viernes, 23 de julio de 2010

Mensaje XV - Rab Isaac Ruben Yacar‏

Encendido de las Nerot de Shabat: 17:55hs.
Shabat Finaliza: 18:45hs.

PERASHÁ VAETHANÁN - SHABAT NAJAMÚ

El valor de un instante

No se puede desvalorar un instante en la vida.

Hace unos años, cuando el reloj marcaba las 23.00hs, el Rab Baruj Madan, salía del sanatorio ‘Tel HaShomer’, luego de haber visitado varios enfermos. Mientras se preparaba para volver a su casa, escuchó el grito de una enfermera que lo llamaba desesperadamente pidiéndole que regresara, de forma urgente. Al acercarse al Rab, la enfermera le contó que en una de las habitaciones, se encontraba internado un Iehudí ortodoxo atravesando los últimos minutos de su vida.
“Este Iehudí - dijó la enfermera -, se encuentra absolutamente solo, por lo cual es conveniente que usted permanezca aquí en el momento de la defunción”.
De inmediato el Rab se acercó al enfermo. El hombre era muy anciano y delgado, de aspecto débil y deteriorado, tanto que en sus manos se veían claramente sus huesos. Sostenía un libro de Tehilim, sus labios se movían, su voz no se escuchaba. El informe sobre su cama, notificaba que su apellido era Glaz.

El Rab se dirigió al hombre. - ¿Tiene usted esposa?
- No, no tengo mujer.
- ¿Tiene usted hijos?
- No, no tengo hijos.
-Tiene usted parientes?,
- Tengo un pariente, y precisamente estoy hablando con él ahora, y señaló el libro de Tehilim. “Por favor, no me moleste que quiero hablar, vaya y siga con sus quehaceres”.

La madre le decía que vaya a jugar:
A medida que los minutos pasaban, la salud del enfermo empeoraba. Nuevamente, volvió a abrir su boca y su forma de hablar cambió extremadamente.
- Le dije que no tengo hijos...bah, la verdad es que sí tengo un hijo y su nombre es David.
“Mi querido David...”. Sus ojos se llenaron de lágrimas y comenzó a hablar como si aquel hijo estuviera enfrente de él.

- Querido David, te hemos enviado al jardín de infantes y al Jéider (escuela religiosa), eras un excelente alumno y muy constante en tus estudios. Inclusive en los recreos seguías estudiando el Talmud. Mamá te pedía que por favor fueras a jugar o que descansaras más en las siesta y a la noche, y vos me pedías a mí: “papá, por favor decile a mamá que estudiar Torá es mi vida. Eso es lo que más quiero.
- En tu grado se estudiaba la Guemará Babá Metziá pero vos querías más y estudiaste también Guemará Sanedrín.

De repente el anciano comenzó a llorar más amargamente y a cantar ‘Diné Mamonot Be Sheloshá’ - En los juicios monetarios debe haber 3 jueces... (parte del Talmud).

- Eras pequeño, sin embargo alumnos de grados mayores te consultaban a vos. Tus Morim vislumbraban en tu persona un futuro brillante, uno de los grandes de Israel. Siempre me decían así sobre vos. Hasta que llegó el día que le diste la espalda a todo esto.

No tenía fuerza de levantar el teléfono
- Tenías 10 años, volviste al mediodía para almorzar los manjares de tu mamá, y en ese instante llamó el médico de la familia y nos pidió que en forma inmediata fuéramos al consultorio. La cara de tu madre se transformó. Todavía no te había servido el plato de comida y nos fuimos al Doctor. Vos te quedaste hambriento y sediento, estudiando Torá.

- Volvimos del consultorio, mamá se te acercó pálida y te besó. Ya no te dijo ‘andá a dormir o a jugar’. Te dijo “David, por favor, estudiá más y más. Estoy enferma, hacé Tefilá por mí. Tengo que viajar a los EE.UU. para realizarme un tratamiento.”

- Y vos, mi pequeño hijo, lleno de fe e inocencia, le aseguraste a ella con tus lágrimas: ‘Mamá, no te preocupes. Voy a estudiar Torá, a hacer Tefilá por vos y regresaras pronto con la ayuda de Hashem.

- En seguida tu cabeza volvió a la Guemará.
Tu madre viajó y yo permanecí con vos en Israel. Al cabo de un mes, los médicos dijeron que la situación estaba muy grave. Un día sonó el teléfono y yo no tenía coraje de atender. Fuiste vos mi querido hijo, quien se acercó al teléfono y al escuchar la voz de tu mama te emocionaste.

