domingo, 30 de marzo de 2014

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“Hay que dividir la casa entre judíos y palestinos”

Amos Oz obtuvo en el 2007 el Premio Príncipe de AsturiasAmos Oz obtuvo en el 2007 el Premio Príncipe de Asturias
Amos Oz es indudablemente el escritor israelí de mayor renombre mundial, con varios de sus casi 30 libros traducidos a más de 40 idiomas. Oz ha escrito, además, numerosos ensayos y artículos periodísticos. El fruto de su pluma ha sido publicado en 35 países, entre ellos algunos del mundo árabe.
Este escritor es conocido por ser uno de los intelectuales israelíes que están de acuerdo con la defensa de una solución pacífica del conflicto con los palestinos, algo que incluye la creación de un Estado palestino independiente, en el marco de la fórmula “dos Estados para dos pueblos”.
Gracias por recibirnos en su casa. Desde diferentes partes del mundo se buscan sus palabras.
Creo que la palabra escrita aún tiene impacto en el mundo, en los corazones y las mentes de la gente. Sueño a menudo con libros que he leído y veo en esto una señal del significado de la escritura. Si logra penetrar tan profundo, considero que, de alguna forma, tiene una presencia también en el mundo real.
Usted no pudo viajar, pero Israel fue recientemente el invitado de honor a la Feria del Libro de Guadalajara (México). ¿Le parece algo para destacar?
Creo que es maravilloso. Personalmente considero que lo que ha ocurrido con la literatura israelí en el último siglo es un milagro. El idioma hebreo estuvo durante 17 siglos tan muerto como el griego antiguo o el latín. Se lo usaba para escribir, para intercambios teológicos, en los ritos religiosos, pero no en la vida diaria. Revivió como idioma hablado hace solamente 120 años aproximadamente. Este renacimiento de un idioma hablado constituye uno de los grandes milagros literarios de todos los tiempos.
¿Considera que hay un mensaje que puede ser transmitido por la literatura israelí? Es tan variada, tan heterogénea…
No, no me parece que la literatura transmita ‘un’ mensaje, sino numerosos mensajes. Tenemos muchos escritores significativos, pero no creo que ninguno de ellos esté pasando su mensaje personal.
¿Siente usted que puede haber un vínculo especial entre la literatura hebrea y la escrita en español?
Creo que hay cierta medida de cercanía entre todos los pueblos del Mediterráneo. En la cultura judía e israelí hay genes españoles. También creo que en la cultura española hay genes judíos. Y esos genes comunes llevan a cierta cercanía. Yo leo literatura española y latinoamericana traducida al hebreo o al inglés. Y hallo a menudo cierto tipo de energía, de ritmo, de una enorme curiosidad acerca de los detalles de la vida y de sensualidad, que es común al parecer a nuestra cultura y la cultura latina, española. En la cultura española hallé facetas que sentí cercanas a mi corazón y al parecer también al corazón del lector israelí, ya que a mucha gente aquí le gusta la literatura latinoamericana y española y a muchos en España y América Latina les gusta nuestra literatura.
¿Cuál es el secreto de este ‘milagro’ de la literatura hebrea en el último siglo? Y no me refiero solo a lo prolífico de la creación literaria en Israel, sino también a la gran repercusión que tiene en el exterior...
Los judíos israelíes llegaron aquí provenientes de 136 países. A ellos debemos agregar los árabes israelíes, por lo cual tenemos 137 voces de fondo. Cada uno trae consigo relaciones, a veces muy ambivalentes y a veces sumamente complejas, con el mundo del cual viene, el mundo de sus padres o de sus abuelos. Esta impresionante variedad de fuentes, trasfondos, lugares de origen, enriquece la vida israelí y la literatura israelí.
Pero numerosos escritores –y en usted esto es muy evidente- escriben sobre temas de la vida en Israel. Así es su libro más reciente, ‘Entre amigos’: cortas historias de vida de miembros de un kibutz imaginario...
Así es. Toda la literatura que me gusta es provincial y a veces hasta regional. En la literatura hay algo maravilloso. Cuanto más regional y provincial, puede ser más internacional. Casi todos los escritores que me gusta leer escriben sobre un lugar pequeño… que también puede ser una gran ciudad, porque uno suele escribir sobre un barrio, sobre una calle, sobre el mundo que se halla entre la farmacia en una punta de la cuadra y el almacén en la otra punta... La literatura siempre se ocupa de un microcosmos local… No solo yo lo hago. Todos los escritores que me gustan hacen lo mismo.
Uno de sus libros más famosos ha sido ‘Una historia de amor y oscuridad’, su historia personal, la de su familia. El hogar al que uno puede o no querer, como usted ya ha dicho, es una fuente central de inspiración, ¿verdad?
Si me pregunta, en una palabra, sobre qué he escrito 28 libros, le diría: “familias”. Si me da dos palabras, “familias infelices”. Si me pide en tres, ya es mejor leer los libros.
¿Por qué sobre familias infelices?
