lunes, 31 de octubre de 2011

La erosión de la legitimidad

La erosión de la legitimidad


Marcelo Wio
Hagshama

“No tendrás en tu bolsa pesa grande y pesa chica, ni tendrás en tu casa efa [medida de capacidad, unos 37 litros] grande y efa pequeño. Pesa exacta y justa tendrás; efa cabal y justo tendrás, para que tus días sean prolongados sobre la tierra que Jehová tu Dios te da”, Deuteronomio 25, 13-15

La sobredimensión del conflicto árabe-israelí persigue resaltar dicho evento por sobre los demás, dándole mayor espacio mediático y mayor relevancia de la que realmente tiene (por ejemplo, el número de víctimas en toda su historia es ampliamente menor que el número de víctimas que lleva el conflicto en Irak y en Afganistán; que en Somalia, Ruanda o Sudán). Este procedimiento carga emocionalmente el acontecimiento, haciendo que el paso siguiente, la demonización de una de las partes (la israelí, en este caso), sea una consecuencia lógica. Este ardid ayuda a la deshumanización del grupo social en cuestión y habilita para aplicar un doble rasero a la hora de abordar y juzgar el conflicto; lo que, en última instancia, sirve para deslegitimizar a Israel. El doble rasero, a su vez, proporciona las bases para sobredimensionar el conflicto.


Esta tendencia es fácilmente asumible por sociedades que no se encuentran en la situación de Israel (no sólo eso, sino que gozan de un estatus social y económico envidiable) y que, de estarlo, o bien no sabrían cómo actuar o lo harían sin miramientos para con los derechos humanos. Inmersos en esta metodología, se dedican a recompensar a los criminales de Hamas, sin sospechar que de no existir Israel no existiría nada ni remotamente parecido a Palestina, pues Siria, Jordania y Egipto no tardarían en repartirse el territorio (predisposición de la que ya hicieron amplia gala). El problema, entonces, no es Israel. El estado judío no es un impedimento para la paz, puesto que la paz es, para los árabes, un concepto transitorio, una táctica para ganar tiempo, para seguir la confrontación por otros medios en tanto se rearman. Para obviar estos hechos, se ha seguido, justamente, la fórmula de sobredimensionar el potencial y las acciones israelíes (a la vez que se los degrada en otros ámbitos) y el papel que estas tienen en el marco del conflicto. Al hacer esto, se infravalora a los palestinos y sus propósitos. En este último aspecto subyace una connotación discriminatoria evidente: una suerte de máxima que implica que no se puede esperar otro comportamiento por parte de los palestinos, que sus obras son lógicas en ese marco conceptual; patrones de una conducta casi atávica que se les presupone. Se los reconoce débiles para justificar el respaldo que se les dispensa. Un argumento circular que brinda dos coartadas: una obvia, para el terrorismo islamista; la otra, no tanto, ventajosa para manifestar el milenario sentimiento antisemita en un marco ‘políticamente correcto’, aceptado y consensuado; a la vez que borronea los límites entre la crítica y el señalamiento exclusivo, la deslegitimación y el ensañamiento. Es una táctica que sirve a varias necesidades y que por ello persuade con tanta facilidad y estimula su adopción. Lanny Davis, ex consejero legal de Bill Clinton, en el artículo Israel, Gaza and the double standard, aparecido en The Washington Times, opinaba que “no puede haber una solución de dos estados a menos que haya un único estándar que juzgue a Israel frente a los terroristas de Hamas y Hezbollah: Israel debe tener derecho a la auto-defensa contra los terroristas que lanzan cohetes con el propósito intencionado de matar a sus civiles”. Desde que en 2005 Israel se retiró de Gaza, señala Davis, más de 8000 cohetes se lanzaron con ese objetivo hacia el sur de Israel, “Si embargo pocos, si es que los hubo, grupos de Derechos Humanos o líderes de las Naciones Unidas han llamado para que Hamas sea juzgado por crímenes de guerra”, concluye.


