viernes, 4 de abril de 2014

PARASHA SEMANAL

Dime cómo hablas y te diré quién eres…”

“Dime cómo hablas y te diré quién eres…”
BHN”V
Tercer Libro del Pentateuco es el “nivelador”, el puente imaginario tendido entre cielos
y tierra, que intenta mostrarnos y demostrarnos los caminos que conducen a servir a D’s,
pasando por las distintas “estaciones” terrenas, es decir, los seres humanos.
Sin duda, dentro de los temas centrales que ocupan a nuestras perashiot semana tras
semana, merece un apartado especial la calidad de la relación con nuestros prójimos.
No se puede ser “bueno” frente al Todopoderoso sin aprobar exámenes.
Es difícil la convivencia, sin lugar a dudas. Sobre todo es difícil cuando no vivimos solos,
cuando “todo” lo miramos con nuestros ojos y “todo” también lo “hablamos” con nuestras
bocas. La vida de relación genera opinión, lo que es muy bueno, pero a veces estas
“opiniones” son constructivas y otras, cuando la envidia, la ambición y la codicia actúan,
nos “sacan definitivamente de este mundo”, al decir de nuestros sabios. De allí los
riesgos.
Nuestra Vaikrá nos presenta una situación que es, en apariencia, común, si se tiene en
cuenta las conductas del ser humano, aunque es un tanto “atípica” en cuanto a su forma
y a los lugares de aparición. El texto nos enseña acerca de una enfermedad que atacaba
a la persona y que se podía instalar en su cuerpo, en sus ropas o en las paredes de su
hogar. Tsaráat es el nombre genérico de la afección (manchas en la piel, ropas o paredes)
Metsorá el nombre del afectado. Esa enfermedad llevaba al aislamiento de la
persona afectada y a su alejamiento del Campamento (recordemos que el pueblo hebreo
habitaba entonces en el desierto). También le era vedado el ingreso al Recinto del
Santuario, hasta tanto hubiera sido declarado “purificado” por el Sacerdote, que era el
que hacía el diagnóstico. Hasta aquí podríamos pensar que se trataba de alguna enfermedad
infecto-contagiosa pero, la verdad sea dicha, esta enfermedad no provocaba
contagio alguno, tal como se verifica al transcurrir el texto y al estudiar las diversas leyes
deducidas, posteriormente, en la Ley Oral y el Talmud. Entonces, ¿cómo alcanzar un
entendimiento de los hechos? ¿Frente a qué enfermedad estamos? ¿Por qué se plantea
el aislamiento del “enfermo”? Muchas son nuevamente las preguntas, pero ¿cuáles son
las respuestas?
Nuestros sabios -de bendita memoria-, que buscaron afanosamente descifrar los párrafos
“difíciles” de la Torá, nos dicen que Metsorá tiene que ver con un tipo muy especial
de personalidad, a la que le cabe -cambiando tan sólo los “puntitos” de las consonantes
(las vocales hebreas)- la denominación de Motsira, término que significa literalmente en
castellano: “El que saca mal (de su boca)”, es decir, la persona dedicada a calumniar, a
hablar mal gratuitamente de otra; en síntesis, a ejercer una vieja, ociosa y negativa costumbre,
a la cual la tradición bíblica definió como lashon ha-ra (lengua del mal o lengua
que calumnia).
Sugieren los sabios que esta conducta, deplorable y tendenciosa, comienza como una manifestación
dérmica en las personas aunque, lenta y progresivamente, sus ropas también se
“enferman” y, por último, hasta su propia “casa” lo hace. ¡Qué lección que se nos ofrece!
Cuando no tomamos “medidas a tiempo”, parece insinuársenos, el “avance” de los síntomas
resulta inevitable. “La calumnia -lashón hará- mata a tres personas: A quien la
dice, a quien la escucha y a aquel sobre quien se ha dicho”, sentenciaban los rabinos.
Resulta obvio, entonces, cuán grande e irreparable es el daño ocasionado.
A tal punto era grande el daño que, al decir del texto de la Torá, el Metsorá debía
abandonar el campamento del pueblo de Israel y llevar una existencia aislada. Era mirado
con desprecio y evitado por los demás, desde el momento que se lo consideraba “impuro”.
Los maestros del Talmud sostienen que esta “afección” -grave por sus consecuencias y
por los móviles que la promueven- tiene una profunda raíz social y, dado que el pecado
cometido es, precisamente, contra la sociedad, el castigo de quien la padece es permanecer
fuera de ella. Por no saber vivir en los límites que imponen la dignidad y la honorabilidad
humanas, por haber “barrido” con la esencia que hace a la relación con nuestro
prójimo, por haberle “quitado” un poco la vida, deberá apartarse.
Por suerte, la impunidad no forma parte del sistema de vida bíblico. ¡Qué mundo ideal
el de la Biblia!, estará Ud. pensando. Aunque, permítame decirle, en este caso ésta es la
realidad y la Torá ofrece soluciones reales. Quien transgrede un orden social debe quedar
temporalmente fuera de la sociedad, hasta que “se cure”, hasta que desaparezcan
las manchas, tsaráat, ya sea de su cuerpo, de sus vestimentas o de su propia casa.
En las Plegarias diarias -así como en cada Shabat-, al concluir la Oración individual llamada
Amidá, elevamos un pedido original al Todopoderoso: “Elokái, netsor leshoní me-rá,
usfatái midabér mirmá”. “D’s mío”, le pedimos, “preserva mi lengua del mal y a mis
labios del engaño y la mentira”.
Vale considerar y pensar acerca de todo esto, pero muchísimo más vale aún poner en
práctica el precepto: “Hajaim veha-mavet beiad ha-lashón”, “La vida y la muerte están en
manos de nuestra lengua”.

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