Sobre gente feliz no es necesario escribir. Acerca de un puente bien construido sobre un río, de un lado a otro, sin problemas, sobre el que todos los días cruzan 50.000 personas y 30.000 automóviles, no hay algo que escribir más que “bravo” al arquitecto y los constructores. Solamente el puente que se cae es una historia. Y yo escribo sobre puentes que caen.
¿Se pregunta a veces qué encontraron en sus cuentos, tan israelíes, quienes los leen con entusiasmo en idiomas tan distintos del suyo, de culturas tan diferentes y lugares lejanos?
¿Y qué es lo que encuentro yo en un escritor ruso del siglo XIX como Chejov? ¿Qué encuentro en un escritor estadounidense del sur profundo como Faulkner? ¿Qué encuentro en un escritor tan regional como García Márquez? Son todos escritores de pequeños lugares. Creo que toda literatura, cuanto más local es, más probabilidades hay de que se convierta en algo universal.
Cuando se habla de su éxito como escritor, ¿considera que parte de la explicación pasa por el magnetismo especial de Israel, por lo que irradia, y quizás también de sus problemas?
Yo hallo que hay una distancia muy grande entre el Israel de los diarios y los medios y el Israel que yo conozco. Yo casi no escribo, por ejemplo, sobre israelíes y palestinos. Lo hago, sí, en mis ensayos, pero no en mis cuentos. No he estado nunca en la alcoba de un palestino, así que no puedo entonces escribir un cuento sobre palestinos.
¿Cómo es entonces el Israel que usted ve?
En CNN veo un Israel en el que el 80 por ciento son fanáticos religiosos y colonos, otro 19 por ciento, soldados sin corazón en los puestos de control carreteros en los territorios ocupados, y un 1 por ciento, intelectuales maravillosos, como yo, que critican al Gobierno y quieren la paz. No hay relación alguna entre ese Israel de los medios y el Israel que yo conozco. Más del 70 por ciento de los israelíes son seculares, hedonistas, materialistas, hablan mucho, gente cálida que vive en su mayoría sobre la planicie costera, no en los asentamientos ni en Jerusalén, que se empujan, trabajan duro, engañan al fisco… Algo muy parecido a otros pueblos del Mediterráneo. Entre eso y el Israel que aparece en los medios no hay relación alguna.
Tras tantos años de escribir, por más que usted lo haga ante todo porque le gusta hacerlo, ¿el reconocimiento internacional juega algún papel? ¿Sirve de motor en la vida?
No, cuando escribo no pienso en los lectores, sino en los personajes y en el libro. Cuando termino de escribir un libro y lo leo me asusto y me pregunto si habrá alguien que lo entienda. Por ejemplo, cuando terminé de escribir Historias de amor y oscuridad estaba seguro de que lo entenderían solamente en Jerusalén, de que en Tel Aviv nadie lo entendería. Y de que en Jerusalén lo entenderían únicamente aquellos que vivían o habían vivido en mi barrio, cierto tipo de gente. No pensé que el libro llegaría a millones de lectores en 30 idiomas. Estaba seguro de que había escrito para la gente de mi barrio y de mi generación. Pero no se puede saber.
Creo que uno de los muchos aspectos interesantes del libro es que usted –que es considerado uno de los exponentes más claros de lo que suele presentarse como ‘campo de la paz’, la izquierda que llama a una solución de dos Estados para dos pueblos, crítico de la política del Gobierno– no plantea las cosas en términos de blanco y negro. ¿Es así?
Si usted está de hecho preguntándose si soy propalestino, pues le diré que no. Yo soy propaz. Creo que el conflicto entre los israelíes y los palestinos es una tragedia. Los palestinos no tienen otra tierra que no sea esta y nosotros no tenemos otra tierra que no sea esta. Ellos dicen que es su tierra y tienen razón. Nosotros decimos que es nuestra tierra y tenemos razón. El choque entre dos justicias es trágico. Puede terminar en un término medio o en una catástrofe. Un término medio no es justo. Siempre es algo injusto. Un término medio nunca es ideal ni hace feliz a nadie. Pero yo siempre creí y sigo creyendo que los palestinos deben tener todo lo que nosotros tenemos: un Estado independiente, un gobierno independiente, con capital en Jerusalén, igual que nosotros. Creo en una solución de dos Estados que viven uno junto al otro, quizás no con gran amor de por medio, pero sí con buena vecindad.
¿No es demasiado tarde para lograr la paz?
No. No hay nada en el mundo que sea irreversible, salvo la muerte. No es tarde para una solución política, ya que de hecho no hay ninguna alternativa. Los palestinos no pueden irse porque no tienen a dónde ir. Los judíos israelíes tampoco puede ir a otro lado porque no tienen a dónde ir. No pueden convertirse en una gran familia feliz porque no son ni una familia ni son felices. Son dos familias infelices. Hay que dividir la casa en dos departamentos más pequeños. Esa es la solución. No hay otra solución. ¿Cuánto tiempo llevará? No lo sé, no soy profeta. Pero estoy convencido de que no hay otra solución.
Jana Beris
Corresponsal de EL TIEMPO

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