viernes, 27 de mayo de 2016

Behar(Levítico 25:1-26:2)


Orientándonos hacia la dirección correcta

En la porción de esta semana, la Torá introduce las leyes de Shemitá, leyes que básicamente prohíben toda forma de actividad agrícola productiva cada siete años.
Dios le habló a Moshé en el Monte Sinaí diciendo: Habla a los hijos de Israel y diles: Cuando entren a la tierra que les he dado, la tierra deberá observar un Shabat para Dios” (Levítico 25:1-4).
Sin embargo, Rashi no entiende por que la Torá identificó al Monte Sinaí como el lugar donde el mandamiento de Shemitá fue entregado.Shemitá es la única mitzvá de las 613 cuya instrucción está asociada a un lugar específico, ya sea el Monte Sinaí o cualquier otro lugar. Rashi intenta explicar de una manera muy apropiada por qué la ley deShemitá recibió tanto honor, y su respuesta es uno de sus comentarios más famosos en todo el Jumash:
¿Cuál es la relación entre la ley de Shemitá y el Monte Sinaí? Ciertamente, todas las leyes de la Torá fueron entregadas en el Monte Sinaí. [La respuesta es que la Torá relacionó la ley deShemitá con el Monte Sinaí] para enseñarte que así como todos los detalles de la ley de Shemitá fueron entregados en Sinaí, así también se entregaron todos los detalles del resto de las mitzvot.
Pero otros comentaristas notan (ver Or Hajaim) que Rashi no contesta realmente la pregunta. Él explicó la necesidad de elegir una de las 613 mitzvot para informarnos que el origen de todas las mitzvot fue en Sinaí, pero no explicó por qué Shemitá fue elegida de entre todas las mitzvot para cumplir con este propósito. ¿Acaso debemos asumir que su selección fue una mera coincidencia?
Intentaremos explicar la relación especial entre Shemitá y Sinaí en este ensayo 
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Mandamientos increíbles

Es común resaltar que Shemitá es una mitzvá increíblemente poderosa; casi por sí sola, tiene el poder de demostrar que la Torá debe haberse originado en el cielo. Ningún ser humano en una sociedad agrícola —como era la realidad de prácticamente todas las personas en los tiempos Bíblicos— podría jamás haber ideado las leyes de Shemitá. Renunciar a una cosecha completa una vez cada siete años, y dos años de cosecha seguidos una vez cada cincuenta años, en un período de la historia donde la tasa de supervivencia era baja, no sólo constituiría un suicidio económico, sino que acarrearía también una seria amenaza de hambruna.
La única forma de implementar el mandamiento de Shemitá en el mundo real es bajo las condiciones que la Torá misma describe:
Y si vas a decir, ‘¿Qué comeremos en el séptimo año? ¡He aquí que no plantaremos ni recolectaremos nuestras cosechas!’. Entonces, Yo decretaré Mi bendición para ustedes en el sexto año, y éste producirá una cosecha suficiente para un período de tres años. Plantarán en el octavo año, pero comerán de la cosecha antigua; hasta el noveno año, hasta la llegada de su cosecha, comerán de la antigua” (Levítico 25:20-22).
Sólo alguien que realmente tenía una relación directa con Dios podría haber garantizado tal cosa. Ninguna secta rabínica interesada en crear una nueva religión habría osado inventar tal mandamiento, dado que la mencionada garantía debía cumplirse para que fuera posible su observancia —y nadie podía asegurar tal cosa— por lo tanto, se desprende que sólo Dios podía haberla emitido. Luego, de cierta forma, la conexión entre Shemitá y el Monte Sinaí se torna evidente. La misma existencia del mandamiento de Shemitá testifica acerca de la veracidad de nuestro encuentro con Dios en Sinaí.
Examinemos a continuación las profundas ramificaciones de esto. 
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Dos universos diferentes

