domingo, 18 de agosto de 2013
El tablero de ajedrez
El tablero de ajedrez
La grandeza humana sí existe, y se manifiesta, precisamente cuando anula su prepotencia y trata de emular las Cualidades de D”s.
Rabino Daniel Oppenheimer
Sea Ud. un aficionado, o no, del ajedrez - uno de los juegos de ingenio más antiguos que se conocen hoy en día - sin duda lo habrá observado en alguna oportunidad: al comienzo del juego se encuentran de cada lado el rey y la reina, acompañados por 8 peones, dos alfiles, dos caballos y dos torres.
Cada una de estas piezas tiene su propio movimiento, y se le atribuyen según las reglas distintas cualidades y capacidades.
Y, más allá de de esas normas, está en el imaginario de cada uno el porqué de esos caracteres individuales de cada pieza, en el marco de una batalla en el reino medieval: los soldados (peones), los sacerdotes (alfiles), caballeros (caballos), las catapultas con forma de castillos (torres), y obviamente la poderosa reina (detrás de cada “gran” rey, hay una reina enérgica que decide las cuestiones por él...).
Pero sí: ahí están las dos torres, las fortalezas medievales, bastiones de un señor feudal, su refugio y demostración de más fortuna, riqueza, poder y su presumida omnipotencia.
Las torres gemelas
Pasaron ya varios años desde aquel día que el mundo entero quedó en shock: de manera mítica, pero asesina, un grupo de extremistas destruyó dos de los edificios más grandes del mundo, matando a miles de personas, y sembrando miedo en millones de personas que hasta ese momento se sentían “seguras”.
Nadie de los que ya eran lo suficientemente maduros en aquel momento para poder razonar, olvidará lo que sintió aquel día. Al dirigir la vista a la isla de Manhattan, era difícil creer que realmente esas torres no existían más.
Sin entrar en las consideraciones políticas y religiosas de quienes perpetraron este desastre, por cierto modificó temporalmente el quehacer diario de muchos y la confianza en el poder de las estructuras de seguridad de las llamadas “superpotencias”.
¿Qué son “super” - potencias?
Luego de la destrucción que ocurrió durante la segunda guerra mundial, se estableció un nuevo orden mundial, que se suponía evitaría volver a caer en la desgracia que acababa de acontecer.
Sin embargo, los vencedores de aquella guerra, desconfiaban uno del otro, y fueron creando rápidamente una enorme estructura bélica con armas cada vez más sofisticadas - tanques, aviones, submarinos atómicos, misiles, y armamento general - que alcanza para destruir a toda la humanidad varias veces...
En todas estas armas confiaban para protegerse los unos de los otros, y para así también preservar sus economías y recursos, y el mundo se acostumbró a esta nueva realidad, y la aparentemente imprescindible demostración de solidez y fortaleza en la que apoyarse para “sentirse seguro”.
De este lado del mundo, la economía fue progresando y uno de los centros más visibles de ese crecimiento se manifestó en la ciudad que albergaba enormes construcciones - templos de la religión monetaria - y como monumento más destacado entre esa gran ostentación de dominio, reinaban majestuosamente estas dos torres.
En realidad, éstas no eran más que un buen aprovechamiento del muy caro suelo de Manhattan, pero a los ojos del público, estos edificios elevados se convirtieron en el emblema que simbolizaba la ciudad más poderosa del mundo, el éxito de los logros materiales y comerciales, y un reflejo adecuado de la sociedad que bullía dentro de ellas, atontada en su búsqueda de posesiones terrenales.
Este estilo de vida ya se había convertido en lo “normal”, y no distaba de la tendencia generalizada de toda la gente, que aspira a pertenecer a la clase de los que poseen, y no a los que viven desprovistos de bienes materiales.
Nada pareciera “exagerado” en esa caza descontrolada por el confort y más confort.
