viernes, 11 de octubre de 2013

“Caminante, no hay caminos...: Abraham se hace al andar.”

BHN”V Es tiempo de partir, en la historia bíblica. Pero no es tiempo de abandonos sino de crecimiento y elecciones, en el que se empieza a delinear nuestro perfil como nación. Abraham -por ahora solo Abram- se echa a andar por caminos intransitados, desconocidos, no trazados. Lej Lejá -Vete para ti- resuena una y otra vez en nuestros oídos, en los de nuestros hijos y nuestros nietos. No es que “la historia vuelve a repetirse”. Es nuestra propia historia, la de su padre o, tal vez, la de su abuelo; o la suya propia... Miles y miles de vidas contadas, de personas que partieron de diferentes puertos o ciudades y recalaron aquí o en cualquier otro punto de la geografía del mundo. Lej Lejá es la historia judía plegada como en un pañuelo. Los caminos de Abraham son los nuestros, los de todas las épocas y sus generaciones. Siempre yendo hacia nosotros mismos, sin abandonar nada ni a nadie. “Para ti”, al decir de los sabios: “para tu bien y para tu placer...”, porque cumplir la Voluntad de D’s es en sí mismo el bien y el placer. Y cuando esa Voluntad hace coincidir nuestro camino con la tierra amada de Israel, entonces lo bueno y lo placentero alcanzan su mayor elevación y potencia. Allí está Abraham, precisamente, “bacoaj uba-foal”, es decir “en potencia (lo ideal) y en los hechos (lo real)”. En el momento de partir tiene setenta y cinco años. Al lector no advertido esto le parecerá imposible. Pero el que lee e intenta aprender, el hombre simple, cuya fe acompaña a su razón, rescata lo que se le insinúa y no se atiene solo a la letra o al sentido superficial de lo escrito. Los años no cuentan -parece decir el texto-, lo que cuenta es uno y sus aspiraciones. Abram ya ha recorrido mucho pero le falta aún más por recorrer. Coinciden en él tanto los hechos -foal-, que no son pocos, como su coaj, que no es menor ya que su potencialidad aparece aún intacta, según nuestra Torá. ¿En qué medida este gran hombre estará representando nuestro propio deseo y sueño de ser? ¿Hasta qué punto podemos reflejarnos todos nosotros, sin desmesuras, en Abram? ¿Ver cuánto en nosotros mismos permanece aún latente y sin realizar? ¿Cómo este Lej Lejá reverbera -hace ecos- en nuestros tímpanos aturdidos por tantos llamados, convocatorias, desafíos, en fin, tantas frustraciones que jamás llegaron a ser foal y permanecen sólo en el deseo de ser, en el coaj? ¡Cuántas preguntas genera Abram, aun desde su simple y primer nombre! ¿Qué será, entonces, cuando deba llamarlo Abraham? No son los nombres ni su complejidad los que impresionan, sino los logros y, por sobre todo, el modo de alcanzarlos. Abram no es para nada ejemplar. Es hombre y duda, piensa, siente y pregunta. Es mortal y teme. Por eso es más admirable. Demuestra que las distancias entre “lo real” y “lo ideal” son transitables, que es posible superarlas y que vale la pena intentarlo. El Todopoderoso se lo pide: “Lej Lejá”. “...Te haré un pueblo grande, Te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición”, continúa nuestro relato. Abrabanel, sabio judeo-español que encabezó la fila de judíos expulsados de España (¿Quién cómo él supo de partidas?), explica que “estas promesas fueron formuladas a Abram para disipar las dudas generadas por su partida”. El Todopoderoso, Quien conoce los pensamientos íntimos de cada ser humano -iodéa majashabot-, responde incluso a lo no dicho... ¡Qué admirable es el mundo bíblico! ¡Que aun se pueda hallar en él respuestas a preguntas nunca formuladas, pero que están dentro de uno aunque permanezcan inexpresadas! Sin embargo, y como dice la Hagadá de Pesaj, existe aquel hijo que “No sabe preguntar”. ¿Qué actitud tomar frente a aquel que tiene preguntas pero no sabe hacerlas? ¡No sabe preguntar! -dice la Hagadá. La respuesta no debe hacerse esperar: ¡at petaj lo! “Tienes la obligación -parece decir el texto- de abrirle el camino a las preguntas”. ¿Existe algún ser humano que no las tenga? Es necesario prestar atención. No se trata de decirle lo que debe preguntar sino de enseñarle a preguntar, que no es lo mismo. Aun fascinado, uno se pregunta si el mundo bíblico es real o ideal; corresponde que cada lector lo decida. Pero hay que volver a Abram. El Todopoderoso le abrió “la puerta”. Allí aparece Abram, un hombre, en su íntegra dimensión. Y habla, cuestiona e, incluso, ¡pone condiciones! No faltan las interpretaciones de nuestros sabios. Según ellos, el Patriarca no era un hombre interesado sólo en los favores Divinos sino alguien más grande, más sublime y más elevado. En el Midrash crean un diálogo hipotético pero muy sugestivo. De acuerdo a ellos, Abram habló con D’s y puso una condición antes de partir: que su esfuerzo, su derrotero, sus ideales y su lucha se vieran continuados... Abram pide a D’s continuidad para la obra que habría de emprender. El Santo Bendito Él le respondió: “Me has hecho un pedido demasiado grande. Es difícil determinar lo que será la descendencia del hombre. Hay elecciones, hay libertades, hay tropiezos. La garantía está en ti, Abram, pero... ¿y tus hijos? ¿Quién lo garantizará?” Esas son preguntas. “At petaj lo”, como vimos. D’s hará una excepción con Abram, tal vez porque su pedido fue un tanto inusual y atrevido. O, tal vez, porque es menester para el hombre de bien -ish ha-jesed- ver plasmada su propia bondad en vida. “Concédele la bondad -jésed- a Abraham”, recitamos en nuestra plegaria diaria. Y D’s se la concedió. Porque Abraham lo pidió, lo exigió, se lo puso como condición para conjugar lo “real” con lo “ideal”. Son ésos los caminos que se hacen al andar, como dice el poeta. En ese sentido, hacer los caminos es ponerles nuestro nombre como señal, como monumento, como compromiso que cada uno asume. Los caminos de Abraham tienen nombre propio. Será el camino de Itsjak; más tarde el de Iaacob... y así continuará en una interminable lista de nombres y hombres hasta llegar a su abuelo, a su padre, a Ud., a su hijo, a su nieto... Aquellos por quienes, íntimamente, estamos pidiendo que nos continúen. Ahora, tratemos de imaginar qué pensó nuestro abuelo al partir o, tal vez, que pensaron nuestros propios padres. “Rabót majasahbot be-leb ish”, dice el rey David en sus Tehilim: “Muchos son los pensamientos internos del ser humano”. Sin embargo: “...atsát HaShem hí takum”, “sólo el consejo de D’s habrá de cumplirse”. Y D’s sabe por qué. Rab. Dr. Mordejai Maraavi de su libro “Debarjá Iair” Rab. Oficial de la OLEI