viernes, 21 de octubre de 2011

Óperas wagnerianas

Óperas wagnerianas y músicos israelíes: una controversia que no cesa



Por Julián Schvindlerman

Revista Keter – octubre 2011



Cuando el conductor Roberto Paternostro dio los primeros movimientos de su batuta, indicando a los músicos de la Orquesta de Cámara de Israel el inicio de la ópera wagneriana Siegfried Idyll ante un auditorio en Alemania a fines de julio último, disparó, como era de esperar, una polémica en su país. Que una orquesta israelí toque música del compositor favorito de Adolf Hitler, que lo haga en Bayreuth -el epicentro cultural nazi por excelencia durante los años de la Segunda Guerra Mundial- que el director Paternostro sea él mismo hijo de sobrevivientes del Holocausto, y que el Festival de Ópera de Bayreuth sea administrado por los descendientes del propio Wagner, parecía una combinación de factores hecha a medida de la mejor provocación posible.



Pero en rigor, él no estaba más que agregando un nuevo precedente a los aparentemente interminables esfuerzos por parte de renombradas figuras de la cultura israelí en promover la música de Richard Wagner dentro y fuera del estado judío. En 1981, la Orquesta Filarmónica de Israel, con la dirección de Zubin Metha, tocó Tristan und Isolde como un bis. Al momento en que Metha preanunció que tocaría eso, miembros de la audiencia se retiraron de la sala… junto a dos violinistas de la orquesta. Diez años después, la Orquesta Filarmónica de Israel insertó obras de Wagner en su programa pero se vio obligada a retirarlas ante las protestas de los abonados. En 1995, la radio estatal israelí transmitió su obertura Der fliegende Hollander así como una serie sobre la vida y obra del compositor alemán. En 1997 el Canal 8 (dedicado a la ciencia y a la cultura) emitió obras de Wagner durante docenas de horas. Al año siguiente, un intento de Asher Fisch, asesor artístico de la Nueva Ópera israelí, de pasar una grabación de música wagneriana en el marco de un debate sobre el tema fue resistido por el público. A fines del 2000, la Orquesta de Rishón Letzión debió pelear en las cortes israelíes su anhelo de tocar música de Wagner, y ganó. Tal su afán por interpretar óperas wagnerianas en Israel que llevó adelante su concierto en plena intifada “Al-Aqsa”: el día del concierto una sinagoga había sido profanada en Efrat; el día anterior, un atentado suicida había sacudido Kfar Darom. En 2001, Daniel Barenboim, al mando de la Staatskapelle de Berlín, tocó música wagneriana al fin de un concierto en Israel, lo cual no estuvo exento de críticas. Este no es más que un muestreo del empeño artístico en divulgar la obra de Wagner; empeño que reconoce antecedentes incluso en las épocas anteriores al establecimiento de Israel.



El violinista judeo-polaco Bronislaw Huberman, fundador de la Orquesta Sinfónica Palestina en 1936, invitó a músicos talentosos del extranjero a incorporarse a la orquesta y dio lugar a las obras del célebre compositor alemán. En 1938 tres directores tocaron óperas wagnerianas en Palestina: Arturo Toscanini dirigió los preludios al primer y tercer actos de Lohengrin; Jascha Hornstein dirigió la obertura Tannhäuser; y el primer violinista Bronilsaw Szulk incluyó la obertura Der fliegende Hollander. Estos conciertos tuvieron lugar en Tel-Aviv, Haifa y Jerusalem, entre abril y julio, y según Na´ama Sheffi, autora de The Ring of Myths: The Israelis, Wagner and the Nazis, “fueron recibidos con entusiasmo”. Una nueva sesión fue programada para noviembre, la cual sería inaugurada por Toscanini, quién planeaba tocar la obertura wagneriana Die Meistersinger von Nurnberg. Pero tres días antes del concierto, la Kristallnacht ocurrió en Alemania. Cientos de sinagogas fueron incendiadas, miles de casas y negocios destrozados, cientos de judíos golpeados brutalmente y más de noventa, asesinados. El establishment artístico judío comprendió que aquél no era el mejor momento para tocar la música de Richard Wagner en Palestina, de modo que se le pidió a Toscanini que dejase de lado aquella pieza. El maestro italiano aceptó y la reemplazó por la obertura de Oberon de otro compositor alemán de un período más temprano, Carl Maria von Weber. Toscanini era un antifascista declarado; voluntariamente había partido de Italia en muestra de desprecio al régimen de Mussolini y a pesar de ser convocado por el Tercer Reich en más de una ocasión a participar de sus eventos culturales, el maestro italiano declinó y se rehusó a asistir a los festivales de Bayreuth. Para Wagner, empero, parecía tener algún lugar cálido en su corazón. Por su parte, como Sheffi ha escrito, la Orquesta Sinfónica Palestina consintió en no seguir interpretando al compositor alemán dentro del país, pero continuó haciéndolo fuera de las fronteras: en febrero de 1939, bajo la batuta de Eugen Szenkar tocó sus óperas durante un tour en El Cairo y Alejandría.



Los nazis hicieron de Richard Wagner su icono cultural supremo. Su música era presentada en las convenciones del partido y sus óperas adornaron escenas en películas antisemitas y filonazis. Elementos de su obra podían hallarse en la película Triumph des Willens de Leni Riefenstahl, extractos de su panfleto racista Das Judentum in der Musik fueron citados en el film propagandístico Der Ewige Jude mientras que su ideología influyó en la pieza de propaganda jud süss. En el ensayo Das Judentum in der Musik, Wagner lamentaba lo que denominó la judaización del arte moderno, manifestaba sentirse repelido instintivamente ante el contacto con los hebreos y los tildaba de ser incapaces de crear música que no fuese superficial. Se le ha atribuido acuñar los términos “problema judío” y “solución final”. Tan influyente él fue en el pensamiento nazi que Adolf Hitler proclamó que era imposible entender al Nacional-Socialismo sin entender a Wagner.



Ciertamente, las obras de otros grandes compositores tales como Beethoven, Liszt y Mozart fueron adoptadas por los nazis, a pesar de haber dejado el mundo terrenal -al igual que Wagner- con anterioridad al advenimiento del nazismo, y ninguno de ellos fue repudiado por eso en el período del yishuv en Palestina o posteriormente por los judíos en Israel. Es más, músicos conocidos por su cercanía al régimen nazi lograron superar la censura musical de los israelíes: Richard Strauss y Carl Orff por caso. ¿Entonces por qué esta obsesión con Wagner? Quizás la respuesta radique en un hecho crucial que separa a Wagner del resto de los compositores cuya música fue apropiada por el nazismo así como de los seguidores u oportunistas filonazis. A diferencia de estos colaboradores circunstanciales o simpatizantes convencidos que fueron absorbidos por la atmósfera totalitaria nazi, Wagner fue un forjador de judeofobia genocida alemana. Más que simplemente consumir antisemitismo, él fue un creador de antijudaísmo, y lo hizo con tal eficacia que los futuros nazis lo admirarían precisamente por ello.



Richard Wagner es un símbolo cultural del nazismo, irreconciliable con el estado judío o las orquestas que lo representan. Pero la historia es rica en ironías. Admirador de la música de Wagner, Theodor Herzl eligió la obertura Tannhäuser para la inauguración del Segundo Congreso Sionista en Basilea, en 1898. Un hecho que, a la luz de la historia por sucederse, seguramente hoy escandalizaría a Herzl y que, de haber vivido lo suficiente para presenciar ello, indudablemente hubiera horrorizado al propio Wagner.