“Mamá - dijiste -, quiero revelarte un secreto. Solamente vos me dabas la fuerza cuando estabas al lado mío para poder seguir estudiando. Me trataste como a un Ángel. Cuando me llamabas a comer, veía tu cariño y cómo yo te importaba. Mamá, sin vos no podré estudiar. Mamá, quiero que me asegures que vas a volver dentro de este mes...”

- Mamá te aseguró que iba a volver, así que seguiste estudiando en ese mes con mucho más fuerza. Estabas convencido que mamá iba a volver en ese lapso de tiempo.
El día 30 volviste del Talmud Torá, y estabas seguro de que mamá regresaría. Y volvió. Pero lamentablemente en un coche fúnebre de la Jevrá Kadisha.

No pude soportar el cambio
- Al pasar la Levaia (cortejo fúnebre) por nuestra casa. Tus ojos que siempre estaban llenos de vida, se transformaron en una mirada seca y triste. En ese momento te olvidaste no sólo de todos tus estudios, sino también del amor y la fe que le tenías a Hashem dentro de tu corazón. Y te enojaste y gritaste: “Mamá, vos me aseguraste que ibas a volver, pero no de esta forma”.

- Ya en el momento de recitar el Kadish, estabas totalmente desinteresado. Desde ese instante todo cambió drásticamente. No hablabas una palabra con nadie, no te concentrabas en la clase de Guemará ni tampoco te importaba tu estudio. Comenzaste a cambiar tus ropas y te dejaste crecer el pelo.

- Yo, tu padre, no pude soportar los cambios. Te gritaba y pegaba pensando que entrarías en razón, pero tus oídos seguían cerrados. Me prometiste que un día cambiarías y no lo cumpliste. En una ocasión cuando estabas con tus amigos callejeros te grité delante de todos “mentiroso, me aseguraste que harías Teshubá”.

- Vos levantaste tu vista hacia mí y gritaste más fuerte. “¿Está prohibido mentir? También mamá mintió. Ella me aseguró que iba a volver, y no volvió. Sin ella, yo no puedo estudiar Torá.

- Seguiste apartándote de la Torá y nos separamos...

Sos un chico Santo
El Rab Madan prestaba suma atención a cada una de las palabras que salían de la boca del anciano, mientras el mismo agonizaba.

En forma repentina el anciano cambió su tono de voz y comenzó a gritar.

- David, vos no sos el culpable. Sos un chico Santo. Yo soy el que pecó contra vos. No te comprendí, no llegué a las profundidades de entender a un chico huérfano y pobre, que perdió a su madre. No comprendí que ya no tenías ganas de seguir estudiando Torá y además provoqué que te alejaras aún más del camino de las Mitzvot.

El anciano comenzó a cantar ‘Diné Mamonot Be Sheloshá’, con una añoranza excepcional.

- Hijo mío, en vez de ocupar el lugar de tu mamá y servirte como padre y madre, fui cruel con vos y sólo me preocupe por mi mismo. Tras el fallecimiento de tu mamá, me encontré inmerso en esa terrible situación.

- No sabía cómo conducirme, mi querido David, mi único hijo. Deseo tanto hablar en este mismo instante con vos, para que sepas que sos mi adorado hijo, un verdadero Tzadik. Me gustaría decirte que yo soy el culpable de todo y que te dañé con mis propias manos. Ahora, es el momento de pedirte perdón.

Eran las 23:57hs cuando el anciano tomó el teléfono y comenzó a marcar. Intentó comunicarse con su hijo, pero la línea estaba ocupada. Allí lejos, en EE.UU., vivía David, quien se había casado con una mujer gentil (no judía), con la cual había tenido 5 hijos.
En el momento en que su padre quería hablarle, David, transformado en un comerciante exitoso y muy adinerado, estaba entablando una comunicación con un vendedor de brillantes. Ese día, era el cumpleaños de su mujer y estaba negociando el precio de una joya para obsequiársela.
La comunicación se alargó y mientras él discutía el precio de la joya, el padre siguió llamando hasta que en un instante, su alma subió con el Creador sin decir el Shemá Israel ni el Vidui.