Lo paradójico estriba en que mismas personas que manifiestan su desprecio, se arrogan el derecho a definir qué es el antisemitismo, a delimitar las protestas posibles del sujeto de la discriminación; además de exponer (e imponer) las interpretaciones correctas de los hechos y de la propia historia. No hay lugar para el Otro: ni para su voz, ni para su presencia física, sujeto como está a los caprichos del ‘Nosotros’. Cuando se le concede un mínimo de legitimidad a las reacciones israelíes, casi inmediatamente se introduce el concepto de proporcionalidad. Pero quién y cómo decide lo que es o no proporcional. ¿Por qué se evita esa palabra, esa medida, a la hora de hablar de Chechenia, de las acciones turcas con los kurdos, de Afganistán? Mas, decir de una respuesta militar que es desproporcionada es, también, implícitamente, decir que fue provocada – pero que la respuesta no fue acorde a dicha provocación -. Pero, más allá de esto, ¿Cómo se miden las ‘proporciones’? ¿Quién se arroga esa atribución? ¿En base a qué datos estadísticos, qué parámetros? Porque los patrones proporcionales que parecen aplicarse a Israel no se aplicaron en los Balcanes, Chechenia, Sudán, Somalia y un largo, triste y vergonzoso etcétera que parece indicar que hay muertos que ni merecen contarse.

Otro de los actos de contrasentido en que suelen incurrir aquellos que se posicionan en la periferia del conflicto, alimentándolo, es el llamando a boicots académicos: justamente en el ámbito donde las ideas pueden fructificar y converger se censura la palabra, el debate, el intercambio de pareceres. Una muestra de la predisposición a no oír, a no formar parte de la solución, a servir (involuntaria o voluntariamente) a perpetuar los estigmas y contribuir a deslegitimizar a Israel. Según el politólogo alemán Mathias Küntzel, la crítica antisemita de Israel puede ser distinguida de la crítica legítima en que, o bien demoniza a Israel, o bien lo deslegitimiza, o aplica un doble rasero. El ‘Test 3-D’ concebido por Natan Sharansky (disidente soviético y político israelí) está delineado por los siguientes conceptos: Demonización: Israel se compara, por ejemplo, con la Alemania Nazi. Deslegitimización: La existencia de Israel se pone en entredicho, por ejemplo, a través de la negación de su derecho de auto-defensa. Doble rasero: Las políticas del gobierno Israelí se juzgan de acuerdo a estándares completamente diferentes de aquellos utilizados para juzgar las políticas de otros gobiernos.

Demonización

La deshumanización, como la propia palabra ya lo indica, trata de hacer que el Otro, el oponente, el enemigo, aparezca como subhumano, sin valor, inmoral, a través de acusaciones o sugestiones más o menos explícitas. Es una técnica que altera los hechos y las descripciones, presentando a entidades políticas, étnicas, culturales o religiosas, como fundamentalmente malas y nocivas; como forma de justificar un trato político, militar o social diferenciado, o también para señalar como incorrecto lo que está en contra de lo que se cree o apoya. En el proceso, una persona o un grupo de personas pierden o son despojados de sus características humanas.

Nick Haslam, de la Universidad de Melbourne, refiere en Dehumanization: An Integrative Review la argumentación de H. C. Kelman de que la hostilidad genera violencia indirectamente por medio de la deshumanización de las víctimas, de manera que ninguna relación moral con la víctima inhibe el comportamiento violento del victimario. “… la deshumanización implica negarle la ‘identidad’ a la persona – la percepción de una persona ‘como un individuo independiente y distinguible del resto, capaz de tomar decisiones’. Cuando la gente es despojada de estos aspectos agénticos y comunales de humanidad, son desindividualizados, pierden la capacidad de evocar compasión y emociones morales, y quedan expuestos a ser tratados como medios para fines crueles”, sintetiza el académico.

