia en 2005, fue simbólica en varios aspectos. Ésta había sido destruida durante la Kristallnacht en 1938 y fue reconstruida en 1959, esa fue la segunda visita de un Papa a un templo judío, y en particular se trataba de un pontífice que se había unido involuntariamente a la Juventud Hitleriana durante la guerra. En ocasión de su visita a la sinagoga de Nueva York en 2008, Benedicto XVI saludó a los presentes con un “Shalom” (tradicional salutación en Hebreo) y recordó que Jesús “rezó en un lugar como éste”. Al visitar la sinagoga de Roma en 2010, el Papa pidió que se sanen las heridas del antisemitismo y recordó a los judíos italianos deportados durante la guerra.



Estas instancias de acercamiento entre ambas religiones dan cuenta de la calidez con la que la vinculación, por momentos, se ha dado. Sin embargo, las desavenencias en la relación judeo-católica continuaron presentes a lo largo de los años y han tenido momentos de tensión particularmente aguda.



Así, en 1979 el Papa visitó Auschwitz, un acto verdaderamente trascendental. En su discurso, no obstante, omitió mencionar por nombre a los judíos allí exterminados. En 1985 el Vaticano emitió las Notas que explicaban como presentar a los judíos y al judaísmo a la luz de Nostra Aetate. Sin embargo, al año siguiente, Juan Pablo II se refirió a la responsabilidad judía en la muerte de Jesús en tres homilías cuaresmales. El mismo año, el Sumo Pontífice realizó una visita histórica a la sinagoga de Roma. En 1987 beatificó a Edith Stein, una judía conversa al catolicismo muerta en Auschwitz. En 1994, por primera vez el Papa ofició una ceremonia conmemorativa del Holocausto en el propio Vaticano. Unos meses más tarde, distinguió como Caballero Papal a Kurt Waldheim, un prominente diplomático internacional con un pasado nazi a cuestas. Durante su pontificado, Juan Pablo II hizo más que ningún otro pontífice en la historia papal para entablar puentes de diálogo con el pueblo judío, a punto tal que un conocido rabino lo definió como “el Papa de los judíos”. Aún así, cuando en 2004 se estrenó la película La Pasión, dirigida por Mel Gibson, la que presentaba a los judíos como responsables por la crucifixión de Jesús, se atribuyó al Papa haber dicho, después de ver el film en el Vaticano, “Es tal como fue”. A finales del mismo año, Juan Pablo II beatificó a Ann-Catherine Emmerich, cuyas visiones habían sido usadas como base para la película; lo que fue interpretado como una validación del mensaje del film.



Benedicto XVI visitó sinagogas en las que dijo cosas agradables a los oídos judíos, pero a mediados de 2007 emitió un Motu Proprio en el cuál validó el uso del Rito Tridentino del Viernes Santo de 1962, titulado Pro Conversione Iudaeorum (“Por la Conversión de los Judíos”). Al igual que su predecesor, fue a Auschwitz, en el 2006, pero evitó caracterizar a la Shoá explícitamente como un crimen del pueblo alemán contra los judíos, atribuyéndolo en su lugar “a un grupo de criminales que alcanzó el poder mediante falsas promesas”. Al poco tiempo de asumir, Benedicto XVI invitó al Rabino Principal de Roma a “continuar el diálogo y reforzar la cooperación con los hijos e hijas del pueblo de Israel”, pero -en vísperas del Día Internacional del Holocausto, en enero de 2009- el Papa levantó la excomunión que pesaba sobre cuatro obispos ultra-tradicionalistas opositores a las reformas del Concilio Vaticano II; entre ellos la del obispo británico Richard Williamson, negador del Holocausto y simpatizante de los Protocolos de los Sabios de Sión. Y así sucesivamente.



La tendencia del diálogo interreligioso es claramente auspiciosa, aún cuando se vea regularmente afectada por retrocesos amargos. El peso de dos mil años de historia compartida -no siempre amena, por decir lo mínimo- se hace sentir continuamente. Algunos desarrollos demandan nuestros aplausos, otros requieren ser aclarados por el bien del mismo diálogo. La aceptación de las diferencias insalvables, que las hay, es tan necesaria como el reconocimiento de los avances extraordinarios, prácticamente inéditos en dos mil años de interrelación. Católicos y judíos comienzan a transitar un nuevo siglo, y un nuevo milenio, con la certeza de próximos desafíos y con la esperanza de una relación armónica sustentada en los valores comunes de una tradición que constituye la piedra basal de la civilización occidental.



Autor de “Roma y Jerusalem: la política vaticana hacia el estado judío” (Debate: 2010)