Un canto de melancolía
El Rabino tomó el teléfono y se comunicó con EE.UU. Por fin habían contestado del otro lado de la línea.
- ¿David?
- Sí sí, pero la oficina está cerrada. Por favor, llame mañana.
- ¿Estoy hablando con David Glaz?, insistió, me estoy comunicando desde Israel. Me encuentro en el sanatorio y lamentablemente tengo que avisarte que tu papá falleció. El entierro será mañana por la noche.

Desde el otro lado de la línea se escuchó un grito.

Dentro de las profundidades de su corazón, David siempre había sostenido un sentimiento de calidez hacia su padre. Inmediatamente emprendió viaje a Israel. Cuando llegó, se dirigió directamente hacia el sanatorio y al entrar en la habitación, pudo divisar al Rab, quien aún se encontraba al lado de la cama del anciano fallecido.

David le preguntó al Rab.
- ¿Mi papá estudió Guemará antes de fallecer?
Y espontáneamente recordó una imagen de su infancia: la de su padre cantando con una melodía agradable ‘Diné Mamonot Be Sheloshá’.
- No, contestó el Rab.
- ¿Mi papá hizo Tefilá antes de fallecer?
- No. Tampoco dijo el Shemá. Solamente habló de vos y contó la historia de tu vida. Incluso intentó comunicarse con vos.
- ¿Mi papá quería hablar conmigo? ¿Cuándo?, gritó David.
- Tres minutos antes del anochecer.

Tiró la Joya al piso

Al escuchar todo esto, David recordó que en ese mismo instante en el cual su padre había querido hablar con él por última vez, se encontraba ocupado, discutiendo el precio de la joya para su mujer.
De a poco empezó a entender lo que sucedía. Y entonces...Sacó la joya de su bolsillo y la tiró al piso.
Se prosternó delante de su padre, lo besó y dijo: ‘Si hubiese sabido que vos me estabas llamando por teléfono, no me hubiese importado el cumpleaños ni la joya. Por el contrario, hubiese dejado todo para escuchar tu voz.

- Papá, ahora quiero escuchar tu voz. Por favor, cantame algo. Recitá para mí los cantos del amor a la Torá, que me cantabas cuando era un niño en la mesa de Shabat. Cantame papá, ¡por favor! Vos sos la joya más preciada del mundo. Por última vez, cantame ‘Diné Mamonot Be Sheloshá’!

Pero el padre ya no podía cantar.

(Extraído del libro “Alenu Leshabeaj – Debarim”)

- - -

A veces nos encontramos en una situación, en la cual nuestro padre quiere hablarnos.
Él nos llama y quiere que lo escuchemos. Marca, e intenta nuevamente hablar, 3 minutos antes de la medianoche. Y luego el teléfono se cierra. Todos los portones se cierran. Menos los portones de las lágrimas.

Papá está en el teléfono, vamos a aprovechar este instante.

Moshé implora entrar a la tierra de Israel. "?????? ?? ?' ??? ???? ????" (Debarim 3:23).

“En aquél momento imploré al eterno”

Cuántas veces obtuvo Moshé el perdón, por los pecados del pueblo de Israel. Aún cuando D’s había prometido castigarlos. Las plegarias influyeron en la suspensión de la pena de muerte después del pecado del becerro de oro. Si bien el todopoderoso había prometido destruir a quien practicara la idolatría.

No imploró por el perdón inmediato, porque era un momento de enojo Divino. En su lugar, esperó el momento propicio para que las Tefilot fuesen aceptadas. Y ahora Moshe, después de haber vencido a los gigantes de Zijon y Og y luego de haber conquistado el lado oriental del Yardén (Jordán), parte del territorio prometido, supuso que D’s le permitiría tomar posesión de la tierra de Israel. Sin embargo, Hashem le dijo que no podría avanzar más allá de la frontera del Jordán.

Corresponde que entendamos hasta cuándo, las personas debemos aprovechar los instantes de la vida y hacer todo lo que está a nuestro alcance. No sabemos que sucederá en el instante próximo.

La vida ocurre en un momento. Algunas personas viven corriendo detrás del tiempo, pero no logran alcanzarlo, aún cuando más apuradas corren. Para otras personas, el tiempo tarda en pasar y miran ansiosas hacia el futuro. Se olvidan de vivir el momento presente, el único período que realmente existe.

El tiempo es para todos igual. Nadie tiene ni más ni menos que 24 horas por día. La diferencia es lo que cada uno hace con ese tiempo. Necesitamos saber aprovechar cada momento.





SHABAT SHALOM!!!