Siempre leemos esta porción de la Torá durante los días de la cuenta del Omer, el período de preparación para recibir la Torá en Shavuot. Esto no es una mera coincidencia; la aceptación del deber de observar las leyes de Shemitá es una parte muy importante de este proceso de preparación
Es fácil pensar que la vida de un judío que observa los mandamientos de la Torá es básicamente igual a cualquier otra. Superficialmente la única diferencia visible entre el judío observante y una persona secular es que él tiene más deberes y responsabilidades, y menos tiempo de esparcimiento. Pero la verdad dista mucho de esta apariencia superficial; de hecho el judío observante de Torá vive en un mundo distinto que una persona secular. Ambos pueden habitar el mismo planeta, pero sus vidas se desarrollan en universos separados.
Para apreciar el significado de esto, estudiemos la conexión del año de Shemitá con el concepto de Shabat.
"Pero el séptimo año será un completo descanso para la tierra, un Shabat para Dios” (Levítico 25:4)
Najmánides explica que en realidad existen tres tipos de Shabat:
  1. Por un lado tenemos el Shabat una vez cada siete días que representa el fin del trabajo de toda creación física; éste es el Shabat de las semanas.
  1. Shemitá es el Shabat que ocurre una vez cada siete años; este es el Shabat embebido en la historia; representa el final de los tiempos cuando Dios podrá descansar de la labor de dirigir la historia de la humanidad hacia su destino final de la misma manera en que el Shabat semanal fue el día de descanso para Dios de la labor de la creación física; el Shabat de Shemitá es reminiscente del Mundo Mesiánico.
  1. El año de Jubileo presenta el Shabat como el punto de contacto de la creación con Dios; ocurre una vez cada cincuenta años y representa el Shabat del mundo superior, el mundo al que se refiere el primero de todos los versículos del libro de Génesis. Estrictamente hablando, pertenece a la dimensión del ‘ocho’, más allá del siete (es decir, más allá de este mundo).
Veamos entonces si podemos desenmarañar un poco la relación especial entre Shemitá y Shabat.
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La política post-diluvio

Al terminar el diluvio, Dios le dice a Noaj:
Mientras la tierra permanezca, la siembra y la siega, el frío y el calor, el verano y el invierno, el día y la noche, nunca cesarán”(Génesis 8:22).
El Talmud (Sanedrín 58b) aprende de este versículo que a un ben Noaj —literalmente un ‘descendiente de Noaj’, es decir un no judío que está obligado a observar las siete leyes noájidas— no se le permite “detenerse” en Shabat. Él tiene prohibido observar el Shabat. De hecho, en la práctica, a los potenciales conversos que aún son considerados bnei Noaj de acuerdo a la ley judía, y que comienzan a observar las leyes de Shabat como parte de su preparación hacia la conversión, se les instruye cometer un pequeño acto de profanación de las leyes de Shabat en forma deliberada de manera de no violar la prohibición que hay sobre un ben Noaj de observar el Shabat.
Esta regla no es un mero tecnicismo, sino que es la misma esencia de Shabat, como está estipulado en la plegaria de la Amidá que recitamos cada Shabat:
No se lo diste... (el Shabat) a las naciones de la tierra, ni lo hiciste la herencia de los idólatras. Y en su descanso no descansarán los incircuncisos. Pues para Israel, Tu pueblo Tú lo has dado con amor, a la semilla de Yaakov a quien Tú has escogido.
Pero, ¿por qué es esto? ¿Qué posible daño podría ocurrir si un no judío —un ben Noaj— observa el Shabat? 
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Cuando no puedes parar

Volvamos nuevamente a la norma post diluvio que impuso Dios.
Mientras la tierra permanezca, la siembra y la siega, el frío y el calor, el verano y el invierno, el día y la noche, nunca cesarán”(Génesis 8:22).
¿Cuáles son las implicaciones de que el mundo nunca se detendrá? Intentaremos explicarlo con la ayuda de una metáfora.
En estos tiempos hay más de una forma de volar un avión. Puedes volarlo de manera arcaica, donde el piloto humano realiza las maniobras desde el principio hasta el final, o puedes dejar tu aeronave en las competentes manos de un sistema de vuelo automatizado manejado por un computador. La práctica común en estos días es utilizar una mezcla de ambos sistemas, pero, a medida que avanza la tecnología, cada vez más sistemas están bajo el control de un computador. Y dado que es más rentable y gracias a los firmes avances en tecnología, en un futuro no tan lejano todos viajaremos en aviones totalmente dirigidos por computadoras.
En muchas formas, el piloto automático nos brinda un viaje mucho más suave y placentero. Es capaz de hacer ajustes de velocidad, rumbo y altitud a la velocidad de la luz, mientras que un piloto humano sólo puede reaccionar a las condiciones del clima, etc. con la velocidad de los reflejos humanos. Si de todas formas nos sentimos más seguros con un piloto humano es porque el piloto automático no puede pensar. Primero que nada, no tiene ninguna noción de por qué el avión está en vuelo, cuál es su destino, o cuál es el riesgo de su misión. No puede cambiar sus políticas ni tampoco reevaluar sus objetivos en pleno vuelo.
Dios creó un universo que también puede funcionar de estas dos formas. Inicialmente lo piloteaba Él mismo. Pero dado que Él estaba involucrado personalmente con los pasajeros, las transgresiones de los pasajeros dañaron el vínculo entre los humanos y el piloto, a tal punto que en un momento dado Dios decidió abortar el viaje (el Diluvio). Ahora bien, todo el tiempo que Él retuviera el control de esta Aeronave Universal no había ninguna forma de garantizar que esto (el Diluvio) no ocurriría de nuevo.
Entonces, Dios decidió retirarse de los controles y puso al universo en piloto automático. Su política post diluvio entonces significó el anuncio a Noaj que a partir de ese minuto Él no estaría directamente involucrado en el fluir de las estaciones, etc. De esta forma, el comportamiento de la especie humana no volvería a ser juzgado bajo la óptica de “vivir en una relación íntima y continua con Dios”. Las transgresiones de los humanos entonces no tendrían ningún impacto en el funcionamiento del universo y Dios podría de esta forma garantizar que jamás ocurrirá un segundo diluvio.
Pero este cambio en la normativa tuvo también un lado negativo. Mientras Dios estaba en el asiento del piloto, el universo se dirigía hacia un destino, pero ahora que se encuentra en piloto automático, el mundo gira sin fin bajo el control de un sistema automatizado que no toma en cuenta ideas como ‘propósito’ y ‘destino’. Este viaje no tiene un sistema de ‘stop’ incorporado. Sólo terminará cuando alguien decida deshacerse del interruptor del piloto automático. En tal universo no existe Shabat.
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El universo del pacto