Atrás quedaron los escrúpulos morales y consideraciones de si uno realmente necesita comprar algo, o si lo adquiere obsesivamente para ser visto por terceros. Ni siquiera habría una sensación de que algo está mal al medir a los demás según los aparatos electrónicos que usan, el coche que conducen, o el precio del reloj en sus muñecas…
Pero esas torres desaparecieron. Nos hicieron reflexionar por un momento: ¿estarían bien colocadas las prioridades de la vida que llevamos?...
Exactamente: por solo un momento, y nada más.
Pero los seres humanos no tenemos grandes deseos de recapacitar. No hay tiempo para ello. Muy pronto revertimos a nuestra cultura anterior, ya sin las torres físicas - pues en su sitio hay un parque - y muchos de quienes perpetraron el hecho fueron ya castigados.
Los deudos lloraron a los suyos, la seguridad en los aeropuertos se reforzó (sumando la obligación de quitarse el calzado...), y la cultura del mundo volvió a lo que era: “business as usual”.
La mentalidad, sin embargo, no se modificó para la gran mayoría de la gente.
La intención de este escrito no es definir presumidamente el motivo Di-vino que permitió aquella destrucción masiva. Solo me permito tomar unos minutos para considerar la regresión y reiteración de la vanidad humana de creerse invencible, tal como lo ha hecho tantas veces en la historia.
La historia de la omnipotencia humana
Ya transcurrieron 99 años de aquel fatídico naufragio. Respecto al enorme Titanic, decían que “ni siquiera D”s lo podría hundir”. Así fue la jactancia de quienes pusieron su confianza en un barco construido por hombres de carne y hueso.
Personajes del mundo entero viajaron especialmente a Inglaterra para participar de aquel primer viaje... que sería su único y, para la mayoría de sus pasajeros también su último viaje.
España era la principal potencia del mundo. El imperio de Carlos V se conocía como aquel en el que “nunca se ponía el sol”..., pues abarcaba gran parte de Europa y las Américas. Las pugnas e intereses entre los países crecieron y se llegó a una contienda. A fines del siglo XVI España había construido la enorme “armada invencible”, pero esta cayó despedazada a manos de Francis Drake.
En tiempos más recientes, el tercer Reich (imperio del vil Hitler, imaj shemó) se autodenominó el “Imperio de los mil años”. Todos recordamos el terrible daño que causó a nuestro pueblo en esos largos seis años que duró.
Sin embargo, todas estas expresiones de fuerza tienen un precursor vanidoso desde los tiempos más remotos.
Antes que todas estas, el primer rey de los humanos, Nimrod, pergeñó la construcción de una enorme torre - la Torre de Bavel - para desafiar a D”s, cuyo poder él ciertamente no desconocía (Bereshit 10:9).
Dijo, entonces, a su gente: “construyamos una ciudad y una torre con su cúspide en el cielo, y hagámonos una fama...” (Bereshit 11:3 - el desafío y la rebelión en Su contra consistía en intentar evitar que los seres humanos utilizaran su libre albedrío para optar por lo que realmente debían elegir: la entrega de la Torá a los humanos por parte de D”s). Solamente uno - entre todos los humanos de entonces - tuvo la valentía de desafiarlo: nuestro padre Avraham.
D”s no permitió que el proyecto se terminara de concretar, e impidió que siga adelante creando división entre los hombres.
No es nueva, entonces, la expresión presuntuosa de los seres humanos de creer que pueden sentirse prepotentes y soberanos frente a D”s.
Sin embargo, cada vez que eso sucede, D”s les recuerda la verdad.
La verdadera grandeza del ser humano
Sin embargo, no todo es tan así: la grandeza humana sí existe, y se manifiesta, precisamente cuando anula su prepotencia y trata de emular las Cualidades de D”s.
Avrémale Zelmanowitz trabajaba en el 27º de la torre norte. Aquella mañana se despidió con un fuerte abrazo - cosa inusual - de su hermano Yankel, después de la Tefilá.
