domingo, 15 de septiembre de 2013
¿Judío? No entro en la definición
Yossi Sarid, rebelde a pesar de los años
Siempre estuve seguro de que era Judío, pero últimamente he empezado a dudarlo.
Soy hijo de una madre judía y de un padre con quien iba a la sinagoga de su mano. Vestí la tradicional camisa blanca en Shabbat y en los jaguim, en un tiempo donde Rehovot era un asentamiento agrícola y no un gran asentamiento urbano. En Tu Bishvat, honré a los árboles y encendí las velas de Janucá. En Purim giré mi dreidel sin parar para asustar a los enemigos de los Judíos y en la noche de Pascua, derramé mi ira sobre los gentiles.
En Shavuot, llevé mis primeros frutos a la celebración comunitaria.
Los documentos y fotografías que atestiguan todo lo anterior serán la prueba de mis dichos.
Ya no soy un niño. No tengo un padre que me lleve de la mano a la Sinagoga. Rehovot hace mucho tiempo dejó de ser un asentamiento agrícola.
El blanco de mi camisa no es tan brillante.
Ya no visito la sinagoga en Rosh Hashaná con sus sonidos distintivos del shofar: el prolongado tekiya , el shevarim en tres partes, y la truah staccato de nueve partes .
Hoy el sonido del shofar me aturde un poco. Hablo hebreo pero no el mismo idioma que algunos de mis conciudadanos. No fue hace tanto que nuestra convivencia era pacífica. La voz de la sangre no nos enceguecía con su grito ancestral. Pero ahora, los legisladores han dado un nuevo golpe a la pacífica convivencia entre judíos. Una vez más insisten en presentar un proyecto de ley que reafirme el carácter judío del Estado. Han decidido que la religión debe ser más fuerte que la república. La democracia tendrá que dejar su espacio a los sacerdotes y eruditos.
Nací judío porque mi madre era judía. Tal vez mi padre no haya tenido mayor emoción que el día que me circuncidaron.
Nunca se me ocurrió cambiar mi identidad, al igual que el danés no dejará de ser dinamarqués aunque algo huela a podrido en Dinamarca.
Por otro lado nunca estuve particularmente impresionado por mi árbol genealógico. Después de todo cada niño nace en alguna nación y para él es la mejor del mundo. No elegimos nuestra identidad, la obtuvimos por nacimiento.
Somos Judíos gracias a nuestros padres. Por lo tanto, es especialmente importante tener en cuenta al extranjero que vive entre nosotros, que nos ha elegido de entre todas las naciones del mundo.
Esta es la razón por la cual la Torá subraya sus derechos, ya que son nuestros pares. Ellos eligieron vivir entre nosotros. Su mérito es más grande. Su elección es más meritoria que nuestro nacimiento casual.
La conciencia supera la herencia. La razón puede más que la sangre.
Qué bueno sería que seamos nosotros y no la ley quien determine quien es judío.
A veces es mejor cuidar una viña ajena que arruinar la propia.
¿Quién querría vivir en un estado que besa las mezuzot fijadas a las puertas de la patria judía, pero se niega a aceptar a los que tienen una fe distinta?
¿Acaso queremos vivir en un estado donde la etnicidad sea un precipicio al borde de un volcán en erupción? Un Estado donde la religión oficial sea la de la mayoría en perjuicio de las minorías. Un Estado donde la halajá sea más importante que las normas de convivencia republicana?
¿Quién quiere vivir en una sociedad donde los demócratas nos sintamos tan incómodos como cuando nos afecta una enfermedad cutánea? ¿Es preferible darle un carácter judío al Estado, aunque ello nos implique que las máscaras de gas formen parte del paisaje?
Si esto es ser judío entonces no entro en la definición.
http://www.mensuarioidentidad.com.uy/israel_en_profundidad/1388