miércoles, 18 de septiembre de 2013

SIRIA: DE SANGRIENTA CRISIS INTRANACIONAL A CONFLICTO INTERNACIONAL Por: Agustin Ulanovsky

El reciente acuerdo alcanzado en Ginebra entre Estados Unidos y Rusia sobre cómo resolver la crisis de las armas químicas sirias no puede tapar el bosque. Si bien los Secretarios de Estado John Kerry y Sergei Lavrov coincidieron en exigir al gobierno de Damasco que ofrezca una lista con el total de armamento tóxico con el que cuenta, los ponga progresivamente bajo control de las Naciones Unidas y permita el ingreso de inspectores internacionales, ello no supone el final del sangriento conflicto en Siria ni mucho menos. Las frenéticas negociaciones se iniciaron tras el controvertido ataque con armas químicas en Damasco el pasado 21 de agosto, que supusieron cruzar la “línea roja” que Barack Obama había fijado para ordenar una intervención militar en el convulsionado país árabe. Si bien fue el propio Secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki Moon, quien afirmó que había sido el Presidente de Siria Bashar Asad quien cometió crímenes contra la humanidad y utilizó armas químicas, los responsables del ataque aún no están claros en tanto el gobierno sirio insiste en negar su responsabilidad y Rusia señala a los rebeldes como los autores del ataque con gas venenoso. Sin embargo, comencemos por señalar lo obvio: si potencias de la talla de Estados Unidos, China, Rusia, Francia y Gran Bretaña se ven arrastradas a tratar este tema, que procuraron esquivar durante más de dos años, es porque el mismo alcanzó ciertas dimensiones que afectan sus propios intereses en la región.El presente conflicto en Siria se desató durante la (mal) llamada “Primavera árabe” en marzo del 2011. El régimen de Assad, que había nacido durante el golpe del padre del actual mandatario en 1970 y que Bashar heredó en el 2000, comenzó sufriendo los reclamos pacíficos por mayor apertura democrática y mejores condiciones de vida; sin embargo, las represiones del gobierno fueron radicalizando el panorama y dando lugar a un sangriento conflicto entre las Fuerzas Armadas y el disidente Ejército Libre de Siria.La guerra fue haciendo notorio las profundas divisiones étnicas dentro de la propia Siria, en la que conviven sunitas (tres cuartas partes de la población), alawitas (rama chiita a la que Assad pertenece, que comprende a solo el 13% de la población de Siria y que controla férreamente los resortes del poder) y kurdos, entre otros. Precisamente, estas características del conflicto en Siria no son menores en tanto fueron determinando que un conflicto que nació como nacional se regionalizara en tanto despertó el interés y apoyo de países como Irán (líder de la corriente chiita y aliada al Presidente sirio), Turquía (vecina de Siria y aliado de las fuerzas rebeldes en el norte del país) y Arabia Saudita (referente del sector sunita y principal financista de los disidentes) por el liderazgo del mundo musulmán.El agravamiento del conflicto y el trágico aumento de las víctimas (los números oficiales hablan de más de 100.000 muertos y 3.000.000 de refugiados) no perturbaron a Obama, quien se resistió a intervenir en este conflicto en el que no vislumbraba ningún interés estratégico de Estados Unidos en juego pero sí muchos riesgos parecidos a los que su país sufrió en las pasadas incursiones en Afganistán e Irak. Sin embargo, su compromiso asumido públicamente de que la utilización de armas químicas no era una opción tolerable para Estados Unidos lo obligaron a reaccionar no tanto para frenar la matanza de civiles o cambiar el rumbo de la guerra civil sino para mostrar credibilidad en su amenaza a Assad y principalmente a su principal socio Irán, en tiempos en los que intensifica su amenaza militar por el plan nuclear de los persas.Bajo este panorama, uno de los principales problemas que tiene el presidente norteamericano es que no encuentra aliados lo suficientemente fuertes y confiables de encargarse de una Siria sin Assad, siendo su principal temor el generar un foco anárquico y desestabilizador en una zona vital para los intereses de Estados Unidos. Obama desconfía profundamente de los rebeldes sirios puesto que sabe que en su mayoría están integrados por extremistas islámicos (incluido Al Qaeda) y teme que un potencial ataque norteamericano contra Siria habilite a estos radicales a apropiarse de las armas químicas que hoy posee Assad. A su vez, vislumbra que una posible acción norteamericana podría llevar al desesperado gobierno sirio a atacar a sus aliados Israel y Turquía, desencadenando un conflicto de impredecible magnitud y consecuencias.En este sentido, el general James Mattis, responsable hasta hace unos meses de las tropas estadounidenses en Oriente Próximo, advirtió que “si Estados Unidos se involucra, ésta va a ser una guerra muy seria y sin limitaciones”, contradiciendo al gobierno demócrata que pregona un ataque limitado y de corta duración. En resumen, Estados Unidos parece atrapado entre la disyuntiva de perder credibilidad y poder disuasorio en un mundo que evidencia cada vez más la ineficacia de su extraordinario poder militar o iniciar una operación militar cuya escala, objetivos y perspectivas aún no están claros.Por su parte, Rusia se ha opuesto frontalmente a la posición norteamericana en tanto Putin, en un artículo publicado en el prestigioso The New York Times, ha sostenido que “los rebeldes han sido los autores del ataque con gas venenoso para provocar una intervención en Siria” y alertado que un ataque norteamericano “desataría una nueva ola de terrorismo”. Bajo la premisa de la no intervención en asuntos internos y la necesidad de consensuar una decisión del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, Putin parece decidido a postergar cualquier acción norteamericana en procura de defender a su aliado Assad.Hasta el momento la intervención política de Rusia y las dudas sobre las bondades de una acción militar parecen lo suficientemente efectivas como para disuadir a Obama de atacar a Assad. Sin embargo, las futuras dinámicas de la guerra, los fuertes intereses en juego y los impactos que puedan tener las catástrofes humanitarias de este conflicto en la opinión pública mundial dan cuenta de la única certeza que hoy arroja el conflicto en Siria: hablamos ya de un conflicto internacional cuyo destino y final involucrará a las grandes potencias globales.