En la oficina de Avrémale (él era programador de sistemas en la gigante prepaga Blue Cross-Blue Shield) trabajaba un hombre cuadriplégico que pesaba más de 130 kg. Ed Beyea, con quien el buen Avrémale había forjado una amistad.
Cuando el primer avión se estrelló contra esa torre, la señora que lo atendía, Erma volvía de traer un café, tosiendo por el humo. Sabía que no podía trasladar sola a Ed, y pidieron ayuda a los bomberos en medio del caos.
Avrémale le dijo que ella se salve, mientras él esperaría acompañando a Ed hasta que lleguen a llevarlo. Ed traspiraba terriblemente al ver cómo todos se escapaban mientras él no podía moverse. Solo su amigo “Abe” se quedó: un Kidush haShem sin igual.
Avrémale se comunicó con su cuñada, quien le rogó que se salve, pero él insistió en esperar. No sabemos qué sucedió luego…
Sus restos están enterrados en Har haZeitim junto a sus padres.
El presidente Bush, al dirigir las palabras a la nación, mencionó que los “americanos” demostraron ser generosos y bondadosos, ingeniosos y valientes…
“Observamos el carácter nacional en actos elocuentes de sacrificio. Dentro de las torres, un hombre podía haberse salvado, pero permaneció hasta el final para acompañar a su amigo cuadriplégico…”.
(“Reflections of the Maggid, de Rav Paysach Krohn, Artscoll/Mesorah)
Lo que sigue es un relato de Shamai Goldstein, miembro de Hatzalá - un servicio de paramédicos ortodoxos basado en el voluntariado.
“Escribo esto con un profundo agradecimiento a D”s, ¡por el simple hecho de que estoy en condiciones de escribir, y no que otros escriban sobre mí!
A medida que fuimos éramos enviados hacia las torres gemelas a raíz de “un incendio” - sin saber en qué nos estábamos metiendo - yo iba en una ambulancia Hatzalá de Manhattan. Desde la autopista en camino a Battery Tunnel, podíamos ver claramente la parte superior de las torres en llamas.
Al salir del túnel doblando a West St. vimos ya algunas víctimas dispersas por toda la calle. Vi también una parte del avión que parecía un motor, detrás de un coche quemado. Cuando nos acercamos, nos dijeron que estacionáramos la ambulancia al lado de las torres. Creo que estábamos justo detrás de ellas. Luego hubo un informe de que un tercer avión se dirigía hacia los edificios, por lo que volvimos a la ambulancia y nos alejamos un poco. después dijeron que todo estaba claro y que se debía estacionar la ambulancia en la calle detrás de las torres.
Estábamos a la espera de instrucciones del Centro de Comando, que se estaba estableciendo en el lobby de una de las torres. Mientras esperábamos, una gran cantidad de miembros Hatzalá se reunieron cerca de las ambulancias viendo arder las torres. Entre las torres y nosotros solo había un edificio. Desde allí empezamos a ver gente saltando a la muerte por las ventanas de las torres de pisos por debajo del fuego para escapar del calor insoportable del fuego. Fue una imagen que creo nunca olvidaré.
Comenzamos a recitar Tehilim (Salmos), sintiéndonos impotentes, a sabiendas de que no había nada que podíamos hacer, además de ver caer a la gente hacia su muerte.
Mientras esperábamos las instrucciones, escuchamos un tremendo estruendo, miré hacia arriba y vi una de las torres comenzando a desmoronarse directamente sobre nosotros. Junto a los demás, corrí para salvar mi vida. Aproximadamente a mitad de la cuadra ya estábamos en medio de una nube enorme de humo, polvo y escombros que nos había alcanzado. En ese momento todo se oscureció, tan oscuro que no podía ver siquiera un centímetro delante de mí. El humo y los escombros eran tan espesos que no podía respirar. Sólo lo puedo comparar a si pusiera la bolsa de aspiradora llena de polvo sobre la cabeza y uno tratara de ver y respirar con eso puesto. Era imposible mantener los ojos abiertos, pues se quemaban por todo lo que había en el aire.