La esencia del pacto de Dios con Abraham consiste en la promesa de que él —Abraham— nunca sería sometido al control de este computador universal. En la primera conversación con Abraham, Dios lo remueve de este universo que funciona en piloto automático.
"Dios le dijo a Abram, ‘Vete para ti desde tu propia tierra, de tus parientes, y de la casa de tu padre hacia la tierra que Yo he de mostrarte. Y te convertiré en una gran nación; te bendeciré, y haré tu nombre grande, y serás bendición. Bendeciré a aquellos que te bendigan, y aquél que te maldiga Yo lo maldeciré; y todas las familias de la tierra serán bendecidas a través de ti’”(Génesis 12:1-3).
El universo de Abraham tiene tanto los pros como los contras del mundo pre Diluvio. Su universo es piloteado directamente por Dios; es “manejado por una relación” en vez de “guiado por un computador”. Esto significa que tiene un propósito y un destino. Quien tiene los controles lo está guiando de manera que alcance su destino y llegue a un ‘alto’, un ‘stop’. Dado que el concepto de ‘stop’ está integrado en este universo, tal universo también contiene el Shabat
Por otro lado, este universo es sensible a las transgresiones. La historia ha demostrado que los judíos son mucho más vulnerables a holocaustos y exterminios que el resto de los pueblos. “Nuestro mundo” ha llegado a un fin en más de una ocasión. Nuestra relación con Dios, dado que es tan personal, tiene los altos y bajos de todas las relaciones humanas. Tenemos la seguridad de saber que nuestro Omnipotente y Omnisciente piloto nos conducirá de alguna manera a nuestro destino, pero Él a menudo decide en Su sabiduría que en determinado caso es mejor volar a través de la tormenta en vez de evadirla. 
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La teoría de los universos paralelos