La deshumanización, continúa Haslam, es una manera a través de la cual las inhibiciones morales son selectivamente desactivadas. Las personas que agreden están libres de la culpa y de la angustia generada por la empatía si la identificación con sus víctimas se encuentra bloqueada al dejar de percibirlos como personas con sentimientos y anhelos; y en su lugar se los distingue como sub-humanos. La finalidad es la auto-exoneración, la provisión de un sentido de superioridad y una cohesión de grupo; lo que posibilita, o justifica de antemano, el uso de la violencia.

La animalización es uno de los métodos más comunes y antiguos para negarle la humanidad al otro. The New York Times, en abril de 2008, (In Gaza, Hamas’s Insults to Jews Complicate Peace) brinda una muestra de este procedimiento al citar una pasaje del sermón del Imam Yousif al-Zahar refiriéndose a los judíos como “los hermanos de los monos y los cerdos”. Un engaño que posee una fuerza peculiar debido a que la auto-percepción depende del mismo biunívocamente: toda duda es desactivada por la propia falsificación. La falacia explica todo el mal sufrido por los ciudadanos de los diversos países musulmanes. Es una mirada determinista y evidentemente reduccionista, pero que funciona a la perfección para el consumo interno (y más recientemente, para consumo externo también). En esa dinámica de argumentación, el sufrimiento de los judíos a lo largo de la historia se presenta como la reacción legítima de las naciones que buscaban venganza por los daños causados por los judíos conviviendo entre ellos. La Anti Difamation League (ADL), en un trabajo titulado Islamic Anti-Semitism in Historical Perspective, hace referencia a una transmisión de la televisión TV 1 de Arabia Saudita, de abril de 2002, presentando al Sheik Abd Al Rahman Al-Sudais predicando desde la Mezquita Al-Haram de la Meca que es, aún si cabe, más brutal: ‘Ellos son los asesinos de los profetas y la inmundicia de la Tierra. Dios lanzó sus maldiciones e indignación sobre ellos y los hizo monos y cerdos y adoradores y tiranos. Estos son los judíos, un linaje continuo de maldad, astucia, obstinación, tiranía, perversidad y corrupción….’” (Itálicas mías).

Otro de los recursos utilizado para demonizar a Israel y a los judíos, es el de asociar la esvástica al Maguen David. Es un método de lo más cínico, ladino y taimado: se relaciona la cualidad de la primera con la segunda, transfiriéndole toda su connotación; es decir, toda una serie de rasgos quedan ligados por este préstamo y por él legitimados. Con todo lo que implica identificar a la víctima con su verdugo.

Doble rasero

Es la aplicación de diferentes principios rectores para juzgar situaciones similares. Esto lleva implícito la negación de igualdad, la anulación de cualquier intento de crear una jurisprudencia internacional seria e imparcial por sobre los prejuicios. Las consecuencias de un determinado acto son entonces aceptadas (o no) según quién las provoque. Así se adoptan valoraciones morales parciales y selectivas sobre esos eventos y sobre aquellos que intervienen en los mismos.

Su funcionamiento puede verse incluso en las Naciones Unidas. Este organismo cuenta con dos agencias para tratar con los refugiados: UNRWA, creada exclusivamente para los palestinos y ACNUR, para el resto. Esta política sólo perpetúa el dolor –y el odio subsecuente y todas sus justificaciones que quedan de esta manera amparadas - ; y le otorgan una mayor importancia a unos que a otros, magnificando unas situaciones y despreciando otras. Esta relevancia implica un doble rasero: aplicado a los kurdos, chechenos, tibetanos, sudaneses, somalíes; y una multitud de víctimas e infinidad de conflictos cuya proporción es superior a la del conflicto árabe-israelí. Lo único que los diferencia es una evaluación emocional de los mismos y una diferente exposición mediática. Eso, es doble rasero. También lo es cuando España se mostró dispuesta a ofrecerle asilo (¿?) a Al Assad, y tan sólo unos meses antes había pretendido llevar a ministros israelíes ante la justicia internacional por crímenes contra la humanidad.