Mientras corría, se me cortaba la respiración. ¡El aire era tan denso que podía cortar! Era como la plaga de oscuridad en Egipto.
A medida que corríamos, otro miembro Hatzalá tropezó y me detuve para ayudarlo a levantarse, y gracias a D”s se pudo incorporar. Creo que hubiese sido pisoteado en la estampida por la masa de gente corriendo sin ver dónde pisaba. Al mismo tiempo, me percaté de un handy en el suelo y lo recogí. Sabía que, al no saber qué caía de la torre y cuán lejos, tenía que encontrar un refugio,. Consideré esconderme debajo de un camión de bomberos, pero se hacía difícil respirar.
Estaba sin aliento y sabía que tenía que entrar a algún edificio. Me encontré ante un callejón y dejé de correr. Se estaba haciendo muy difícil respirar y estaba agitado por la corrida. Me senté y pensé: ¡esto era probablemente el final para mí!
Si seguía corriendo sin duda no iba a sobrevivir pues iba a necesitar mucho oxígeno y justamente eso es lo que escaseaba.
Debía de haber algún edificio en aquel patio, debía calmarme y encontrar una ventana para romper y entrar.
En ese momento oí gente gritando si había alguien cerca y respondí. Todavía no se podía ver nada. Estaba todo quieto, y no se escuchaba ni un sonido.
Mientras estuve sentado tratando de calmarme, un hombre grande se tropezó conmigo. Me preguntó si yo era una persona. Le dije que se aferrara a mí y que juntos sobreviviríamos. Nos asimos uno al otro y tanteamos el camino hacia la pared de un edificio. Tocamos una gran ventana y la seguimos esperanzados en encontrar alguna puerta.
Efectivamente, había una puerta de cristal cerrada. Tomé el Handy que encontré en la calle, que también “resultó ser” una radio (de doble del tamaño que una radio regular) de Hatzalá que alguien había perdido, y empecé a golpear el cristal esperando romperlo. Alguien respondió desde el interior, abrió la puerta y nos dejó entrar
Dentro del lobby de ese edificio estaba un poco mejor que afuera. Había luz y agua. Nos alojamos en ese lobby aproximadamente 15 minutos hasta que la segunda torre se derrumbó. Gracias a D”s tenía esa radio, y logré comunicarme para que los demás miembros de Hatzalá supieran que estaba vivo y en qué edificio estaba.
Era horrible escuchar a otros miembros de Hatzalá pidiendo ayuda por la radio sin saber exactamente dónde estaban y si iban a sobrevivir. Uno de ellos gritaba y lloraba que estaba atrapado y rodeado por el fuego por todos lados y no sabía dónde estaba. Pensando luego acerca de ese momento, escuchando sólo esa radio Hatzalá, sabíamos que estábamos siendo juzgados desde Arriba.
En ese momento se nos ordenó salir del edificio por temor a que también se colapse. Alguien repartió mascarillas contra el polvo. Mojé una camisa y la dividí por la mitad para dársela a un bombero a fin de que pudiéramos tener algo para tratar de filtrar el aire para poder respirar. Mientras corríamos hacia la calle de nuevo al caos, no sabíamos qué caería sobre nosotros. Vi una ambulancia de Hatzalá - la que me había traído a la ciudad y en la que tenía mi equipo de paramédico - y me metí en ella. Ya había otros miembros adentro. Todos necesitábamos urgentemente oxígeno, y estábamos cubiertos con escombros de pie a cabeza - al igual que la misma ambulancia.
Tuvimos que compartir las máscaras de oxígeno ya que todos la necesitábamos. Nos turnamos, y cada uno quería que el otro lo tuviera, diciendo: “Tú la necesitas más que yo” (¡Mi Ke’amjá Israel! - ¿Quién hay como Tu pueblo Israel?)