Vivimos en una era donde la idea de universos paralelos es científicamente respetable. Una de las sugerencias enunciadas por eminentes físicos como solución de la Paradoja de Schrodinger (experimento mental planteado como contradicción a la teoría cuántica, en el cual un gato dentro de una caja bombardeada por electrones, debería estar al mismo tiempo vivo y muerto) es la teoría de que cada salto cuántico (cambio de estado de los electrones) genera al menos un universo paralelo. La teoría de que los hijos de Noaj y los de Abraham viven en universos paralelos no es una sugerencia extravagante en los círculos intelectuales de hoy.
A menudo hemos expuesto el obvio hecho de que un universo creado no tiene inercia. No estará automáticamente aquí mañana simplemente porque existe hoy. La creación es un acto de voluntad, la voluntad de Dios para ser precisos, y la voluntad de cualquier criatura pensante, incluso una criatura en nuestro nivel, no tiene inercia. La creación necesita entonces constante renovación. Dicha renovación debe venir de la fuente: la voluntad de Dios. Para gente que vive en universos paralelos, la ruta para la renovación no es necesariamente idéntica.
Primero veamos la ruta de la renovación judía
"Dios bendijo el séptimo día y lo santificó, porque en él se abstuvo de toda la obra que Él había creado y hecho” (Génesis 2:3).
Rashi nos dice:
El santificó [el Shabat] con el maná. Todos los días de la semana, una medida caía para cada persona, pero los viernes caía una porción doble… en el Shabat, el maná no caía del todo.
Debería ser obvio que la fuente de toda bendición material en un universo controlado por Dios es también el punto de destino; después de todo, toda la razón de por qué Dios mismo maneja los controles es para asegurarse de que el mundo llegue a su destino. El destino es representado en el mundo de hoy por el día en el que el mundo se detiene, Shabat.
Para enfatizar el hecho de que Shabat es la fuente de todo el maná que cae durante el resto de la semana, en Shabat no caía nada, mientras que el viernes caía una porción doble. Shabat es la “vasija” que contiene la bendición. Cuando la bendición es vertida puedes únicamente detectar el flujo si te encuentras fuera del utensilio desde el cual se está vertiendo. Si estuvieras sentado dentro de tal “vasija” nadando en la bendición, el flujo de bendición sería invisible para ti.
En Shabat, nosotros los judíos, que estamos viajando en este universo controlado por un piloto hemos llegado a un ‘alto’ que es reminiscente de nuestro destino final. Estamos sentados dentro de la “vasija” de bendiciones, inmersos en la atmósfera del Mundo Venidero. No tenemos ninguna necesidad de la bendición que está siendo vertida en el mundo material porque no estamos ahí. Hemos abandonado temporalmente el mundo para entrar en el mundo de Shabat. El maná no fluye ahí, fluye desde ahí; no hay maná en Shabat.
Para nosotros los comedores de maná, que estamos personalmente involucrados con Dios y somos mantenidos por su propia bendición personal, la fuente de bendición material no es el universo que Dios puso en piloto automático. Nuestro viaje tiene un destino. El propósito de mantenernos y de renovar la creación para nosotros es sólo para asegurar que estemos vivos y bien al final del viaje. La fuente de nuestra renovación es el Shabat, un día reminiscente del punto de destino.
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Renovando el universo paralelo

Hemos llegado al punto en que los universos paralelos de los bnei Noaj y los hijos de Abraham comienzan a divergir. La esencia del mensaje en la declaración post Diluvio emitida por Dios de que el mundo noájida nunca cesaría de girar tiene que ver con esta idea de renovación. La garantía Divina de renovación permanente se traduce en que la energía de tal renovación fue “programada” en el universo noájida hasta el final de los tiempos. Después de todo, la decisión Divina de desligarse fue precisamente para proteger al mundo de la destrucción.
Los orígenes de la vida están en polos opuestos para el judío observante de Torá y para el no judío, el ben Noaj. El no judío obtiene energía de vida a partir del universo que Dios creó; su sustento viene de la actividad, del permanente y ordenado movimiento de la naturaleza. Si su mundo se detuviera alguna vez, él dejaría de existir completamente. Él no puede manipular la renovación del universo material por medio de ser un observante de Shabat.
El judío observante de Torá deriva su existencia del destino final del mundo, desde el punto donde toda la humanidad volverá nuevamente a ser una parte inseparable de la esencia misma de Dios. Su bendición viene de la no-actividad, del cese total de toda acción. El debe, entonces, observar el Shabat para mantener su conexión con la fuente de su existencia.
La respuesta al problema que enunciamos es sorprendentemente clara. La seguridad del mundo noájida está basada en su habilidad de funcionar sin el contacto con Shabat. Por otro lado la descendencia de Abraham sólo puede sobrevivir observando Shabat. La renovación que viene del Shabat implicaría el fin del mundo noájida por completo. Tan pronto como hiciera contacto con el Shabat, el piloto automático dejaría de funcionar; su universo colapsaría por completo y desaparecería en un segundo Diluvio.
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El punto de intersección

