viernes, 20 de febrero de 2009

La increíble historia

La increíble historia de Julio Gotlib, un héroe de la Segunda Guerra
Huyó de un campo de concentración y peleó para los aliados. Ayer murió en la Argentina.
SU VIDA FUE REGISTRADA POR STEVEN SPIELBERG - Generaciones de la Shoá--Artículo publicado en Clarin
Por: Alejandro Borensztein


Una de las mejores cosas que heredé de mi viejo, Tato, fueron sus amigos. A pesar del tiempo y la diferencia de edad, mantengo un fluido vínculo con varios de los que fueron sus amigos más queridos, algunos de los cuales ya se han transformado en mis propios amigos. Es el caso de Julio Gotlib.

Julio tenía la misma edad de mi viejo, y una historia única. Nació en Polonia y, como la inmensa mayoría de los judíos europeos de aquellos tiempos, fue llevado a un campo de concentración cuando sólo tenía 14 años. Viendo que sus seres queridos eran exterminados en las cámaras de gas, decidió planificar su escape. Esperó un 24 de diciembre y, mientras los soldados nazis festejaban la Nochebuena y se emborrachaban, él corrió hacia el alambrado con otro chico, con el que había organizado la huída.

Julio alcanzó a trepar y escapar. Su amigo quedó acribillado en los alambres del campo. Los nazis salieron a buscarlo, pero aquel pibe corrió con la convicción de que sobreviviría para contar su historia. No pudieron atraparlo.

Deambuló por los bosques nevados de Polonia durante días, en pleno invierno y en absoluta soledad. Después de diez días, lo encontró una patrulla de partisanos rusos que, escondidos en los bosques, combatían a los nazis.

Julio pasó la guerra junto a ellos, enfrentando nazis y sabiendo que los judíos estaban siendo exterminados en los campos. Muchos años después, me contaría que, en su ingenuidad y después de lo que había visto y vivido, creyó ser el último judío que quedaba sobre la Tierra.

Sobrevivió a todas las batallas. Cuando la guerra terminó, se dirigió a su pueblo natal en Polonia. Al llegar, se encontró con una decena de judíos que habían vuelto en busca de algún familiar. Esa noche durmieron todos juntos en una casa en ruinas y en el medio del sueño fueron atacados por un grupo de fanáticos antisemitas que, pese a que la guerra había terminado, pretendieron continuar la matanza. Muchos murieron. El logró resistir nuevamente y escapar. Se unió a las fuerzas aliadas que recorrían Europa y terminó siendo un héroe de la Segunda Guerra.

Al tiempo, viajó a la Argentina y conoció a su mujer, Nusha. Ella, polaca y judía también, había sobrevivido. Su familia la dejó en un orfanato donde, para salvar su vida, debió ocultar su condición judía hasta el final de la guerra, cuando huyó hacia Sudamérica.

Se conocieron en Buenos Aires y con los años construyeron una familia maravillosa, plena de amigos y felicidad, dejando atrás todo lo que habían vivido. Prosperaron y fueron generosos con todos quienes los conocieron y aprecian. En los años 70, Julio fue víctima de un robo y recibió un disparo en el pecho. Pero su fortaleza le permitió sobreponerse nuevamente.

Con el tiempo, se transformó en un amigo entrañable de mi padre. Lo acompañó hasta el final, y luego de su muerte, se transformó en un ser muy importante para mi. Casi como un segundo padre.

Hace pocos años, Steven Spielberg envío un equipo de filmación a Buenos Aires para grabar el testimonio de su historia, y guardarlo en un banco de datos donde se atesoran los relatos de los pocos sobrevivientes del Holocausto que quedan.

Soportó varias enfermedades. Aguantó todo lo que pudo y finalmente anteanoche, Julio Gotlib murió.

Me resulta paradójico que haya fallecido, justo cuando aparecen cretinos que se dignan negar la dimensión de los crímenes nazis, que profanan el dolor ajeno, ya sea por ignorancia, por odio o por ambas cosas, y que utilizan palabras como holocausto o genocidio sin siquiera saber de lo que se trata. Dementes a los cuales no hay que sobredimensionar ni subestimar. Pero por sobre todas las cosas, no hay que tenerles miedo.

Gracias a tipos como Julio Gotlib, ya no hay lugar en este mundo para los nazis. Su historia personal, lo demuestra.

Ayer se fue el querido Julio. El último héroe que conocí.

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