Doble rasero es invocar una y otra vez los Derechos Humanos y omitir, vez tras vez, el hambre y la pobreza que cientos de miles de personas sufren, mientras gobiernos y organismos internacionales muestran su desidia (o incapacidad) frente a su acaecimiento. Un vergonzoso ejemplo es el de Somalia, donde no se han movilizado con el mismo entusiasmo ni la cobertura mediática como con la Flotilla por Gaza.

Doble rasero es señalar el muro que construyó Israel para defender a su población de los continuos ataques suicidas y olvidarse en el acto del que separa a Estados Unidos de México, las Vallas (denominación que le quita, al parecer, algo de la aspereza de lo que implica ese obstáculo) de Ceuta y Melilla, que separan a pobres de ricos. O el muro en Belfast, o el que hay entre Arabia Saudita y Yemen. La lista es larga. Y claro, la Gran Muralla china, a la que la pátina del tiempo la ha transformado en un logro de la ingeniería antigua y no en un recordatorio de lo poco que el hombre avanzó en el plano humanitario: ni siquiera se encuentra a la altura de la ingeniería que hizo posible esa misma muralla.

Doble rasero es, también, no tener en cuenta el contexto de un acontecimiento, las circunstancias en que se produce, que lo provocan. No considerar una suerte de jurisprudencia moral (y legal), por decirlo de alguna manera, y dejar de señalar unos actos para centrarse obsesivamente en otros.

Para ver cómo actúa el doble rasero (o el sesgo informativo más burdo), es interesante el documental Décryptage, de Jacques Tarnero y Phillippe Bensoussan, donde analizan la cobertura de la agencia de prensa francesa AFP sobre el conflicto palestino-israelí. También el de Esther Shapira, Drei Kugeln und ein totes Kind.

Deslegitimización

Antes que nada, hay que remarcar que gran parte del éxito que ha tenido la deslegitimización de Israel radica en que aquellos que la han llevado a cabo han sabido emborronar el límite entre la crítica y la deslegitimización, llevando a su arena a muchos que, tal vez no siempre con razón, eran solamente críticos de Israel. Es por ello que hay que saber diferenciar bien estos dos hechos, para aislar a aquellos enfrascados en socavar la imagen de Israel y aquellos otros que critican cuestiones puntuales, políticas y acciones en concreto. No hacerlo es darle relevancia a los primeros y arrojar a sus brazos a una buena parte de la opinión pública que de otra manera no hubiese prestado oído a sus diatribas. Hay que abordar la discusión y el debate que proponen los críticos, haciendo así evidente dos cuestiones: que la deslegitimización no es una herramienta fácil, y que Israel siempre está dispuesto a conversar en el terreno del respeto mutuo.

El Instituto Reut, en su trabajo Construyendo un cortafuego político contra la deslegitimización de Israel, presentado en la décima Conferencia de Herzliya, en 2010, manifestaba: “La crítica a la política israelí es legítima, incluso cuando es dura e injusta… Dichas críticas pueden cruzar la línea hacia la deslegitimización cuando adolecen de una o más de las siguientes categorías: desafían fundamentalmente el derecho de Israel a existir como una personificación de la auto-determinación del Pueblo Judío; emplean doble raseros, o exclusivamente centran su crítica sobre Israel; y cuando demonizan al estado de Israel, comúnmente evocando al nazismo o el apartheid”.

Justamente a partir de estos tres ejes identifica el Instituto el éxito de dicha deslegitimización. “Israel se etiqueta como un Estado… desinteresado en la paz y que intenta perpetuar la ocupación. Esta es una poderosa construcción que se basa principalmente en el tema de los asentamientos para replantear muchas acciones israelíes. …Israel es tildado de ser el nuevo Apartheid, por lo que no puede hacer ningún bien y sus adversarios ningún mal… Una vez Israel es exitosamente señalado como violento, agresivo, discriminador y ocupante, las alegaciones más escandalosas… pueden parecer verosímiles; acciones agresivas contra Israel y los israelíes son justificadas y exigidas; y todo el modelo político y económico de Israel se etiquetado como inmoral”. Esto impide (o dificulta grandemente) la comunicación con audiencias extranjeras, a la vez que lo hace vulnerable a las alegaciones más descabelladas.