Pero el Shabat es más que un símbolo del punto de destino. Dios diseñó el universo de manera tal que fuera obvio que el Shabat es el punto de intersección entre los dos universos paralelos
Todas las cosas materiales tienen seis lados. Los objetos físicos tienen una altura y un fondo y cierto espesor, de otra manera no podrían estar insertados en un espacio tridimensional. Sin embargo, los cuerpos sólidos tienen un punto metafísico, su centro. El centro es quizás el punto más importante y útil en un objeto en términos de cálculos, como cualquiera que haya intentado encontrar el centro de gravedad o haya tomado cualquier tipo de curso en geometría, trigonometría o física.
Dicho esto, mientras un objeto tenga cierta extensión siempre tendrá seis lados. A medida que lo puedes hacer más y más pequeño se estrechará y encogerá hacia un único punto indivisible. Pero este punto es el límite. Alcanzarlo significaría escapar del mundo de lo material y entrar en la esfera de lo espiritual. Este punto localizado en el límite físico de todas las cosas es la séptima dimensión de los objetos físicos. Es el punto imaginario en el centro de todas las cosas y es el punto representado por el Shabat.
La conexión con lo santo está localizada en este centro de existencia. Cuando necesitas llegar a un lugar estás en movimiento. Cuando llegas a tu destino descansas. El centro es santo porque siempre está en reposo. Del estudio del universo sabemos que todo está en constante movimiento, y casi todo fenómeno observado está en órbita, girando en torno a ellos mismos, en torno a sus soles, al centro de sus constelaciones, y al centro del universo conocido.
A medida que los objetos giran en torno a sus ejes, el eje mismo permanece fijo, totalmente en reposo en términos del resto del mundo material. Las fuerzas dinámicas que operan en el resto del mundo natural no afectan al punto central —el punto alrededor del cual todo el movimiento se desarrolla pero que al mismo tiempo se encuentra bajo el control de factores completamente diferentes—. El profundo simbolismo de Shabat nos rodea por todos lados
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Bajando del avión

Nosotros los judíos —que somos pasajeros en el universo piloteado directamente por Dios— debemos tener en mente constantemente que estamos encaminados hacia un destino, y que el ‘stop’ final provee la justificación para todo el viaje. El piloto no volará un avión para pasajeros si ellos no están interesados en llegar a destino. Pero aquel que pretende llegar a destino debe pasar cierto tiempo preparándose para el viaje.
Dios ha decretado que la manera apropiada para hacer esto es observando las leyes de Shabat y Shemitá. La no observancia constituye viajar de “polizón” en el otro universo, aquel que no tiene un destino y que es manejado por el piloto automático, y la consecuencia es el exilio desde un universo al otro.
Como castigo por los pecados de inmoralidad sexual, idolatría y la no observancia de los años de Shemitá y Jubileo, los judíos son exiliados y otros vienen y se asientan en su lugar (Talmud, Shabbat 33a). Pero, ¿qué le pasa a la tierra?
"... entonces la tierra disfrutará de sus sabáticos durante todos los años de su desolación, mientras ustedes estén en la tierra de sus enemigos; así la tierra descansará y se apaciguará por sus sabáticos. Todos sus años de desolación descansará, lo que sea que no haya descansado durante los sabáticos cuando ustedes habitaban en ella” (Levítico 26:34-35).
El primer exilio a Babilonia, que duró un período de setenta años, fue exactamente tan largo como el número de años de Shemitá y Jubileo desde que el pueblo judío entró a la tierra de Israel. Puesto que nunca observaron la ley de Shemitá correctamente, tuvieron que sufrir un año de exilio por cada año de no observancia.
Como preparación para recibir la Torá nuevamente, debemos internalizar esta lección. 
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Honor judío

Ser un judío observante de Torá es un gran honor. El no judío puede observar la ley de Shemitá con la mayor de las dedicaciones, y nunca habrá una bendición en su cosecha del sexto año. Su universo está en piloto automático y no gana nada absteniéndose de trabajar la tierra. Por otro lado, cuando el judío se detiene en Shemitá y en Shabat, su no actividad le brinda un bienestar material mayor que el que le brindaría una enorme inversión de sudor y esfuerzo. Obviamente este es un gran honor, pero también existe un tremendo inconveniente.
Así como el no judío no puede unirse el universo judío a voluntad, de la misma manera, el judío no puede abandonar su universo. Sus ancestros, que se pararon en el monte Sinaí y establecieron un pacto con Dios, lo pusieron a él en el universo del Shabat. Ya sea que le guste o no, la fuente de su bienestar material viene del Shabat, del ‘stop’ que se produce cuando uno llega a destino, y no de la incesante actividad en este mundo.
Un judío que pierde su conexión con este universo por no observar la Torá, no adquiere inmediatamente el derecho a bajarse de este universo y sentarse en el otro universo como un pasajero cualquiera que haya comprado un ticket. Lo mejor que puede hacer es viajar de polizón, siempre a la merced de la gente que realmente pertenece a ese universo, tal como ampliamente atestiguan los últimos dos mil años de historia de nuestro pueblo.

Todas las tragedias recurrentes de la historia judía se originan en los fallidos intentos de grandes facciones del pueblo judío de descender de su propio universo y unirse al resto del mundo. Esto no puede hacerse sin terribles consecuencias. Y es una vergüenza que hayamos sufrido tanto en forma tan innecesaria, cuando el hecho de quedarnos en nuestro propio universo ofrece beneficios espirituales y comodidades materiales más allá de cualquier descripción como pago simplemente por aprender a dejar de correr.

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