viernes, 25 de febrero de 2011

Acorralado, Kadafi amenaza con cortar el petróleo a Europa




El parte de guerra de ayer en Libia indicaba que el coronel Muammar Kadafi ha concentrado todo su poderío militar en la capital Trípoli ante la creciente ofensiva de los rebeldes que luchan por acabar con su dictadura de 42 años. Con su Estado en ruinas, y la deserción cada vez más fuerte de sus tropas, el dictador se atrinchera en un búnker de Trípoli, mientras ve cómo pierde el control de casi todo el este del país, pero también de ciudades en el oste y en el sur, como Shaba, que se consideraba uno de los puntos fuertes del régimen.

Kadafi, quien suele decir de sí que es un rey de reyes y que ayer se comparó con la monarca Isabel II de Inglaterra, culpó nuevamente a la red terrorista Al Qaeda de la rebelión . “La gente aquí no tiene de qué quejarse”, arremetió. “Deberían escuchar a Dios, no a Bin Laden”. Y amenazó a Occidente con un bien muy preciado: “Si la situación empeora se interrumpirán los flujos de petróleo” a Europa, su principal cliente, advirtió el “hermano guía de la revolución”, según lo presentó la TV estatal con una leyenda blanca sobre fondo verde al difundir su mensaje en un audio ( ver págs. 22 y 26 ).

Pero la crisis se hace cada vez más visible por todos lados. Este enviado ha visto columnas de desesperados huyendo hacia Egipto, en una mudanza con ribetes a veces delirantes por los bultos inverosímiles que la gente, en su urgencia, se atreve a transportar.

En esta aldea de libia hay uno de los cruces aduaneros más importantes en la frontera con Egipto. Desde el inicio de esta crisis, camionetas combis cruzan cargadas de tal modo que duplican en altura el tamaño del vehículo. Ayer se veían decenas de esos autos con su enorme carga y el pasaje completo a toda velocidad por la ruta que cruza el desierto hacia El Cairo. En el breve trayecto desde Imseed hasta Saloum en Egipto, se estiraba el enjambre de gente, todos vestidos con túnicas claras y turbantes, completamente cargados hasta la extenuación, que chocaban contra las puertas de rejas de hierro de la aduana egipcia que la policía mantenía cerrada con ayuda de los militares para regular el paso de los libios.

En uno de esos cruces, dos hombres jóvenes bufaban alzando una enorme heladera vieja que ya venía dislocada, pero que se destartalaba aun más mientras los dos la llevaban contra la reja y presionaban con ella para que la abran. Detrás venía otro pariente, él solo alzando un gran freezer rectangular y muy abollado que logró también pasar por el portón entornado.

El lugar parece parte de un cuento fantástico, pero de terror. Hay centenares de camionetas todas estacionadas sin criterio, unas frente a las otras y alrededor autobuses enormes que traban el tránsito y cuando eso sucede la gente comienza a insultarse, algunos perdiendo totalmente el control. No es sencillo entender cómo al fin logran organizarse. Hay camionetas vacías que acaban llenándose de tanto equipaje y con tanta gente ahí arriba que la caja se inclina hasta casi doblarse sobre el pavimento. En ese sitio, en donde casi no se ven mujeres, todo el mundo llega con la casa que han desarmado en su país virtualmente al hombro. Y cuando lo consiguen se suben a lo que tienen a mano y que los lleva más y más dentro de Egipto.

Huyen todos de este dictador que los mata, antes de hambre ahora con balas, pero que ha hecho de la retórica progresista su bandera de batalla. Esta crisis desnudó como nunca antes el carácter real de estos bárbaros a la hora de defender sus privilegios y las falsedades de esos discursos.

Kadafi no se ha rendido, pero parece haber decidido resistir en su bunker de seis kilómetros cuadrados en Trípoli , posiblemente ya persuadido de que el resto del país lo perdió o lo estaría perdiendo. No será sencillo lo que siga en esta tragedia. En la capital hay tres grandes divisiones militares a las ordenes de tres de los hijos del dictador. Acaso debido a la debacle, ayer corrían rumores sobre que existían disidencias entre los hijos, pero no se conoció ni cuáles ni el alcance de esas diferencias. El ex ministro de Justicia Mustafa Mohamed Abd al-Jalil, quien renunció y se pasó al bando rebelde junto a otros tres miembros del gabinete de Kadafi, especuló con un dramático final para el dictador. Según este magistrado, “Kadafi acabará por matarse o lo hará la gente cercana a él. Quizá uno de sus hijos será quien lo mate”, antes de entregarlo, sostuvo. Y dijo además algo más grave. Afirmó que el dictador “ tiene armas biológicas y químicas y no dudará en usarlas ”. Como Hitler en su caída, el hombre fuerte libio sigue pidiendo muerte. Ayer una de sus divisiones abrió fuego a discreción con armas pesadas contra una columna pacífica que marchaba en el pueblo de Az Zawiyah sobre el Mediterráneo, en cercanías de Trípoli. Unos cien manifestantes fueron asesinados y otros 400 quedaron heridos.

El dictador cuenta con un regimiento personal de 2.500 miembros, todos mercenarios de Chad, Sudan y Niger, que él denomina su Brigada Pan Africana y que hace años organiza como un dato de la desconfianza que tuvo siempre a sus militares. Ese núcleo de poder de fuego se suma a los 3.000 integrantes de las Fuerzas Revolucionarias muy entrenadas y que son su guardia personal.

Esa gente es la que ha convertido a Trípoli en una pesadilla difícil de relatar, donde cualquiera que se mueva recibe un disparo de combatientes. O cae bajo las balas de los aviones o los helicópteros que acribillan calles y casas. Los soldados que han cambiado de bando, en cambio, pertenecen a un ejército de 50 mil hombres pero que en más de la mitad está integrado por conscriptos de origen muy humilde y que, en cualquier caso, carecen del entrenamiento que sí tienen las otras dos estructuras.

El absurdo es el otro ingrediente constante en esta pesadilla. En las rutas de ingreso a la ciudad se han armado barreras donde los mercenarios del régimen le piden a la gente sus documentos, pero además que den pruebas de su lealtad a Kadafi, relató un testigo a The New York Times . Tienen que revolear el puño como lo hace el dictador en televisión y gritar su nombre con énfasis hasta convencer a estas fuerzas de que efectivamente se trata de un leal. El fallo contrario determina la muerte del infeliz. No se sabe a cuánto llegan las bajas producidas por esta barbarie en apenas diez días.

La cifra más repetida supera el millar , pero hay quienes dicen que son, en verdad, diez mil.

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