Algunas conclusiones

Contra Israel todo vale, incluso someter a sus hermanos musulmanes a la indigencia, a la segregación, a un perpetuo estado de refugiados: un inmenso almacén de personas para ser utilizadas como armas mediáticas y sucidas. En medio de la espesura de los prejuicios, el desprestigio pasa como opinión y las injurias como hechos incontestables. Cómo podría extrañar entonces que Ahmad Abu Halabiya, miembro de la Autoridad Palestina y antiguo rector de la Universidad Islámica en Gaza declamara en un sermón, según publicaba la ADL, en la mezquita Zayed bin Sultan Aal Nahyan de Gaza, en 2000: “No tengan piedad con los judíos, no importa dónde estén, luchen contra ellos allí donde estéis. Cuando os encontréis con ellos, matadlos”.

Con lo que cabe preguntarse, como lo hace un personaje de la novela The Finkler Question, de Howard Jacobson, frente a un europeo que moraliza sobre el conflicto: “¿… cómo te atreves siquiera a pensar que puedes decirle a los Judíos en qué clase de país deben vivir, cuando eres tú, un gentil europeo, quien hizo imprescindible la existencia de un país separado para los judíos? ¿Por qué retorcida sofisticación argumentativa expulsas gente con violencia de tu tierra y luego te crees con derecho a hacer estipulaciones magnánimas sobre dónde pueden ir ahora que te has librado de ellos y sobre cómo pueden proporcionarse su futuro bienestar?... Sólo de un mundo del que los Judíos crean que no tienen nada que temer consentirán aprender lecciones de humanidad. Hasta entonces, el Estado Judío le ofrece seguridad a los Judíos de todo el mundo – sí, Judíos primero -, que, si bien podría no ser equitativo, no puede ser considerado racista. Puedo entender por qué un palestino puede sentirlo racista, a pesar que él hereda una historia de desdén hacia los pueblos de tendencias distintas a la suya, pero no usted… que se presenta… como una persona de buen corazón, de conciencia erguida, representante del mismísimo mundo gentil del que los Judíos, sin culpa alguna, han estado huyendo durante siglos…”.


Incluso ir más allá, a la geografía de las proporciones, de esa medición “moral” del otro, de su “derecho”, para proponer que la proporcionalidad de la respuesta no se puede medir únicamente por las consecuencias, por la fuerza de unos y otros. La proporcionalidad está directamente relacionada con fines que se persiguen. El objetivo último de los palestinos es la aniquilación de Israel. En esta coyuntura, Israel ha puesto en peligro vidas israelíes para minimizar las bajas del lado palestino; ha emprendió operaciones disuasorias y puntuales. Hamas, por su parte, se ha dedicado a atacar indiscriminadamente a la población civil israelí. Ningún objetivo militar de por medio.

Hablar de proporciones sin saber qué se mide, es de una banalidad supina. Pretender, desde Occidente, imponer un criterio de proporciones que jamás han seguido, es cínico (el bombardeo de Dresde en la II Guerra Mundial, los de los Balcanes, la guerra en Afganistán y un extenso etcétera han sido mucho más desproporcionados que cualquier acción israelí). Cualquier intento de cálculo de proporcionalidades debe tener en cuenta que los ejércitos árabes cuentan con el hecho de que pueden perder una guerra (y de hecho así ha ocurrido en varias ocasiones) y que poco o nada cambiará; Israel, por su parte no puede perder ninguna guerra, hacerlo supondría su final. He ahí la verdadera asimetría de la que debe partir cualquier análisis. Juzgar cada acción por sus consecuencias únicamente, y olvidarse del objetivo deseado, de la intención que tenía dicho acto, es utilitarista. Es ventajista.

http://www.hagshama.org.il/es/verart.asp?idart=33256

Difusion: www.porisrael.org

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