miércoles, 29 de abril de 2015

Nepal
Pilar Rahola
Cada año Nepal sufre un terremoto de las mismas dimensiones que el actual, en forma de miles de niñas que morirán a los quince o veinte años de sida, vendidas por sus propios padres, o cambiadas por un arado o una vaca.
Imagino que la saturación de imágenes irá pareja al horror que muestran. Y se hablará mucho, y con mucho dolor, de la tragedia que ha sufrido el Nepal.
Vienen días de búsqueda de cadáveres, de lucha por los supervivientes, de solidaridad, del mundo haciéndose pequeño para poder mostrar su alma grande.
Y durante unos días, Nepal será el centro de nuestros rezos porque la gente buena del mundo, que es mucha, se conmueve con la tragedia brutal, descarnada de miles de personas desaparecidas de golpe, zas, en segundos.
Y después, la devastación, las familias rotas, las casas destruidas, las rutas cortadas, los medicamentos escasos, el rosario de desastres que acompañan a un inmenso desastre.
No tengo duda de que la empatía con las víctimas de este terremoto letal es sincera, y ahí está el esfuerzo de miles de personas para ayudar por todas las vías posibles, dinero, desplazamiento, materiales, comida...
Sin embargo, pasará, y después de empatizar y dolernos y quizás llorar, nos olvidaremos de Nepal, como nos olvidamos de Haití, porque los paí-ses más pobres del mundo son invisibles a los ojos humanos
. Por ello mismo, sólo nos acordamos cuando reciben un mazazo de la naturaleza. Pero ¿y el mazazo diario, la extrema hambruna, la esclavitud infantil? Perdonen la contundencia, pero los datos que orga­nizaciones como Esther Benjamins Trust, que lucha contra la venta de niñas nepalíes para los circos de India, o de Anti-Slavery International, que lucha también contra la venta de niñas para el uso privado de jeques árabes y para los prostíbulos del Sudeste Asiático, son brutales.
Cada año Nepal sufre un terremoto de las mismas dimensiones que el actual, en forma de miles de niñas que morirán a los quince o veinte años de sida, vendidas por sus propios padres, o cambiadas por un arado o una vaca. Nepal es una herida que sangra cada día, abandonada a su desgracia por un mundo que se entusiasma con el Himalaya pero nunca fue capaz de llorar por su tragedia humana.
Por supuesto, el terremoto que ha sufrido me ha horrorizado, como a cualquier persona con alma.
Y la imagen de ese dolor sólo puede atemperarse un poco por la solidaridad internacional que se ha activado, especialmente, por cierto, del muy criticado Occidente. Porque, como ocurre en estos casos, los países del petrodólar no están, ni se les espera... Pero cuando haya pasado el primer impacto y lentamente se haya recuperado los cadáveres, y las familias hayan llorado a sus muertos, y el país vaya levantando de nuevo sus casas y sus carreteras, entonces, en ese momento fuera del foco, deberíamos volver a mirar a Nepal.
Y si miramos con las gafas de cerca, quizás veremos a esas familias con el hambre en las entrañas y a esas niñas de siete años tiradas en los burdeles de la esclavitud, usadas como si fueran objetos.
Y entonces, quizás entonces, sabremos que Nepal hace mucho que ­llora.
Pilar Rahola
La Vanguardia. Barcelona. 

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