Un reencuentro judío entre la Tierra Prometida y la Diáspora
Estábamos caminando por la calle Ben Yehuda de Tel Aviv. De esto hace muchos años. Fue en uno de nuestros primeros viajes a Israel.
Queríamos conocer todo. Cada lugar de la ciudad. Cada particularidad.
Por Martha Wolff
Pero fue por allá por 1972 caminando por la calle Ben Yehuda, que todavía era una réplica de los primeros negocios que se instalaron en la vieja Tel Aviv, donde tuvimos una experiencia también vieja como el tiempo sobre la historia dispersa de nuestro pueblo. La mayor parte de sus propietarios eran judíos provenientes de pequeños pueblitos o ghetos de Europa Oriental. Con pequeños capitales habían soñado comerciar en una arteria importante de la ciudad que empezaba a despertar de su calidad de aldea a metrópoli. La competencia que ya le hacía la parelela Avenida Dizengoff, apenas a tres cuadras, era evidente con comercios más modernos, más audaces en sus vidrieras que lo lograba por el despertar de Israel como país por el gentío de compras y por los concurridos cafés parisinos en sus veredas, costumbre europea que legaron los inmigrantes que llegaron a principio de siglo para tomar té o café con torta de queso a la hora señalada.
Entre los entretenimientos los turistas como nosotros entrábamos a los negocios con sus mercancías típicas mal expuestas que nos invitaba a revolverlas y luego practicar el deporte del regateo. En Tel Aviv esos comerciantes con aspecto de judíos mercachifles con espíritu ciudadano daban lástima y simpatía la vez. Entre polvo y anarquía se solía encontrabar judaicas baratas para regalar porque llevar un souvenir de Israel a los parientes y amigos era como llevar un pedacito de la Tierra Prometida. Mi esposo sentía placer de verlos, de hablar con sus dueños, de averiguar de dónde habían venido, de escuchar sus historias y de recibir de remate al finalizar la conversación el orgullo que sentían de vivir en Israel. La pregunta que surgía matemáticamente después de ese acercamiento era porqué no hacíamos aliá (inmigrar a Israel). Entre el recorrido que iba de norte a sur y el regreso por la misma de sur a norte por la vereda de enfrente tuve un percance: se me rompió un taco. Rengueando seguimos hasta encontrar un zapatero. Encontramos uno cuyo local avanzaba sobre la vereda como las mirpezet (balcones cerrados) de los balcones en los pisos altos que prolongan las viviendas sobre las calles para aprovechar el espacio de buhardillas. El zapatero que nos tocó en suerte estaba sobre su molde de hierro clavando una suela. Nos preguntó que queríamos sin levantar la vista. Le mostré mi taco y por lo bajo al mismo tiempo le comenté algo a mi esposo. Fue al escuchar hablar en castellano que me contestó en ladino que me lo iba a reparar. Ese fue el comienzo nuevamente de una charla para averiguar de un lado y del otro de nuestros orígenes. El hablaba ladino porque era de Esmirna y nosotros castellano porque éramos argentinos. Peguntó cuántos judíos habían en nuestro país, si íbamos al templo, si comíamos kasher, cuántos hijos teníamos, en fin, la investigación típica de siempre de un judío a otro. Casi amigos cuando terminó su tares le quise pagar y me sorprendió al rechazar el dinero. A cambio nos pidió un favor. En su relato nos confesó que hacía treinta años no sabía nada de una hermana que vivía en Buenos Aires. Se habían peleado y él la extrañaba. No quería morir sin verla. Quería reconciliarse y recuperar esa parte de la familia. El precio del taco era hacerle la mitzvá (favor) de buscarla y contarle de nuestro encuentro. Le prometimos que lo haríamos y con un abrazo de hermanos nos despedimos. Guardé la dirección y mi esposo ante lo vivido me dijo: “Tenemos que cumplir esta mitzvá” . A los pocos días de nuestro regreso se acercaba Rosh Hashaná y pensé que era una fecha ideal para cumplir esa misión.y me fui a buscar a Rebeca Ashkenazi tal cual prometí .Ella vivía en La Boca. Ese barrio, según supe después fue lugar donde se afincaron judíos sefaradíes. Ya en la calle señalada pregunté por ella porque había algunas viviendas sin numerar. Al primer lugar que entré fue a un almacén y el dueño enseguida me señaló la casa agregando que la conocía y dijo que debía subir tres pisos. Era un conventillo con la ropa colgada en los patios y un bullicio de radios y televisores a todo volumen. Chicos que jugaban en la puerta me miraron con curiosidad y decidí emprender mi odisea. A medida que subía pensaba con qué cuadro me iba a encontrar. Cuando llegué de la puerta colgaba un hamsa (una mano con un ojo en el medio) lo me confirmó que estaba en una casa judía. No había timbre y golpee para a anunciarme. Una voz de mujer me dio la orden de entrar. Al cerrar una ristra de ajo con una cinta roja se balanceó ante el vaivén y el metal vibró junto a unas campanillas de bronce. La voz insistió con adelante, aquí en el fondo. Y una señora entrada en años y kilos me saludó. Con una cálida bienvenida me preguntó quién era. Antes de contestarle miré el puente de hierro negro famoso de La Boca que desde la ventana parecía enmarcado y los barcos, la chatarra y los botes con sus mástiles en movimiento del Riachuelo atrajeron también mi atención. Era un espectáculo que siempre había visitado y disfrutado cuando a veces como turista en mi propia ciudad me paseaba por esa tierra de genoveses con casas de chapa y madera y pintadas de colores bajo la inspiración de Quinquela Martín. Pero desde esa atalaya era la primera vez que experimentaba ver a la Boca desde arriba. Cuando me invitó a sentarme le conté del porqué de mi visita, de la promesa que le había hecho a su hermano y a medida que relataba la historia se fueron sumando a la escena varias personas que con ella vivían. Al finalizar Doña Rebeca irrumpió en un grito desgarrador. Repetía el nombre de su hermano como las lloronas en los velatorios acompañada por sus familiares que levantaban los brazos hacia el cielo agradeciendo a Dios esa noticia. Lo habían recuperado. Treinta años lo habían esperado y había llegado a través mío. Les mostré el papel donde estaba su nombre, su dirección y teléfono tanto de ella como de él. Doña Rebeca entre lágrimas y suspiros me bendijo. Ya más calmada una de sus hijas me sirvió café a la turca cuyo aroma neutralizaba el olor nauseabundo que subía del río. Y sin poder contenerse me detalló la razón de haber estado distanciados tanto tiempo. La emigración de cada uno de los hermanos a nuevas patrias se debió al antisemitismo y a la miseria. El único que se había ido a Israel fue el zapatero. Esa profesión que había heredado de su padre. Según ella fue él quien sin descansar hasta su muerte había deseado que los hermanos se volvieran a ver. Feliz y todavía asombrada de haber encontrado en mi ciudad a ese pariente perdido en la primera ciudad judía del mundo miré mis pies y me di cuenta que llevaba puesto los zapatos que el turco judío de Esmirna me había arreglado. Fue el mejor regalo de Rosh Hashaná que recibí para lograr este reencuentro de las Tribus Perdidas del Pueblo de Israel. |
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