La ambulancia ya no andaba. Estábamos a una o dos cuadras de las torres, cerca del agua. La policía trajo botes, para transportar a la gente de Manhattan a Liberty Park en New Jersey. Yo sabía que tenía que salir de allí, pues tenía dificultad para respirar.
Me bajé de la ambulancia y me dirigí hacia los botes. Estaban permitiendo la entrada de mujeres y niños primero. Fui a la parte delantera de la fila y les dije que era un paramédico, y me dejaron que subiera al bote. Sentía impotencia tratando de ayudar a la gente sin mi equipo.
Había un bombero que no podía ver porque tenía llenos de escombros sus ojos. Encontré una botella de agua en el bote y traté de lavarle los ojos. Había una mujer que tenía una pierna rota. Otra persona tenía un ataque de asma. Hice lo que pude para ayudar a los que pude.
Cuando llegamos al Liberty Park, había una gran carpa dispuesta para los pacientes que traían los botes. Ayudé a algunos bomberos. Ayudé a Murphy, el jefe de los bomberos con dolor en el pecho. Le di un poco de oxígeno y logré que la ambulancia lo llevara a un hospital. Estaba muy agradecido a mí y a Hatzalá. Luego ayudé a otros pacientes durante una hora, hasta que yo mismo caí.
No había comido en todo el día, pues había estado en la sinagoga cuando respondí la llamada de Hatzalá, desde donde llevé a mis hijos a la escuela y luego fui directamente al centro de la ciudad. Recuerdo cómo camino a la ciudad había recitado el “Shemá”.
Me llevaron al hospital de Bayonne, donde el personal era increíble. No podían creer que habíamos sobrevivido. Un médico judío entró en la habitación, me miró y dijo: “¡Baruj Hashem!”.
En el hospital, me evaluaron rápidamente en la sala de emergencia con análisis de sangre y radiografía de tórax y todo se veía bien por lo que me dieron el alta. Llegaron otros miembros Hatzalá al hospital, y nos alegramos al vernos vivos. Dos de ellos habían estado entrando al edificio cuando se derrumb?…
Los milagros que todos advertimos como individuos y como grupo de Hatzalá son indescriptibles. El Jesed que todos vimos de HaShem no tiene límites. Gracias a D”s, todos los miembros Hatzalá se salvaron - algunos de ellos con fracturas en las extremidades, rasgu?os y contusiones - pero vivos!
(“From Rescuer to Rescued” - www.torah.org)
Hitbatlut- la sumisión del hombre frente a D”s
Lo que acabamos de narrar, habla de alturas que ninguna torre física puede lograr y se alcanza solamente en el terreno de la pureza del alma, que intenta emular al Todopoderoso en Sus cualidades, y que reconoce que su existencia es únicamente la expresión de la Voluntad de D”s, que es Quien nos colocó como humildes peones en este tablero terrenal, por lo que ?nicamente aspira a acercarse y unirse a él.
Rabí Iojanán (Meguilá 31.) dice que “en todo lugar en que se glorifica la Grandeza y del Poder de D”s, allí mismo se alude a Su humildad (y entrega) por los necesitados”.
La misma idea ya está expresada en Halel (Tehilim 113:5-7) “Quién es como D”s, que está establecido en lo alto, y Quien (no obstante) inclina Su Visión hacia el cielo y la tierra, (y) alza del polvo al mendigo, y de los escombros encumbra al indigente …”.
En Iom Kipur nos agachamos totalmente sobre nuestras caras extendiéndonos sobre el piso en un acto de total sometimiento a la Autoridad Di-vina, a la cual hemos desafiado, tal como lo hacían en el Bet haMikdash. Esto se denomina “Hitbatlut” (auto-anulación), el extremo opuesto de soberbia humana que cree poder enfrentarlo.
Comenzando ahora el camino anual que conduce a Iom Kipur, volvamos sobre las lecciones de la historia reciente, para recapacitar y absorber sus lecciones.
Fuente: Ajdut Informa Nº757